Dios en todo y todo en Dios, según Juliana de Norwich

Dios en todo y todo en Dios, según Juliana de Norwich

Dice la excelsa eremita: «Dios está en el ser humano y todo está en Dios. Quien ama así ama todo.»

¿Qué significa? Si lo Divino está en las cosas y asimismo las cosas están en lo Divino, éste es simultáneamente microcósmico y macrocósmico. Analizaré brevemente esos dos aspectos en la teología mística de Juliana de Norwich: Dios como contenido y como continente.

«Dios está en el ser humano», pero también en las demás criaturas según la santa: «La plenitud de la alegría es contemplar a Dios en todo» y «Dios me reveló todo esto de la manera más bienaventurada, cuando dijo: «¡Mira! Yo soy Dios. ¡Mira! Yo estoy en todas las cosas.». Es, pues, la omnipresencia divina. La Divinidad está en la totalidad de las criaturas porque es su raíz. Al ser su origen común, cuando algo surge de este, este queda en el fondo de esa cosa. Por ejemplo, imaginemos un punto que empieza a abrirse como una semilla, a desplegarse y a ramificarse formando entes. Si retrocedemos atrás de cada uno de esos entes, atrás de cada una de esas ramas, hasta su punto de partida, nos hallamos con la semilla que los alumbró, que es lo Divino y que se encuentra en el fondo de cada uno como el substrato del cual ha emergido. Volver a Dios es un retorno al punto de origen, al punto de apoyo, al «pasado» inicial, aunque no necesariamente tiene por qué ser «pasado» ya que en el orden divino todos los tiempos coexisten, siendo más bien un retorno de carácter ontológico en niveles que se superponen y que desde nuestra percepción parcial y contingente pueden parecer temporales. Lo Divino constituye el entramado mismo de todas las cosas, de modo que está profundamente sumergido en ellas, en lo más profundo de ellas, en el punto primigenio donde tienen su origen y su razón de ser. Dios es el corazón mismo de las criaturas, el núcleo de todo, de manera que es también el núcleo de nuestra alma y nuestro propio núcleo. Por eso la magnífica Juliana escribe: «Entonces nuestro buen Señor abrió mi ojo espiritual y me mostró mi alma en el centro de mi corazón. La vi tan grande como si fuera una ciudadela infinita, un reino bienaventurado; y tal como la vi, comprendí que es una ciudad maravillosa. En el centro de esa ciudad se encuentra nuestro Señor Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, una persona apuesta y alta, obispo supremo, rey solemne, señor honorable. Le vi espléndidamente vestido. Se sienta erguido en el centro del alma, en paz y reposo, y gobierna y guarda el cielo y la tierra y todo lo que es. La humanidad y la divinidad se sientan allí en reposo; la divinidad gobierna y protege, sin instrumento ni esfuerzo. Y el alma está enteramente habitada por la divinidad, supremo poder, suprema sabiduría y suprema bondad.»

Por otro lado, Dios contiene todas las cosas, pues éstas han surgido y se han desplegado a partir de aquel. Solo se puede dar origen a lo que se contiene: algo no puede surgir de la nada u originar lo que no está ya implícito en ese algo. Si el cosmos existe es porque previamente está contenido en la Divinidad sintéticamente y en el instante de su originación se manifiesta desde la misma Divinidad, siendo esta su semilla y núcleo. La semilla contiene al árbol en su totalidad: su tronco, sus ramas, sus hojas, sus frutos y todo lo que pueda surgir del árbol; contiene los procesos del árbol, contiene el envejecimiento del árbol, contiene las hojas amarillas, naranjas y rojas de otoño del árbol, etc. La semilla concentra en sí todo eso, todas las posibilidades latentes que aún no han sido desplegadas en el tiempo. Cuando se abre, el árbol recorre éstas posibilidades gradual o temporalmente. En lo Divino todos los tiempos están incluidos y todas las posibilidades de los seres ya se realizaron, pero durante su manifestación los seres recorren parcial y gradualmente las diversas facetas y por eso vivimos en el devenir temporal constituido por pasado, presente y futuro, a diferencia de lo Divino en lo cual todo es eterno o intemporal. Así, en la Divinidad también nuestra alma está contenida. Por eso refiere la mística la de Norwich: «Dios está más próximo a nosotros que nuestra propia alma, pues es el fundamento en el que se asienta nuestra alma, y el medio que mantiene unidos la substancia y el ser sensible, de manera que nunca se separarán. Pues nuestra alma se asienta en Dios en verdadero reposo, permanece en Dios con fuerza segura, y está enraizada por naturaleza en el amor infinito. Por tanto, si queremos tener conocimiento de nuestra alma, y comunión y conversación con ella, debemos buscar en nuestro Señor Dios, en quien está contenida.»

