Más allá de la doble hélice: El uróboros y el ciclo eterno de la vida

Desde el emblemático descubrimiento de la doble hélice del ADN por Watson y Crick en 1953, la representación de esta doble escalera entrelazada ha sido el estandarte de la visualización genética Se pensaba que, con el conocimiento del genoma humano, podríamos desvelar los misterios más ocultos de la vida y de las enfermedades, como si se tratara de un manuscrito cabalístico que nos otorgaría un poder adámico sobre la naturaleza.

Sin embargo, las expectativas iniciales se han visto moderadas por el reconocimiento de la intrincada complejidad de la vida. Las aserciones pasadas que apuntaban a «genes» específicos para la inteligencia o el cáncer hoy parecen simplificaciones. La vida, en su majestuosidad, no puede ser encapsulada en un solo código genético. Como señala Jamie Davies, profesor de anatomía de la Universidad de Edimburgo, la vida no puede ser reducida únicamente a interacciones entre moléculas simples.

Davies argumenta que nuestro entendimiento debe ser enriquecido por la teoría de sistemas, sugiriendo que la vida se articula menos a través de un código de información y más a través de procesos de retroalimentación y autoorganización. Aquí se encuentra un eco del concepto del «feedback loop», donde los sistemas se comunican a través de procesos dinámicos de interacción y respuesta. En lugar de ver genes como entidades aisladas, Davies nos invita a visualizarlos como parte de una red interconectada, que funciona en simbiosis, yendo mucho más allá de la icónica doble hélice.

La autoorganización adaptativa es la esencia que rige desde las células hasta los ecosistemas. Las estructuras, sean biológicas o cósmicas, emergen y se desarrollan en respuesta a su entorno. Davies nos proporciona ejemplos elocuentes, como la modulación del número de células rojas en la sangre en función de la altitud, subrayando la importancia de la retroalimentación en la adaptación biológica.

Es en este punto donde el feedback loop se revela como un símbolo omnipresente de la vida. Pero, ¿cuál es el emblema que podría encapsular esta visión holística y dinámica de la vida? ¿Cómo visualizar y simbolizar la complejidad del proceso biológico del universo? Aquí emerge el uróboros, la serpiente que se muerde la cola. Símbolo milenario, presente en tradiciones como la alquimia y el gnosticismo, representa la eternidad y el proceso cíclico de la naturaleza.

Carl Jung, describiendo el uróboros, lo consideró un símbolo de la asimilación de los opuestos y de la inmortalidad. Al respecto decía:

El uróboros es un símbolo dramático de la asimilación de los opuestos, por ejemplo, de la sombra. Este proceso de ‘retroalimentación’ al mismo tiempo es un símbolo de inmortalidad […] llevándose a la vida a sí mismo y dándose a luz a sí mismo.

Davies, quizás sin intención de invocar la profundidad mística del símbolo, ha escogido un emblema que resuena con ecos de simbología ancestral.

El uróboros nos recuerda que la vida es un proceso alquímico en constante renovación, una danza entre el ser y el entorno. Esta serpiente que se devora a sí misma nos sugiere que la evolución no es lineal, sino cíclica o espiralada, donde el destino y el origen convergen en un baile perpetuo. En definitiva, más allá de la simpleza de una doble hélice, la vida es un intricado sistema de bucles y retroalimentaciones. Y el uróboros, con su antigua sabiduría, podría ser el símbolo que mejor capture la esencia de este fenómeno eterno e infinitamente complejo.

https://pijamasurf.com/2023/08/mas_alla_de_la_doble_helice_el_uroboros_y_el_ciclo_eterno_de_la_vida/

https://pijamasurf.com/2023/08/mas_alla_de_la_doble_helice_el_uroboros_y_el_ciclo_eterno_de_la_vida/

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.