Meditacion sobre las vacaciones

Desde el Panóptico todas las aventuras y desventuras de los humanos pueden interpretarse como una tanteante búsqueda de la felicidad. Como dijo el viejo Séneca: «Todos los hombres la buscan, pero nadie sabe en qué consiste». Esa inevitable insistencia no se debe a que tratemos de encontrar el Paraíso perdido, la fuente de la eterna juventud o el país de Jauja, sino a que con la palabra «felicidad» estamos designando, tal vez sin saberlo, la estructura íntima de todo comportamiento humano, que está dirigido siempre a alcanzar un bien o a huir de un mal.

Cuando se nos pregunta por los motivos de nuestros actos, si se nos presiona lo suficiente, como hacen los niños con su insistente preguntar, al final tenemos que decir, como última justificación: porque quería ser feliz. Algo así decía Aristóteles, tan actual siempre: la felicidad es el telos, el fin al que tienden los seres humanos. Y añadía: «Para cada hombre en particular y para todos en común, existe una meta, en función de la cual se eligen o se rechazan las cosas; y esto es, diciéndolo taxativamente, la felicidad y sus diversos aspectos».

Incluso los acontecimientos más atroces han tenido en su origen la búsqueda de la felicidad por parte de algún individuo o de algún grupo. Esto pone bajo sospecha la idea de «felicidad», que alberga una ambivalencia inquietante. No toda felicidad es aceptable. Stuart Mill lo dijo con frase contundente: el cerdo aspira a una felicidad de cerdo. Eso ha planteado la cuestión de cuál es la felicidad a la que deben aspirar los humanos.

No toda felicidad es aceptable, tal como recuerda la frase de Stuart Mill: el cerdo aspira a una felicidad de cerdo

Por una parte, está la felicidad subjetiva: un estado de ánimo agradable, intenso, en el que no echo nada gravemente en falta y que desearía que continuara. Por otra parte, la felicidad objetiva: una situación social en la que me gustaría vivir porque es la que facilita y protege mi búsqueda privada de felicidad. Es lo que los ilustrados denominaron «la pública felicidad», la felicidad política. La diferencia está en que una es una experiencia y otra una situación. Aquella se mueve en los arcanos de la intimidad, esta en el campo de las relaciones y las instituciones sociales.

Las vacaciones me proporcionan un estupendo ejemplo para aclarar la relación entre ambas felicidades. «Vacación» deriva del latín vacare: estar desocupado, tener tiempo libre, un privilegio que tenían las clases acomodadas. El progreso de la historia hacia la «felicidad política» consiste en convertir lo que primero era privilegio de una minoría en un bien al alcance de muchos y, por fin, en un derecho. Esto sucedió con la propiedad, la educación, la sanidad y también con las vacaciones pagadas, que son un invento moderno, un derecho tardíamente reconocido en las legislaciones laborales. Países como Finlandia, Austria o Suecia, lo incluyeron en su legislación en los años 20 del siglo pasado. Francia instauró dos semanas de vacaciones pagadas en 1936, con el socialista Léon Blum como jefe del Gobierno. Las dos semanas pasaron a ser cuatro en 1968 y luego cinco con Mitterrand en los años 80. A día de hoy, varían mucho en función del país: hay lugares como Austria (cinco o seis semanas), Francia (cinco semanas) o Alemania (24 días), y otros lugares como Hong Kong (siete días) en Corea del Sur (diez días) y en China (donde no es obligatorio).

vacaciones

Porque es una situación que todo el mundo desea, ya que las piensa como una posibilidad de felicidad privada. En el imaginario popular, las vacaciones (con sus figuras concomitantes: ausencia de obligaciones laborales, cambio de lugar, turismo, relaciones sociales, diversión, juego, etc.) son un símbolo de felicidad. Abren la posibilidad, pero, por supuesto, no la aseguran. De hecho, muchos problemas familiares estallan durante las vacaciones, y con frecuencia después de esperarlas tanto acaban decepcionando.

El «derecho a vacaciones pagadas» nos revela que el último fin del derecho, que es la justicia, es la felicidad

El «derecho a vacaciones pagadas» nos revela que el último fin del derecho –que es la justicia– es la felicidad. Hans Kelsen llegó a definir la justicia como la «felicidad social». Y añadió: «El deseo de justicia es tan elemental y se encuentra tan fuertemente enraizado en la mente humana porque es una manifestación del deseo indestructible del hombre de su propia felicidad subjetiva». Tener presente esta relación de las normas e instituciones sociales con la felicidad personal nos permite comprender mejor la ética y la política.

Desde la Ilustración, se ha visto claro que el fin de la política es la felicidad de los ciudadanos. En realidad, siempre se había afirmado esto, pero utilizando el concepto «bien común», porque la felicidad parecía demasiado individual. Ahora vemos más claro que trabajar por el «bien común» es procurar la «felicidad política»; esto es, la justicia, que es el modo de construir el ámbito para la felicidad individual. Esto ha planteado un interesante debate. En la Declaración de Independencia de Estados Unidos, se lee: «Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad».

Este derecho fundamental se ha recogido posteriormente en muchas constituciones y en declaraciones de derechos. Pero últimamente, la felicidad subjetiva se ha puesto de moda, sobre todo a partir del éxito de la «psicología positiva» y empieza a pensarse que introducir en el título del derecho la palabra «búsqueda» es poco ambicioso, y que hay que reconocer un «derecho a la felicidad» sin más. ¿Tiene sentido esta formulación? ¿Se puede reclamar «ser feliz» como un derecho? Dos artículos me han sido de gran utilidad para este tema. Sobre la felicidad. Estudio filosófico-jurídico y de derecho comparado, de María Isabel Lorca Martín de Villodres y ¿Derecho a la felicidad?, de José Tomás Alvarado. Ambos autores ven la relación entre felicidad, justicia y derecho, la relación que existe entre la felicidad interior y exterior, pero consideran difícil reconocer un derecho a la felicidad que no sea una afirmación vacía. No se puede regular como derecho sentir una experiencia: sería como decir que todo el mundo tiene derecho al amor o a la alegría.

Consideran que fijar un contenido a la felicidad es una intromisión inaceptable. Los sistemas totalitarios, por el contrario, piensan que hay que buscar el bien de la nación, sin preocuparse de la felicidad de los individuos. El concepto de «felicidad objetiva o política» supera ambas posiciones. Se ocupa solo de proporcionar las «condiciones de posibilidad» para que las personas puedan intentar sus proyectos privados de felicidad. Es una «libertad positiva». No se limita a no intervenir, sino que proporciona recursos materiales, sociales, educativos, institucionales. Estas condiciones son las que intentan medir los Índices de Desarrollo Humano (IDH), pero no aseguran la felicidad subjetiva. Una persona puede vivir en una sociedad objetivamente feliz, donde sus derechos sean respetados y donde se le ofrezcan medios para poder realizar sus proyectos de felicidad y, sin embargo, ser íntimamente desdichado porque se le ha muerto una persona querida, ha fracasado en un negocio, está enfermo o ha puesto su felicidad en alguna meta incompatible con la felicidad de los demás y la misma justicia que le protege se lo impide. Tener derecho a vacaciones pagadas no asegura que vayan a ser unas vacaciones felices.

Espero que las suyas lo sean.

Meditación sobre las vacaciones

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