La Divinidad es el microcosmos más reducido de todos en cuanto es el núcleo mismo de las cosas y está dentro de ellas de tal modo que, remontándonos de microcosmos en microcosmos hacia lo más microcósmico, hacia el punto, hallamos finalmente lo Divino. Asimismo, ese micro, que es el más reducido micro posible, contiene todo lo demás. Por lo tanto, al contener todo es también macro, el máximo macro, pues nada queda fuera de él. Por ende, Dios es el mínimo micro y el máximo macro, los dos polos que se tocan en una «concidentia oppositorum». En la Divinidad lo micro y lo macro se identifican, como en un círculo en el que coinciden los dos extremos que lo cierran. Los dos opuestos, alfa y omega, el principio y el fin, coinciden, son uno y el mismo en Dios. Lo Divino está más allá de lo que podemos concebir como grande y más allá de lo que podemos concebir como pequeño, más allá de la polaridad, trascendiendo lo interno y lo externo, porque el máximo interior, cuando se alcanza el punto inicial del mismo, coincide con el punto inicial del máximo exterior, como en un círculo de ida y vuelta. Por lo tanto podemos decir que la constitución misma de la realidad y de todas las cosas es circular, gira en un círculo ininterrumpido.

Cuando la excelsa vidente escribe que «Quien ama así ama todo», incluye en ese «todo» a la totalidad y a cada uno de los seres, y no exclusivamente al ser humano. Así, quien ama a Dios lo ama todo: a sus semejantes y a sus desemejantes, a sus amigos y a sus enemigos, a los principios metafísicos, a los números, a los ángeles, a las hadas, a los seres humanos, a los animales, a las plantas, a los minerales, al cosmos en su integridad, etc., a todo lo que procede de la Divinidad y en lo que esta subyace. Si lo Divino está en todas las cosas y nosotros amamos a Dios, es lógico que amemos todas las cosas. Por dos razones: 1. Porque Dios está en ellas. 2. Porque en Dios están contenidas. Por ende, el cosmos y sus criaturas no son ajenos a lo Divino, no son algo separado, sino que están profundamente unidos, y podemos decir que todos los entes son en su punto nuclear o en su eje la Divinidad misma. Quien ama a Dios, ama por lo tanto lo que él implica y ama todas sus manifestaciones: ama a las manifestaciones en cuanto son divinas y en cuanto son en su eje Dios mismo. El cristianismo ordena: «ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo». Esta es una profesión de amor universal hacia los particulares y de amor supremo hacia Dios sobre ellos por ser su núcleo originario. Pero asimismo se ama a los particulares en la medida en la que son la expresión misma de Dios. Se trata de un amor universal, sin resquicios, que no deja nada fuera.

La vidente también dice: «vi en verdad que nuestra substancia está en él (en Dios)». Se precisa explicar de qué manera es que la Divinidad nos contiene y de qué manera contenemos a la Divinidad, pues esto puede generar confusión en personas que no tienen el ojo espiritual abierto, el ojo de lo que no es material ni espacial ni categorizable en medidas extensivas y cuantitativas.

