El género postmoderno o el triunfo del placer

Me sorprendió –es un decir- el nulo eco mediático del “I Congreso Internacional sobre Género, Sexo y Educación” celebrado en Madrid el 23 de Febrero. Como reconocieron los propios ponentes, era la primera vez que se podía escuchar en directo a un plantel tan selecto de figuras mundiales de la resistencia a la ideología de género. La izquierda cultural ha enarbolado últimamente el feminismo, el homosexualismo y el transgenerismo como una de sus banderas más visibles. Y ha extendido su intimidación a toda la sociedad: nadie que aprecie su pellejo civil-profesional está dispuesto a asumir el riesgo de ser estigmatizado como “homófobo” o “tránsfobo”.

Pero la izquierda cultural amalgama la causa feminista, la homosexualista y la transexualista sin reparar en las obvias contradicciones entre ellas. Entre los conferenciantes del congreso figuraba una feminista y militante histórica del movimiento homosexual, Miriam Ben-Shalom (expulsada del ejército norteamericano cuando reveló su lesbianismo). De ella partió uno de los ataques más contundentes contra la ideología de género. El transexualismo, explicó, es una amenaza para las mujeres, lesbianas incluidas. No sólo porque el dogma anticientífico de que “la identidad sexual está en el cerebro y los sentimientos, no en los cromosomas y los genitales” está ya abriendo las puertas de los “shelters”, residencias y prisiones femeninas a “hombres convertidos en mujeres”, algunos de los cuales ni siquiera han sido operados (“a las mujeres no nos apetece compartir las duchas con un ser con pene, por muy mujer que diga sentirse”, aseguró Ben-Shalom), sino también porque la ideología de género niega el sexo femenino, al minimizar la relevancia de la biología y sustituir la división de la humanidad en hombres y mujeres por un espectro borroso de múltiples “géneros”, “constructos culturales” e “identidades sentidas”.

La ideología de género, al negar la binariedad hombre-mujer, priva de sentido tanto al feminismo como a la homosexualidad

Pero el feminismo nació para defender a las mujeres, no para negar su existencia. Y una lesbiana, por otra parte, es una mujer a la que le gustan las mujeres. “Si yo hubiese nacido en esta época, los psicólogos me habrían explicado que no era una niña, sino un niño atrapado en el cuerpo equivocado, y me habrían orientado hacia la hormonación y la cirugía genital”. ¡Y hasta ahí podríamos llegar!: “Yo soy una mujer que ama a otras mujeres, no un hombre al que la naturaleza asignó por error un cuerpo femenino”. La ideología de género, al negar la binariedad hombre-mujer, priva de sentido tanto al feminismo como a la homosexualidad.

El género postmoderno o el triunfo del placer

El ponente Glenn Stanton ahondó en las contradicciones internas del progresismo feminista-homo-transexualista. De un lado, se enfatiza la libertad del sujeto para definir su propio género según su apetencia, sin ataduras biológicas. Sin embargo, cuando el decathlonistaWilliam Bruce (hoy Caitlyn) Jenner se hormonó y mutiló sus genitales, la prensa comentó que “ahora es por fin, plenamente, la mujer que siempre fue”.

Al parecer, en el cerebro y los sentimientos de Jenner había habitado siempre una identidad femenina rocosa, inmodificable. Pero, si es así, ¿dónde queda su libertad para definir o cambiar su género a capricho, escogiendo entre las 59 posibilidades que Facebook llegó a poner a disposición de sus usuarios cuando rellenaban su ficha de identificación? Según parece, Jenner no es prisionero de sus genitales y sus cromosomas XY… pero sí de una misteriosa “identidad sexual cerebral” que es fatal e inescapable (aunque, por supuesto, los neurólogos no han encontrado nunca el lóbulo que le pueda servir de soporte).

¿Confuso? En realidad, la regla para orientarse en el bosque de la postmodernidad sexual es muy sencilla: lo “clásico” (soy hombre porque tengo genitales masculinos y cromosomas XY; me gustan las mujeres porque soy hombre, etc.) es siempre cuestionable, contingente, modificable (que a los hombres les gusten las mujeres no es “lo natural”, sino pura “heteronormatividad” culturalmente aprendida; que uno tenga genitales y cromosomas masculinos no le convierte necesariamente en varón, pues siempre está a tiempo de extirpar los primeros y engañar con hormonas femeninas a los segundos). Lo “atípico”, en cambio, es siempre incuestionable, necesario, sagrado: el niño al que le gusta jugar con muñecas es categórica, irreparablemente “una niña atrapada en el cuerpo equivocado”; Bruce-Caitlyn Jenner es metafísica y eternamente “una mujer”; un homosexual lo es de manera innata e inmodificable.

