Por qué Nietzsche puede ayudarnos a eludir la cámara de ecos y el baldío intelectual de Internet

Por qué Nietzsche puede ayudarnos a eludir la cámara de ecos y el baldío  intelectual del Internet

Una de las consecuencias del algoritmo de sitios como Facebook, Instagram, TikTok, Twitter, YouTube y hasta del mismo Google es que los usuarios constantemente refuerzan sus propios gustos, sus propias inclinaciones. El algoritmo de estos sitios, a grandes rasgos, funciona bajo el protocolo de «si te gusta aquello, esto también te gustará». Lo que la supuesta «inteligencia» artificial hace es mostrarte contenidos similares a los que has consumido anteriormente, haciendo uso de tu «historial» en la red y dándole mayor importancia, por supuesto, a tus últimas tendencias. En suma, cada uno de estos algoritmos es una historia interactiva de las cosas a las que le has dedicado atención -una historia que es usada en cada instante para seguir captando tu atención-.

Quizá no parezca algo terrible que la lógica de los algoritmos sea darles a los usuarios lo que ya les gusta. Es algo común en casi cualquier negocio. Pero al estar lidiando con la atención como divisa el asunto se vuelve más delicado. La atención es a fin de cuentas la materia prima del conocimiento -que fácilmente cae en la complacencia- y la puerta de entrada a las emociones negativas cuando no se ejerce con discriminación. Los algoritmos pueden considerarse máquinas de autoindulgencia: explotan nuestras propias tendencias y amplifican nuestros gustos. Lo único que importa es que pasemos más tiempo en una plataforma, y para ello nada mejor que alimentar emociones como la lujuria o la envidia.

Pero más allá de los problemas de salud mental que esto puede generar -y es difícil pensar que el claro aumento en enfermedades mentales y en suicidios en jóvenes en muchas sociedades occidentales u occidentalizadas sea una casualidad-, esto deriva en un problema sociopolítico, en lo que se ha llamado una «cámara de ecos» o una «burbuja de filtros», cuyas consecuencias se manifiestan en una sociedad enconada y polarizada. Mucho de lo que vemos con la formación de partidos ideológicos y con el aferramiento a identidades -que suelen rayar en el fanatismo- puede explicarse por este nuevo ecosistema informativo en el que cada quien sólo ve más de lo que le gusta o de lo que ya cree. Esto evita el diálogo y hace a las personas más sensibles a la propaganda y a la desinformación. Se crean posibles «túneles de realidad», espacios sumamente angostos en los que los individuos habitan en bucles de retroalimentación.

Nietzsche, el filósofo que quizá más que ningún otro en la modernidad puede considerarse una especie de profeta -el profeta del nihilismo-, hizo un diagnóstico que hoy es más relevante que nunca. Escribió en Aurora: «La forma más segura de corromper a un joven es instruyéndolo a tener más alta estima por aquellos que piensan igual que por aquellos que piensan distinto». Este es el efecto que se observaba ya en la educación del final del siglo XIX, en el que empezaba una especie de sociedad masiva que a través de los diarios creaba una conciencia colectiva o un imperativo colectivo. Aunque por supuesto era también la característica de la burguesía y del esnobismo. Pero ahora llegamos a un punto que la misma tecnología amplifica exponencialmente esta condición propia del ser social, de cerrarse sobre lo mismo y rechazar lo otro. Las redes sociales son justamente la encarnación pura del deber ser social, de encontrar validación en el otro y de admirar lo que los demás también admiran. Al multiplicarse crean una especie de estado de adolescencia perpetua en el que vivimos más para mostrar que para ser, comparándonos constantemente y, ante un asalto sensorial de imágenes sexuales, obligados a competir -y, por ello, a volvernos como los demás o como aquellos que marcan la pauta-.

Nietzsche entendió que era muy peligroso -pues estaba en juego el espíritu individual y la expresión de la creatividad auténtica- dejar que los jóvenes sean regidos por las tendencias aceptadas por la sociedad. Hoy hablaríamos de dejarse motivar por los likes o por los trending topicsEsto conduce a la muerte no sólo del pensamiento crítico sino de la propia creación como individuos.

En «Schopenhauer como educador», Nietzsche observó que había que cuidarse de «una época, que cifra su salud en la opinión pública, es decir en las perezas privadas». Opinión pública, perezas privadas. Nietzsche creía que su época se caracterizaba por esta deleznable tiranía de la opinión pública, la suya había sido «una era no regida por hombres vivos, sino por pseudohombres dominados por la opinión pública». Nietzsche habla en el mismo texto de sentir cierto asco al caminar por las calles europeas y ver cómo la opinión pública regía a los individuos, quienes perezosamente se ocultaban «detrás de costumbres y opiniones»; cediendo a la «demanda de convencionalidad» que les hacía su vecino persistentemente, los hombres parecían «productos de fábrica». «Europa» ahora se ha convertido en el mundo y la voz de la «buena sociedad» (o lo políticamente correcto, lo woke) ya no es algo que se encuentra en las plazas públicas o en ciertos salones, sino una voz ubicua y vigilante que todos llevan con ellos en sus aparatos.

La globalización, el consumismo y la serialización han creado una masa iterada y mayormente idéntica a lo que Nietzsche había llamado el «último hombre», el nihilista pasivo, el consumidor que consume fundamentalmente la idea de la felicidad que le dicta la sociedad. La idea de que debe ser feliz y que para lograrlo tiene que cumplir mayormente con una cosa: darle a la sociedad lo que ella quiere. Es decir, amoldar su vida a los apetitos, modas, preferencias e ideales del animal social que guarda el premio.

Así pues, del pensamiento del filósofo alemán, que pasó mucho tiempo en la soledad en las montañas y en el mar, buscando servir a su propio espíritu sin contaminación (aunque arriesgándose a la locura), podemos aducir que debemos primero simplemente exponernos a aquello que no nos da lo que congenia con nuestra opinión. Nietzsche explicó que para crecer necesitamos buenos enemigos, enemigos que nos reten, interlocutores que nos coloquen en aprietos y que nos obliguen a repensar lo que creemos y queremos. El mismo Nietzsche se puso esta regla: «Oblígate a ti mismo a nunca ocultar o suprimir algo que va en contra de tus propios pensamientos… Este es el requerimiento esencial del pensamiento honesto». Hubo una época en la que no era necesario buscar algo que no concordara con nuestras ideas, pero hoy en Internet es casi imprescindible hacer un esfuerzo para salir del bucle. Y, sin embargo, aunque este esfuerzo de no evitar lo que nos desagrada es encomiable, en este caso sería mejor, como seguramente nos diría Nietzsche, simplemente pasar temporadas sustanciales desconectados de la Red, desintoxicando la mente del virus de la opinión, esa desidia de la mente. La «gran salud», que al final para Nietzsche se convirtió en una de sus principales «terapias» filosóficas, pasaba por abandonar lo social, la cultura del rebaño, y encontrar en la propia naturaleza y en la fuerza pura de la vida una fuente ilimitada de significado.

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