La mayoría de gente no puede sustraerse del nivel de la extensión, de manera que cuando se les dice que Dios contiene todo y que Dios está contenido en nosotros, imaginan algo así como una muñeca rusa o una caja que contiene a otra más pequeña. Obviamente el concepto de Dios como contenido y asimismo continente de lo que lo contiene, en un sentido tal, es ilógico, pues al imaginar dentro de una caja grande otra más pequeña ¿cómo podrían concebir que esta caja más pequeña contenga a la grande en la que está contenida? He explicado que en Dios lo micro y lo macro coinciden. Desde la concepción burda de la mayoría de gente, si es que nos atenemos a sus implicancias lógicas, no tiene sentido, es una contradicción, como se acaba de ver. Esto solo aplica si nuestra concepción es fundamentalmente materialista y se da en términos extensivos, cuantitativos, exteriores, y no en términos cualitativos o espirituales. La gente, pues, se imagina la relación de Dios y sus criaturas de igual modo en que imagina una cosa material que está contenida en otra, y entonces concibe así que Dios es otra cosa distinta de los seres pero que contiene a los seres y que los seres lo contienen a él como si fueran cosas aparte, separadas, como podría suceder con cajas de distintos tamaños contenidas y continentes o con objetos para meter uno dentro de otro, pero no es así.

En el nivel cualitativo contenido y continente se identifican en su raíz y substancia. La criatura es Dios en su base, de forma que no hay separación. La contención de Dios en los entes no es algo físico-espacial. Contener lo Divino es contener algo que es absolutamente inmaterial, una cualidad pura, la cualidad espiritual de la que emerge todo y que nos es constitutiva. Pondré un ejemplo. El número tres implica al uno, por lo cual aquel no es ajeno a este, sino que en su propia constitución contiene tres veces uno: A, B y C. Cada una de las tres unidades es una unidad, representativa del uno: el A es uno, el B es uno, el C es uno, y el tres es un conjunto de tres unidades. Luego, todo es uno en el tres: la naturaleza del tres es el uno; el resto es, en su base, uno, y es inseparable del uno. Si se sustrae el uno, el tres simplemente desaparece. Esa es la misma relación de los entes con Dios. Básicamente nosotros somos lo Divino en cada parte de nosotros, pues no sólo nuestro eje sino el eje de cada una de nuestras partes es lo Divino. Dios está en mi dedo meñique, Dios está en mi oreja y Dios es mi oreja misma, lo crucial de mi oreja, el núcleo de mi oreja. La Divinidad es un punto que está en cada una de las partes de todas las criaturas, es un núcleo omnipresente, y ninguna de las partes está excluida porque todas ellas son la expresión de lo Divino desde lo Divino, igual que el tres es desde el uno. Por eso la espléndida Juliana escribe: «Y después de esto vi a Dios en un punto, lo vi en mi entendimiento. Por esta visión, vi que está presente en todas las cosas.». El «Libro de los 24 filósofos» atribuye esta cita a Hermes Trismegisto«Dios es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna». Y dice Pseudo-Dionisio en «De los nombres divinos»: «Es, pues, cosa indivisible y por consiguiente propia de toda la Trinidad (…) así es el punto situado en el centro del círculo respecto de las líneas trazadas desde la circunferencia hasta él (…) todos los rayos del círculo se encuentran unidos en un centro común, y ese centro indivisible comprende en sí mismo todos los rayos que son absolutamente indistintos, unos de otros y del punto único del que proceden.». No hay nada ajeno o fuera de la Divinidad, sino que ella lo contiene todo. De esa manera podemos decir que el uno contiene al tres, porque la posibilidad del tres, del dos, del seis, etc., la posibilidad infinita de los números está contenida en el uno mismo, pues el uno es el responsable de la serie numérica. Luego, existe un nexo en la cualidad de todos los números que está unido a la cualidad pura del uno. El uno es la cualidad pura y los demás números son su despliegue. Así, si los entes no implicaran lo Divino en su definición (ser, substancia, esencia), entonces no serían. Al implicarlo en su definición, lo Divino no es algo ajeno o separado de los entes sino que constituye su propia identidad entrañable. Todo se define desde Dios (ser, substancia, esencia).

