Archivo de la categoría: CONSCIENCIA-FILOSOFÍA

El amor muere asediado por el consumo

El amor, que debe ser cosa suprema, está muriendo entre nosotros a causa de la enfermedad, de la patología del siglo XXI. El amor se ve asediado, ahogado, tratando de adaptarse a lo que el consumo le exige. No hablo del amor de pareja, hablo del amor en general, del amor puro, no entiendo de otra forma el amor.

¿Por qué hablo de esto? Mi corta vida me ha dotado de herramientas suficientes y de experiencias que me han hecho ver esta patología. El amor es ahora un objeto más para nuestro consumo. Nuestra búsqueda incesante de experiencias y de nuevas vivencias, nos hace consumir gente como quien consume un celular.

El amor se ve de esta manera empequeñecido, herido. El amor herido trata de manera violenta manifestarse dentro de nosotros, pero nosotros llevados por el discurso lingüístico que nos aplicamos lo acallamos de manera aún más violenta.

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Aún estás vivo luego de la muerte, dicen investigadores que estudian la mente consciente

Por Li Yen, Epoch Times – La Gran Época

¿Qué pasa después de morir? Un equipo de investigadores en Nueva York puede haber estado cerca de resolver este misterio. Han llegado a la conclusión de que uno permanece completamente consciente en el momento de la muerte.

Anteriormente, los escépticos ignoraban las afirmaciones de experiencias cercanas a la muerte y a menudo las atribuían a factores fisiológicos y psicológicos. Sin embargo, en un estudio, los investigadores han encontrado que la conciencia de una persona sigue funcionando después de que el cuerpo ha muerto y ha dejado de mostrar signos de vida.

En otras palabras, la persona es consciente de que está muerta. Si esa persona está en una habitación del hospital, puede incluso escuchar a los médicos anunciando su muerte.

En los años 90 se estrenó una película llamada Línea de Muerte, en la que cinco estudiantes de medicina detuvieron deliberadamente sus corazones durante breves períodos de tiempo para experimentar la vida después de la muerte. Bueno, un equipo de investigadores de la Facultad de Medicina Langone de la Universidad de Nueva York también investigó esa misma cuestión.

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Lo que pensamos sobre nuestro futuro determina nuestra felicidad

Un nuevo estudio ha determinado que pensar en términos lineales sobre nosotros mismos es mejor que imaginar que dentro de diez años seremos personas muy diferentes. La clave para sentirnos bien, por lo tanto, sería permanecer como somos a lo largo del tiempo.

El estudio, publicado en la revista Social Psychological and Personality Science, preguntó a 5.000 adultos, cuando tenían entre 20 y 75 años de edad, sobre sus rasgos de personalidad y cómo pensaban que cambiarían sus vidas en la próxima década. También sobre su satisfacción laboral, de salud, en sus relaciones y en su vida.

Una década después, los investigadores les sometieron a las mismas preguntas y compararon las respuestas obtenidas en las dos encuestas, teniendo en cuenta las variables que se habían producido con respecto a la edad, los ingresos económicos y el nivel educativo.

Descubrieron que las personas que pensaban no cambiar mucho en la próxima década se sentían mucho mejor diez años después que los que habían imaginado escenarios muy diferentes, tanto en sentido positivo como negativo, para su futuro a medio plazo.
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¿Y SI LA CONCIENCIA SE DESARROLLÓ EN NUESTRA ESPECIE PARA ESTE FIN?

Por más que a veces querremos pensar otra cosa, lo más probable es que la vida no tenga un propósito definido. Las investigaciones admirables de Charles Darwin y Gregor Mendel (entre otros varios) hicieron ver al ser humano que la vida simplemente surgió en algún momento del desarrollo de este planeta, por azar e inexplicablemente, que después se abrió paso y persistió, pero sin ningún tipo de propósito ulterior o plan definido. Si acaso, a juzgar por lo ocurrido entre los primeros organismos unicelulares con vida, todo lo que pasó después y todo lo que vemos ahora, podría decirse que el único objetivo de la vida es conservarse. Esto no es poco, pero no parece existir evidencia material u objetiva que permita ir más allá. Quedémonos pues con eso, que ya es suficiente: la vida busca preservarse.

