La totalidad y el fin del sufrimiento

Por Todd Lorentz

«La vida es sufrimiento»… así lo declaró el Buda hace más de 2500 años. Esto no es más cierto que lo que estamos presenciando hoy en el mundo. La guerra, la depresión y las enfermedades mentales generalizadas, los movimientos masivos de refugiados, la pobreza, la injusticia y un entorno global en colapso son testimonio del sufrimiento que soporta la humanidad debido a la separación y alienación provocadas por una identificación errónea y la desunión interna. En su último libro, Pensamientos sobre la unidad: la totalidad y el fin del sufrimiento, Todd Lorentz nos lleva en un viaje a través de la causa de nuestro sufrimiento ―la «caída» original desde un estado de unidad con nuestra Fuente― y proporciona un camino a seguir que puede restaurar nuestro lugar en el Universo. La exploración de Lorentz nos ayuda a comprender cómo hemos llegado a estar tan desconectados de nuestro yo interior y del mundo que nos rodea, y cómo la revitalización de la Unidad puede conducir a la verdadera revolución que la humanidad está buscando para llevarla hacia un nuevo mundo basado en la cooperación, las correctas relaciones, el amor, la justicia y el compartir. El camino a seguir para la humanidad es a través de la Unidad; no una unidad caracterizada por tópicos ingeniosos o aforismos vacíos, sino una Unidad marcada por una conexión interna renovada entre sí, con la naturaleza y con lo Divino. Este breve extracto está extraído de su capítulo sobre «La ilusión de la separación».

Habiendo examinado algunos factores en relación con la personalidad, he comenzado a formarme una imagen de lo que constituye exactamente la identidad personal y su funcionamiento como prisión virtual para la conciencia interior. Esencialmente, la identidad es creada en la mente como una forma de pensamiento compleja y se mantiene relativamente estable mediante la repetición, la convicción de creencias, las estructuras sociales, las influencias familiares, las normas y reglas sociales y el refinamiento de las características expresivas diseñadas para proporcionar un sentido de individualidad, pertenencia y «existencia» en el mundo físico que percibimos.

En ocasiones, la tradición familiar dominará la construcción de identidad de un individuo provocando la adopción de sus valores políticos, religiosos y/o sociales como propios. En otros casos, la identidad individual puede formarse como una rebelión contra esas mismas tradiciones. Cuando el miedo, la represión o la violencia influyen en el desarrollo temprano, la formación de la identidad construirá mecanismos protectores o evasivos en su persona (aunque esos mecanismos puedan ser perjudiciales a largo plazo) o, alternativamente, adoptará esos rasgos negativos como modelo para tratar con los demás ― independientemente de cualesquiera características, creencias o cualidades que estén integradas en la matriz de ser un «yo separado». Esta identidad está además respaldada y fundamentada por la experiencia sensorial dualista de la existencia material física. Por lo tanto, la identidad queda profundamente condicionada a sostener y refinar su existencia material y a menudo ni siquiera imagina cuestionarse la realidad esencial de esa existencia ― aunque, como acabamos de describir, su identidad (forma mental) no es más que un conglomerado temporal de ideas, hábitos, creencias y perspectivas.

Esta «idea» profundamente condicionada de uno mismo existe simplemente como un conjunto de ondas cerebrales, coordinadas en un conjunto coherente de impresiones o nociones sobre uno mismo, y apenas se registra como una carga eléctrica mensurable en el plano físico. Sin embargo, su abrazo omnicomprensivo crea una prisión virtual para la consciencia interior. Esta consciencia, a través del proceso de condicionamiento profundo y continuo, cree tan profundamente en su propia construcción que ni siquiera puede imaginarse a sí misma como algo más que esa identidad. El camino hacia la liberación de este recinto laberíntico es largo y complejo, pero alcanzable. La historia ha registrado muchos grandes discípulos que han luchado contra este condicionamiento, trascendido la identidad personal separada y que han trazado un rumbo a seguir para otros. Esta ilusión que es el «yo separado», existe para cada uno de nosotros sólo en la medida en que la consciencia permanece convencida de que lo es y así sostiene su forma. Y es la existencia de una identidad ilusoria separada lo que resulta en la experiencia de desconexión del mundo, de los demás y de Dios.