Clarifico lo anterior porque algunos refieren que los entes son ajenos, distintos substancialmente o están separados de Dios, y buscan subterfugios a fin de justificar su postura. Admiten que lo Divino está en los entes, pero agregan que «no está diluido en ellos» y que «no hay separación entre Dios y los seres pero sí distinción». ¿A qué se refieren con «diluido» en las cosas? Evidentemente el Principio Divino no es algo material, ni agua ni aceite para poder diluirse en las cosas. Si hablan desde un punto de vista metafórico ¿qué significa estar «diluido»? Dios simplemente es en las cosas, en cada átomo, en cada fragmento, en todo, de manera ininterrumpida. Se puede afirmar con propiedad, además, que en lo Divino se da la concentración máxima de todo, estando concentrado en los entes y atrayendo, en su concentración, como la fuerza de gravedad, a todos los entes y a la totalidad existencial hacia Sí y entre sí, y manteniendo, de esa forma, la cohesión cósmica e individual. Por otro lado, cuando dicen que «la criatura y Dios no están separados pero sí son distintos», incurren en un error. La distinción implica una separación de orden ontológico, porque se separa una cualidad de otra. De hecho eso significa distinguir: arrimar una cosa de otra, discriminar, dividir. Por ejemplo, si yo distingo el bien del mal, estoy estableciendo un límite entre ambos, estoy separándolos el uno del otro. En consecuencia el «no hay separación, sino distinción» no es más que un juego engañoso de palabras para salir del paso, ya que el término «distinto» procede del latín «distintus» que significa «separado» y «diferenciado». El prefijo «dis» se traduce por «separación múltiple» y el segundo término del que se compone, «stintus», significa «extinguido». El verbo «distinguir», por su parte, deriva de «distinguere» que se traduce por «separar», «dividir». Si defienden una distinción a nivel de la substancialidad entre la Creación y la Divinidad, entonces sí predican separación, una separación de orden ontológico. Claramente no se alude aquí a la separación física, pues es absurdo concebir a Dios a un metro mío o a tres de distancia.

Entonces ¿de qué separación hablamos cuando aludimos a una separación de Dios respecto de las criaturas? A una separación de orden ontológico, cualitativa, espiritual. La manera correcta de asimilar la distinción sin que se de una ruptura ontológica es aceptar que en la distinción subsiste como base y fundamento universal una substancia única que trasciende todas las diferencias que se dan en el nivel de la expresión, manifestación o exterioridad, siendo la distinción meramente accidental.

Entonces podemos aceptar la distinción como una manifestación pero no como el substrato, habida cuenta de que en lo nuclear las distinciones se resuelven y trascienden en una substancia unitaria que es la médula de todas las cosas y es Dios.

Dice la excelsa eremita: «Dios está en el ser humano y todo está en Dios. Quien ama así ama todo.»

¿Qué significa? Si lo Divino está en las cosas y asimismo las cosas están en lo Divino, éste es simultáneamente microcósmico y macrocósmico. Analizaré brevemente esos dos aspectos en la teología mística de Juliana de Norwich: Dios como contenido y como continente.

«Dios está en el ser humano», pero también en las demás criaturas según la santa: «La plenitud de la alegría es contemplar a Dios en todo» y «Dios me reveló todo esto de la manera más bienaventurada, cuando dijo: «¡Mira! Yo soy Dios. ¡Mira! Yo estoy en todas las cosas.». Es, pues, la omnipresencia divina. La Divinidad está en la totalidad de las criaturas porque es su raíz. Al ser su origen común, cuando algo surge de este, este queda en el fondo de esa cosa. Por ejemplo, imaginemos un punto que empieza a abrirse como una semilla, a desplegarse y a ramificarse formando entes. Si retrocedemos atrás de cada uno de esos entes, atrás de cada una de esas ramas, hasta su punto de partida, nos hallamos con la semilla que los alumbró, que es lo Divino y que se encuentra en el fondo de cada uno como el substrato del cual ha emergido. Volver a Dios es un retorno al punto de origen, al punto de apoyo, al «pasado» inicial, aunque no necesariamente tiene por qué ser «pasado» ya que en el orden divino todos los tiempos coexisten, siendo más bien un retorno de carácter ontológico en niveles que se superponen y que desde nuestra percepción parcial y contingente pueden parecer temporales. Lo Divino constituye el entramado mismo de todas las cosas, de modo que está profundamente sumergido en ellas, en lo más profundo de ellas, en el punto primigenio donde tienen su origen y su razón de ser. Dios es el corazón mismo de las criaturas, el núcleo de todo, de manera que es también el núcleo de nuestra alma y nuestro propio núcleo. Por eso la magnífica Juliana escribe: «Entonces nuestro buen Señor abrió mi ojo espiritual y me mostró mi alma en el centro de mi corazón. La vi tan grande como si fuera una ciudadela infinita, un reino bienaventurado; y tal como la vi, comprendí que es una ciudad maravillosa. En el centro de esa ciudad se encuentra nuestro Señor Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, una persona apuesta y alta, obispo supremo, rey solemne, señor honorable. Le vi espléndidamente vestido. Se sienta erguido en el centro del alma, en paz y reposo, y gobierna y guarda el cielo y la tierra y todo lo que es. La humanidad y la divinidad se sientan allí en reposo; la divinidad gobierna y protege, sin instrumento ni esfuerzo. Y el alma está enteramente habitada por la divinidad, supremo poder, suprema sabiduría y suprema bondad.»