La postmodernidad sexual bendice siempre el paso de “lo clásico” a “lo atípico”, pero descarta y hasta prohíbe legalmente el viaje inverso

O sea, la postmodernidad sexual bendice siempre el paso de “lo clásico” a “lo atípico”, pero descarta y hasta prohíbe legalmente el viaje inverso. Por ejemplo, pasar de la heterosexualidad a la homosexualidad merece aplauso: significa que uno se ha atrevido a seguir sus verdaderos deseos y ha escapado de la opresiva “heteronormatividad”. Pero que un homosexual intente pasar a la heterosexualidad es escandaloso e inadmisible. Por eso las leyes de derechos LGTB de varias regiones españolas amenazan ya con multas e inhabilitación a los psicoterapeutas que ofrezcan ayuda a los homosexuales deseosos de superar su atracción hacia el mismo sexo.

La explosión hormonal de la pubertad -el cuerpo del chico se inunda de testosterona y el de la chica de estrógenos- solucionaba la disforia de manera natural en un 80% de los casos, según explicó la doctora Michelle Cretella

El género postmoderno o el triunfo del placer

En lo que se refiere a la “disforia de género” infantil (niños que dicen sentirse niñas, y viceversa), lo “clásico” era tratar al sujeto con psicoterapia (pues a menudo la “disforia de género” parece deberse a conflictos emocionales: por ejemplo, los celos por el nacimiento de un hermano pequeño) para ayudarle a reconciliarse con su verdadero sexo. Y si la psicoterapia no lo había conseguido, la explosión hormonal de la pubertad -el cuerpo del chico se inunda de testosterona y el de la chica de estrógenos- solucionaba la disforia de manera natural en un 80% de los casos, según explicó la doctoraMichelle Cretella.

Pero esta terapia clásica, respetuosa de la biología, está ya prohibida en diez estados norteamericanos. La ideología de género ha impuesto lo “atípico”, lo antinatural: en lugar de ayudar al niño disfórico a asumir su sexo, se le confirma en su alucinación transexual, cambiándole el nombre, vistiéndole con ropa del sexo opuesto, y obligando a profesores y compañeros de colegio a sumarse a la farsa de que el pequeño Peter ahora es Lucy. Cuando se acerque la pubertad, se le suministrarán bloqueadores para impedir la anegación hormonal que solucionaba la disforia en cuatro de cada cinco casos (esos bloqueadores –inicialmente desarrollados para casos patológicos de pubertad prematura- pueden producir esterilidad y deterioro cognitivo). Después seguirán, a los dieciséis años, las hormonas del sexo opuesto (que incrementan el riesgo de cáncer, diabetes y problemas cardíacos), culminando ya en la mayoría de edad con la “cirugía de reasignación de sexo”, es decir, la mutilación de un cuerpo sano. Y después, la hormonación de por vida y un riesgo estadístico de suicidio 19 veces superior al promedio.

La ideología de género es el paroxismo del triunfo del principio del placer sobre el principio de realidad: soy lo que me apetezca ser

¿Cómo explicar el éxito fulgurante de una doctrina anticientífica y dañina? Porque encaja a la perfección en el Zeitgeist sesentayochista. La ideología de género es el paroxismo del triunfo del principio del placer sobre el principio de realidad: soy lo que me apetezca ser; mi libre autodefinición sexual no debe verse constreñida por una biología reaccionaria. Mi sentimiento y mi fantasía -¡la imaginación al poder!- prevalecen sobre los anticuados cromosomas y la superada binariedad macho-hembra.

El género postmoderno o el triunfo del placer

La ideología de género ha triunfado gracias a la militancia indesmayable de una minoría fanática que, con la complicidad de políticos ansiosos de ganarse la vitola “progresista”, no ha parado hasta adueñarse de las leyes, los libros de estilo mediáticos y los programas escolares (Por ejemplo: “La Comunidad de Madrid elaborará una Estrategia integral de educación y diversidad sexual e identidad o expresión de género. Las medidas previstas en este plan se aplicarán en todos los niveles y etapas formativas y serán de obligado cumplimiento para todos los centros educativos”, art. 29 de la Ley de Protección Integral contra la LGTBIfobia, Comunidad de Madrid).

La disforia de género afecta a un 0.01% de los niños, pero el bombardeo ideológico-educativo va camino de alcanzar al 100%

Pero, si esa minoría ha vencido, ha sido también porque la mayoría silenciosa miró para otro lado. El buen burgués constata que no le afecta. Pero sus hijos van a ser –están siendo- adoctrinados en esto. La disforia de género afecta a un 0.01% de los niños, pero el bombardeo ideológico-educativo va camino de alcanzar al 100%. Y eso tiene consecuencias: el doctor Paul Hruz explicó que los casos de disforia se han multiplicado por veinte en pocos años. Un niño poco aficionado al fútbol y los empujones al que le explican sesudos “educadores sexuales” que “existen niñas atrapadas en cuerpos de niño” empezará a preguntarse: “¿No seré yo una de esas?”. Cuando el profesor exija que el Paul de la clase de al lado ahora sea llamado “Mary”, su desorientación y sus dudas se acentuarán. Y otro día lo llevarán a escuchar a un cuentacuentos drag queen. Así es como las ideologías delirantes de los adultos van destruyendo la inocencia del niño y su necesidad de un mundo con referencias sólidas.

El género postmoderno o el triunfo del placer

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