La filosofía esotérica ha expresado repetidamente que sólo existe un «pecado» fundamental para la humanidad: el «pecado de la separación». Este acontecimiento primordial original ―la separación de la humanidad de la conciencia de su propia naturaleza divina― marca un período en el pasado distante de la evolución de la humanidad en el que la consciencia se volvió por primera vez consciente de sí misma y, como resultado, separada y distinta de su Fuente. Esta actividad de la mente de examinarse a sí misma para conocerse a sí misma «pone al peregrino en su camino», sólo para regresar a su Fuente una vez que el largo camino de la evolución pueda hacer posible el logro de la plena autorrealización y liberación como un ser divino. Según las Enseñanzas de la Sabiduría Eterna, la consciencia comienza a partir de un estado no realizado de unidad con la Fuente divina. Avanza según el Plan de Dios hacia un estado individualizado, identificado con la forma material separada que crea como vehículo de manifestación. Mientras se identifica con su forma material, la consciencia experimenta el sufrimiento y el dolor de la separación que actúa como estímulo para buscar y crecer ― saber quién o qué es y por qué está aquí. Vida tras vida, encarnación tras encarnación, el Alma (consciencia) avanza incrementalmente en su conocimiento de la naturaleza de la vida. Acercándose al final de ese largo viaje evolutivo, la consciencia llega a comprenderse a sí misma como la naturaleza divina que habita en nosotros y gradualmente se libera de las garras de la forma de vida material. Esta revelación eventualmente conduce a la liberación de esa forma material y, en última instancia, a un retorno a la unidad con la Fuente divina. Conserva su estado individualizado como un Ser divino plenamente autorrealizado, participando ahora conscientemente como una expresión individual interna en el Plan de Dios.

Es un ejercicio interesante y revelador reconocer la existencia de una identidad personal como causa de la separación y que esta separación es la base de nuestro sufrimiento. De hecho, un examen cuidadoso y sincero revelará que todas las emociones negativas tienen sus raíces en la creencia de que estamos separados unos de otros. El miedo, la envidia, la avaricia, los celos, la ira, la soledad, el remordimiento, el egoísmo y la arrogancia son sólo el comienzo de una larga lista de características que surgen de la creencia de que estamos separados del mundo y de los demás. Si estas percepciones de separación cesaran por completo, también dejarían de surgir esas características negativas. En el budismo, esta idea se encuentra en la noción del origen o co-surgimiento dependiente (pratityasamutpada) e ilustra que nuestro sufrimiento surge de nuestras visiones ilusorias del mundo. Esta idea también encuentra su manifestación en las vidas de aquellos miembros de la humanidad que avanzan y que, acercándose a las puertas de la liberación, se liberan en gran medida de acciones egoístas y se relacionan con sus semejantes principalmente a través de la lente de la compasión, la inclusión, el amor y la verdad. A medida que su conciencia se amplía para incluir más del Todo, están cada vez más influenciados por la experiencia de la realidad unificada subyacente. Su único modo de expresión, si quieren expresar la verdad que ven, es manifestar esa inclusión en cada palabra y acto. Por el contrario, la guerra y los conflictos nunca terminarán para la humanidad (y pueden incluso amenazar con acabar con la humanidad misma) hasta que podamos llegar a comprender que somos fundamentalmente parte de una existencia divina ― un mundo, unido e inseparable. El único camino a seguir para la humanidad, si quiere sobrevivir y florecer, es a través de la unidad y el amor. No hay otra manera.

https://www.nodualidad.info/articulos/la-totalidad-y-el-fin-del-sufrimiento.html

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