Por otro lado, Dios contiene todas las cosas, pues éstas han surgido y se han desplegado a partir de aquel. Solo se puede dar origen a lo que se contiene: algo no puede surgir de la nada u originar lo que no está ya implícito en ese algo. Si el cosmos existe es porque previamente está contenido en la Divinidad sintéticamente y en el instante de su originación se manifiesta desde la misma Divinidad, siendo esta su semilla y núcleo. La semilla contiene al árbol en su totalidad: su tronco, sus ramas, sus hojas, sus frutos y todo lo que pueda surgir del árbol; contiene los procesos del árbol, contiene el envejecimiento del árbol, contiene las hojas amarillas, naranjas y rojas de otoño del árbol, etc. La semilla concentra en sí todo eso, todas las posibilidades latentes que aún no han sido desplegadas en el tiempo. Cuando se abre, el árbol recorre éstas posibilidades gradual o temporalmente. En lo Divino todos los tiempos están incluidos y todas las posibilidades de los seres ya se realizaron, pero durante su manifestación los seres recorren parcial y gradualmente las diversas facetas y por eso vivimos en el devenir temporal constituido por pasado, presente y futuro, a diferencia de lo Divino en lo cual todo es eterno o intemporal. Así, en la Divinidad también nuestra alma está contenida. Por eso refiere la mística la de Norwich: «Dios está más próximo a nosotros que nuestra propia alma, pues es el fundamento en el que se asienta nuestra alma, y el medio que mantiene unidos la substancia y el ser sensible, de manera que nunca se separarán. Pues nuestra alma se asienta en Dios en verdadero reposo, permanece en Dios con fuerza segura, y está enraizada por naturaleza en el amor infinito. Por tanto, si queremos tener conocimiento de nuestra alma, y comunión y conversación con ella, debemos buscar en nuestro Señor Dios, en quien está contenida.»

La Divinidad es el microcosmos más reducido de todos en cuanto es el núcleo mismo de las cosas y está dentro de ellas de tal modo que, remontándonos de microcosmos en microcosmos hacia lo más microcósmico, hacia el punto, hallamos finalmente lo Divino. Asimismo, ese micro, que es el más reducido micro posible, contiene todo lo demás. Por lo tanto, al contener todo es también macro, el máximo macro, pues nada queda fuera de él. Por ende, Dios es el mínimo micro y el máximo macro, los dos polos que se tocan en una «concidentia oppositorum». En la Divinidad lo micro y lo macro se identifican, como en un círculo en el que coinciden los dos extremos que lo cierran. Los dos opuestos, alfa y omega, el principio y el fin, coinciden, son uno y el mismo en Dios. Lo Divino está más allá de lo que podemos concebir como grande y más allá de lo que podemos concebir como pequeño, más allá de la polaridad, trascendiendo lo interno y lo externo, porque el máximo interior, cuando se alcanza el punto inicial del mismo, coincide con el punto inicial del máximo exterior, como en un círculo de ida y vuelta. Por lo tanto podemos decir que la constitución misma de la realidad y de todas las cosas es circular, gira en un círculo ininterrumpido.

