El derecho a opinar no hace que tu opinion sea valida

derecho a opinar

Todo el mundo tiene una opinión. Eso no es un problema. De hecho, es positivo y deseable que cada persona se forme su propia opinión. El problema es que opinamos sin saber. Sin profundizar. Sin experiencia. Sin pruebas. Sin pensar…

Opinamos por opinar. Y luego exigimos que esas opiniones sean tan valiosas y dignas de ser tenidas en cuenta como la de aquellos que sí tienen experiencia en la materia. Aquellos que sí han profundizado. Aquellos que sí se han tomado el trabajo de argumentar con datos, hechos y lógica.

Solo deberíamos opinar sobre aquello que podemos defender

“ Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”, indica el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Sin embargo, la mayoría de las personas se queda en la primera línea obviando una frase crucial: “ investigar y recibir informaciones y opiniones ”. El filósofo australiano Patrick Stokes parte precisamente en esa puntualización para afirmar que en sus clases en la Universidad de Deakin nadie tiene derecho a opinar, a menos que sea capaz de defender su postura. De esa manera intenta que sus alumnos aprendan a construir y defender un argumento, así como reconocer cuando una creencia se ha vuelto indefendible y es momento de ceder.

Stokes apunta que con demasiada frecuencia pensar que “tenemos derecho a opinar libremente” se convierte en un escudo para no reconocer que nos hemos equivocado o incluso para apegarnos a creencias que no soportan los embates de la realidad o la lógica. En la práctica, se convierte en una abreviatura de “puedo decir o pensar lo que quiera sin que nadie se atreva a rebatirlo”.

En el fondo, esa actitud alimenta una falsa equivalencia entre expertos y desconocidos, entre quien ha dedicado toda su vida a estudiar las “libélulas de la Cochinchina” y quien ha leído someramente sobre ellas en Wikipedia o en alguna otra página de dudosa confiabilidad.

Obviamente, esa falsa equivalencia es cada vez más perniciosa en el discurso público, sobre todo en tiempos convulsos marcados por la incertidumbre, cuando la confianza en los sistemas convencionales se desmorona y se buscan nuevas “verdades” a las cuales aferrarse y gurús a los cuales seguir.

Opinar es un derecho, pero… ¿qué es exactamente una opinión?

Heráclito distinguió entre la opinión o doxa – aquello que damos por descontado pero que nunca hemos cuestionado y en el fondo no somos capaces de explicar – y el conocimiento. Conocimiento es saber que “1+1=2” o que “no hay círculos cuadrados”. En cambio, las opiniones suelen encerrar un grado de subjetividad e incertidumbre bastante elevada.

La opinión se encuentra en algún punto intermedio entre nuestros conocimientos y las creencias que nos hemos formado sobre el mundo y nuestras expectativas, preferencias y deseos, siempre matizada por nuestro punto de vista único.

Es una diferencia sutil, pero importante.

Si no somos expertos en una materia, es habitual que expresemos una creencia como una opinión. Podríamos afirmar: “ Creo que la energía solar es más barata que la energía hidroeléctrica ”. Pero a menudo también cometemos el error de expresar nuestros gustos como opiniones, por ejemplo: “ creo que el chocolate es mejor que la fresa ”.

El problema, obviamente, radica en usar el concepto de “opinión” para describir dos afirmaciones que no parten de los mismos supuestos. Esa es la receta para el conflicto y para caer en el relativismo mas total y absurdo.

Podemos disentir sobre las creencias y los conocimientos aportando datos, investigaciones y razones. Sin embargo, no podemos discutir sobre las preferencias. Si alguien prefiere el chocolate a la fresa, no hay nada de malo o discutible en ello. Simplemente no hay nada que decir.

El problema comienza cuando las personas expresan sus preferencias, expectativas o ilusiones en forma de “opiniones” ya menudo las confunden con los hechos. En esos casos, se esgrime el argumento del “derecho a opinar”, que muchas veces conduce a equiparar las opiniones de los desconocidos con la lógica y las razones de los expertos.

El derecho a desestimar las opiniones

En la actualidad abundan las opiniones de todo tipo sobre todo tipo de asuntos. El acceso a Internet ha permitido que todos se conviertan en especialistas en pandemias, política, deporte, desastres naturales, economía, medicina o psicología. Sin duda, es importante que cada quien se forme una opinión sobre el devenir del mundo y los acontecimientos, pero eso no implica pretendiente que esa opinión sea la verdad absoluta y asuma que todos los demás se equivocan.

Un hecho está respaldado por datos y/o evidencias mientras que la opinión es una expresión personal de nuestros sentimientos o pensamientos, que puede o no basarse en datos. De hecho, muchas de nuestras opiniones se basan en emociones, experiencias personales y valores.

Por tanto, la frase “opinar es un derecho” significa que nadie puede impedirnos decir lo que pensamos. Nadie debería impedir que alguien dijera que la tierra es plana y se sostiene sobre unas tortugas enormes.

Sin embargo, el “derecho a opinar” no significa que esos puntos de vista deban ser tratados como candidatos serios a la “verdad” o ideas que pueden pasar a formar parte del saber colectivo. Todo el mundo puede opinar, pero eso no significa que sus opiniones sean válidas o valiosas, por mucho que le pese a los “opinionistas” que proliferan por doquier.

Por tanto, la próxima vez que nos encontremos con alguien que esgrime como único argumento para defender sus ideas el “derecho a opinar”, sería interesante preguntarle por qué piensa que su opinión es valiosa, en vez de sumergirnos en un debate estéril sobre sus gustos , experiencias o valores.

Y la próxima vez que nos veamos tentados a opinar sobre algo que no conocemos bien, deberíamos recordar las palabras de Leonardo da Vinci: “el mayor engaño que sufren los hombres es su propia opinión”. Es mejor escuchar, leer, informarse y reflexionar que ir por el mundo disfrazado de «opinionistas» evangelizadores.

fuentes:

Stokes, P. (2014) No, no tiene derecho a su opinión. En: IFL Science.

Chong, D. (1993) Cómo piensa, razona y siente la gente acerca de los derechos y las libertades. Diario Americano de Ciencias Políticas ; 37(3): 867-899.

El derecho a opinar no hace que tu opinión sea válida

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