Reivindicación del derecho a morir: Desequilibrio mental y anomalía de nuestro tiempo

Manifestación organizada por Derecho a Morir Dignamente.

Magdalena del Amo.- Muchas personas de bien no son conscientes de algo terrible que se está gestando en la aldea global de McLuhan. Nuestra sociedad permanece anestesiada con el pan y circo que nos sirven cada día en grandes raciones, sin pararse a pensar en la grave amenaza de la denominada Cultura de la Muerte, como plan de control de la población y que, desagraciadamente ha llegado para quedarse. Ante nuestros ojos cerrados e inacción, se ha instalado sutilmente en nuestras instituciones, y pasa completamente inadvertida, primero con los “objetivos del milenio”, de la sacratísima ONU; después con los del 2015 y ahora con la Agenda 2030 que, a pesar de ser uno de los bastidores de la clase política y hacer exhibicionismo de ella en sus solapas, el gran público desconoce la verdad sobre sus objetivos ocultos. Si sus efectos son ya desbastadores en este presente convulso, lo serán mucho más en el futuro de valores invertidos que se avecina.

Los colectivos antivida trabajan en todo el mundo proponiendo la muerte provocada como un bien social y un avance de los estados del bienestar. Sus estrategias, basadas en la propaganda, el adoctrinamiento y una ética engañosa y relativista, son el eje de su éxito.

Estos colectivos están muy bien organizados bajo el paraguas de la Federación Mundial de Sociedades para el Derecho a Morir. Su objetivo desde hace décadas es crear un estado de opinión favorable a la legalización de la eutanasia y el suicidio asistido. Para ello se valen de conferencias, entrevistas a personajes de renombre o de la farándula, y a médicos y científicos favorables a estas prácticas.

Suelen además presionar a los políticos para que promulguen leyes que beneficien lo que ellos defienden. Cuando existe algún caso límite, aprovechan para comparecer en los medios y vender su interés compasivo hacia el que sufre. Es sabido que los medios de comunicación suelen ser cómplices de estos grupos. En general, la prensa es mucho más generosa cuando se promociona la muerte provocada que cuando se defiende la vida. En la actualidad, defender la vida es un acto antisistema.

El tratamiento de estas materias tan delicadas por parte de la prensa, sobre todo de la televisión, confunde a la sociedad pues, aparte de que son tratadas como puro espectáculo, no se profundiza en la esencia de un hecho tan trascendente e irreversible.

Hay que aclarar que no es lo mismo causar la muerte de un ser humano deliberadamente para cortar el curso de la vida, que suspender los métodos artificiales que mantienen viva a la persona, que ya hubiese muerto, de no aplicársele medios técnicos extraordinarios, que en algunos casos se podría considerar como encarnizamiento terapéutico. La frontera entre una cosa y otra es muy sutil. Por eso es tan necesario una ética judicial y médica intachable, a fin de facilitar en cada caso el buen morir de la persona implicada en una situación de este tipo.

El doctor Herbert Hendin dice a este respecto: “El derecho de un enfermo a suspender un tratamiento es el mismo que su derecho a iniciarlo, sea cual sea su capacidad de salvar su vida. No tiene nada que ver con el derecho a ‘acelerar su muerte’, y sí con el hecho de que la práctica médica dependa del consentimiento informado del paciente. […] No es lo mismo que el suicidio asistido, cuya intención siempre es la de acabar con la vida del paciente…” [1].

En Estados Unidos, la Sociedad para el Derecho a Morir, llamada anteriormente Sociedad de la Eutanasia de los EE.UU. se fundó en 1938. Una de sus primeros miembros fue la inefable Margaret Sanger, fundadora de la nefasta organización para controlar la población, International Planned Parenthood, defensora del Ku klus klan y siempre financiada por la Fundación Rockefeller. Oregón fue el primer estado que legalizó el suicidio asistido en el año 1998. A partir de esta fecha, el disparate fue la tónica general en cuando a las exigencias para propiciar la muerte a petición. Por ejemplo, la Comisión de Servicios de Salud luchó encarnizadamente para que a los tratamientos sanitarios proporcionados por el Estado a las clases más desfavorecidas se incluyesen fármacos letales para poner fin a la vida. Incluso se alegó que negar fondos públicos para el suicidio asistido era una discriminación hacia los pobres por no permitírseles morir.

En 1994 este estado legalizó la eutanasia y el suicidio asistido. La ley permite a los médicos recetar medicamentos letales para suicidarse, a los pacientes con una esperanza de vida de un máximo de seis meses.

Las asociaciones Compasión en el morir, Preocupación por los moribundos y Hemlock, sobre todo esta última, llevaban reivindicando la eutanasia desde hacía años. El nombre de estas asociaciones antivida forma parte de la estrategia de manipulación para conseguir su objetivo. ¿Alguien, a priori, podría estar en contra de un colectivo que aboga por la compasión en el morir o la preocupación por los moribundos? Por ello, hay que estar muy alerta y no dejarse engañar por los eufemismos que con tanto éxito suelen utilizar. ¡Sí a la vida siempre!

NOTAS:

1 Hendin, Robert, Seducidos por la muerte, Ed. Planeta, Barcelona, 2009.

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