Cuando la excelsa vidente escribe que «Quien ama así ama todo», incluye en ese «todo» a la totalidad y a cada uno de los seres, y no exclusivamente al ser humano. Así, quien ama a Dios lo ama todo: a sus semejantes y a sus desemejantes, a sus amigos y a sus enemigos, a los principios metafísicos, a los números, a los ángeles, a las hadas, a los seres humanos, a los animales, a las plantas, a los minerales, al cosmos en su integridad, etc., a todo lo que procede de la Divinidad y en lo que esta subyace. Si lo Divino está en todas las cosas y nosotros amamos a Dios, es lógico que amemos todas las cosas. Por dos razones: 1. Porque Dios está en ellas. 2. Porque en Dios están contenidas. Por ende, el cosmos y sus criaturas no son ajenos a lo Divino, no son algo separado, sino que están profundamente unidos, y podemos decir que todos los entes son en su punto nuclear o en su eje la Divinidad misma. Quien ama a Dios, ama por lo tanto lo que él implica y ama todas sus manifestaciones: ama a las manifestaciones en cuanto son divinas y en cuanto son en su eje Dios mismo. El cristianismo ordena: «ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo». Esta es una profesión de amor universal hacia los particulares y de amor supremo hacia Dios sobre ellos por ser su núcleo originario. Pero asimismo se ama a los particulares en la medida en la que son la expresión misma de Dios. Se trata de un amor universal, sin resquicios, que no deja nada fuera.

La vidente también dice: «vi en verdad que nuestra substancia está en él (en Dios)». Se precisa explicar de qué manera es que la Divinidad nos contiene y de qué manera contenemos a la Divinidad, pues esto puede generar confusión en personas que no tienen el ojo espiritual abierto, el ojo de lo que no es material ni espacial ni categorizable en medidas extensivas y cuantitativas.

La mayoría de gente no puede sustraerse del nivel de la extensión, de manera que cuando se les dice que Dios contiene todo y que Dios está contenido en nosotros, imaginan algo así como una muñeca rusa o una caja que contiene a otra más pequeña. Obviamente el concepto de Dios como contenido y asimismo continente de lo que lo contiene, en un sentido tal, es ilógico, pues al imaginar dentro de una caja grande otra más pequeña ¿cómo podrían concebir que esta caja más pequeña contenga a la grande en la que está contenida? He explicado que en Dios lo micro y lo macro coinciden. Desde la concepción burda de la mayoría de gente, si es que nos atenemos a sus implicancias lógicas, no tiene sentido, es una contradicción, como se acaba de ver. Esto solo aplica si nuestra concepción es fundamentalmente materialista y se da en términos extensivos, cuantitativos, exteriores, y no en términos cualitativos o espirituales. La gente, pues, se imagina la relación de Dios y sus criaturas de igual modo en que imagina una cosa material que está contenida en otra, y entonces concibe así que Dios es otra cosa distinta de los seres pero que contiene a los seres y que los seres lo contienen a él como si fueran cosas aparte, separadas, como podría suceder con cajas de distintos tamaños contenidas y continentes o con objetos para meter uno dentro de otro, pero no es así.

En el nivel cualitativo contenido y continente se identifican en su raíz y substancia. La criatura es Dios en su base, de forma que no hay separación. La contención de Dios en los entes no es algo físico-espacial. Contener lo Divino es contener algo que es absolutamente inmaterial, una cualidad pura, la cualidad espiritual de la que emerge todo y que nos es constitutiva. Pondré un ejemplo. El número tres implica al uno, por lo cual aquel no es ajeno a este, sino que en su propia constitución contiene tres veces uno: A, B y C. Cada una de las tres unidades es una unidad, representativa del uno: el A es uno, el B es uno, el C es uno, y el tres es un conjunto de tres unidades. Luego, todo es uno en el tres: la naturaleza del tres es el uno; el resto es, en su base, uno, y es inseparable del uno. Si se sustrae el uno, el tres simplemente desaparece. Esa es la misma relación de los entes con Dios. Básicamente nosotros somos lo Divino en cada parte de nosotros, pues no sólo nuestro eje sino el eje de cada una de nuestras partes es lo Divino. Dios está en mi dedo meñique, Dios está en mi oreja y Dios es mi oreja misma, lo crucial de mi oreja, el núcleo de mi oreja. La Divinidad es un punto que está en cada una de las partes de todas las criaturas, es un núcleo omnipresente, y ninguna de las partes está excluida porque todas ellas son la expresión de lo Divino desde lo Divino, igual que el tres es desde el uno. Por eso la espléndida Juliana escribe: «Y después de esto vi a Dios en un punto, lo vi en mi entendimiento. Por esta visión, vi que está presente en todas las cosas.». El «Libro de los 24 filósofos» atribuye esta cita a Hermes Trismegisto«Dios es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna». Y dice Pseudo-Dionisio en «De los nombres divinos»: «Es, pues, cosa indivisible y por consiguiente propia de toda la Trinidad (…) así es el punto situado en el centro del círculo respecto de las líneas trazadas desde la circunferencia hasta él (…) todos los rayos del círculo se encuentran unidos en un centro común, y ese centro indivisible comprende en sí mismo todos los rayos que son absolutamente indistintos, unos de otros y del punto único del que proceden.». No hay nada ajeno o fuera de la Divinidad, sino que ella lo contiene todo. De esa manera podemos decir que el uno contiene al tres, porque la posibilidad del tres, del dos, del seis, etc., la posibilidad infinita de los números está contenida en el uno mismo, pues el uno es el responsable de la serie numérica. Luego, existe un nexo en la cualidad de todos los números que está unido a la cualidad pura del uno. El uno es la cualidad pura y los demás números son su despliegue. Así, si los entes no implicaran lo Divino en su definición (ser, substancia, esencia), entonces no serían. Al implicarlo en su definición, lo Divino no es algo ajeno o separado de los entes sino que constituye su propia identidad entrañable. Todo se define desde Dios (ser, substancia, esencia).

Clarifico lo anterior porque algunos refieren que los entes son ajenos, distintos substancialmente o están separados de Dios, y buscan subterfugios a fin de justificar su postura. Admiten que lo Divino está en los entes, pero agregan que «no está diluido en ellos» y que «no hay separación entre Dios y los seres pero sí distinción». ¿A qué se refieren con «diluido» en las cosas? Evidentemente el Principio Divino no es algo material, ni agua ni aceite para poder diluirse en las cosas. Si hablan desde un punto de vista metafórico ¿qué significa estar «diluido»? Dios simplemente es en las cosas, en cada átomo, en cada fragmento, en todo, de manera ininterrumpida. Se puede afirmar con propiedad, además, que en lo Divino se da la concentración máxima de todo, estando concentrado en los entes y atrayendo, en su concentración, como la fuerza de gravedad, a todos los entes y a la totalidad existencial hacia Sí y entre sí, y manteniendo, de esa forma, la cohesión cósmica e individual. Por otro lado, cuando dicen que «la criatura y Dios no están separados pero sí son distintos», incurren en un error. La distinción implica una separación de orden ontológico, porque se separa una cualidad de otra. De hecho eso significa distinguir: arrimar una cosa de otra, discriminar, dividir. Por ejemplo, si yo distingo el bien del mal, estoy estableciendo un límite entre ambos, estoy separándolos el uno del otro. En consecuencia el «no hay separación, sino distinción» no es más que un juego engañoso de palabras para salir del paso, ya que el término «distinto» procede del latín «distintus» que significa «separado» y «diferenciado». El prefijo «dis» se traduce por «separación múltiple» y el segundo término del que se compone, «stintus», significa «extinguido». El verbo «distinguir», por su parte, deriva de «distinguere» que se traduce por «separar», «dividir». Si defienden una distinción a nivel de la substancialidad entre la Creación y la Divinidad, entonces sí predican separación, una separación de orden ontológico. Claramente no se alude aquí a la separación física, pues es absurdo concebir a Dios a un metro mío o a tres de distancia.

Entonces ¿de qué separación hablamos cuando aludimos a una separación de Dios respecto de las criaturas? A una separación de orden ontológico, cualitativa, espiritual. La manera correcta de asimilar la distinción sin que se de una ruptura ontológica es aceptar que en la distinción subsiste como base y fundamento universal una substancia única que trasciende todas las diferencias que se dan en el nivel de la expresión, manifestación o exterioridad, siendo la distinción meramente accidental.

Entonces podemos aceptar la distinción como una manifestación pero no como el substrato, habida cuenta de que en lo nuclear las distinciones se resuelven y trascienden en una substancia unitaria que es la médula de todas las cosas y es Dios.

https://pijamasurf.com/2022/11/dios_en_todo_y_todo_en_dios_segun_juliana_de_norwich/

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