La conciencia humana es en este sentido parecida. Aunque como especie hemos creado una imagen de nosotros mismos valiosa y grandilocuente, lo más probable también es que nuestra cualidad más preciada sea fruto del accidente y el azar. Es cierto, es fruto de la evolución y sus mecanismos, y todo parece indicar que nuestra llamada “inteligencia superior” es el resultado de distintos factores acumulados a lo largo del tiempo y quizá de algún evento decisivo que cambió la historia de nuestra especie para siempre. Al intentar resolver ese misterio, una de las hipótesis contemporáneas más aceptadas parece indicar hacia la capacidad de los antepasados del Homo sapiens para, de entrada, formar grupos, después para ser capaces de manejar sociedades cada vez más numerosas, pero sobre todo para ser capaces de colaborar juntos en la consecución de un mismo objetivo.

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LA EXPLICACIÓN DE UN MÍSTICO SUFÍ SOBRE POR QUÉ SOÑAMOS

En la obra de Ibn Arabi, uno de los más grandes maestros sufíes de la historia, encontramos un tratamiento sumamente sutil y sofisticado de la popular noción de que el mundo es un sueño o es en esencia imaginación divina. La imaginación es la puerta o bisagra entre la realidad divina absoluta y el mundo de la transformación o el cosmos que es emanado como un sueño en la mente divina.

William C. Chittick, en su libro The Sufi Path of Knowledge: Ibn al-Arabi’s Metaphysics of Imagination, escribe: «Los sueños son en realidad una llave divina para decodificar el misterio de la ambigüedad cósmica y la constante transformación de la existencia». Ibn Arabi escribe en el Futuhat:

La única razón por la cual Dios colocó el sueño en el mundo animado fue para que todos pudieran percatarse de la presencia de la imaginación y conocer que existe un mundo similar al mundo más allá de los sentidos… Él llama la atención de los soñadores inteligentes hacia el hecho de que en el mundo sensorial existen transmutaciones en cada instante, aunque los sentidos no las perciben. 

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¿Por qué los humanos (o algo muy similar) pueden haber estado destinados a caminar sobre la Tierra?

¿Qué pasaría si las manecillas del tiempo volvieran a un punto arbitrario en nuestra historia evolutiva y reiniciamos el reloj? El paleontólogo estadounidense Stephen Jay Gould propuso este famoso experimento mental a fines de la década de 1980, y es uno de los que aún hoy se asemeja a la imaginación de los biólogos evolutivos.

Gould estimó que si el tiempo se rebobinaba, entonces la evolución conduciría la vida por un camino completamente diferente y los humanos nunca volverían a evolucionar. De hecho, sintió que la evolución de la humanidad era tan rara que podíamos reproducir la cinta de la vida un millón de veces y no veríamos que el Homo sapienssurgiera de nuevo.

Su razonamiento era que los eventos casuales desempeñan un papel enorme en la evolución. Estos incluyen eventos de extinción masiva de mamut , como los impactos de asteroides cataclísmicos y las erupciones volcánicas . Pero los eventos casuales también operan a escala molecular.La mutación genética, que forma la base de la adaptación evolutiva , depende de eventos aleatorios.

En pocas palabras, la evolución es el producto de la mutación aleatoria.Unas pocas mutaciones raras pueden mejorar la probabilidad de supervivencia de un organismo en ciertos entornos sobre otros. La división de una especie en dos parte de mutaciones tan raras que se vuelven comunes con el tiempo. Pero otros procesos aleatorios aún pueden interferir, lo que potencialmente conduce a una pérdida de mutaciones beneficiosas y aumenta las mutaciones dañinas con el tiempo. Esta aleatoriedad inherente debería sugerir que obtendrías diferentes formas de vida si vuelves a reproducir la cinta de la vida.

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Ciencia espiritual: cómo una nueva perspectiva sobre la conciencia podría ayudarnos a entendernos a nosotros mismos

Los científicos han intentado durante mucho tiempo comprender la conciencia humana, la «materia» subjetiva de los pensamientos y las sensaciones dentro de nuestras mentes. Solía ​​haber una suposición de que la conciencia es producida por nuestros cerebros, y que para entenderla, solo necesitamos descubrir cómo funciona el cerebro.

Pero esta suposición plantea interrogantes. Aparte del hecho de que décadas de investigación y teorización no han arrojado ninguna luz significativa sobre el tema, hay algunos desajustes extraños entre la conciencia y la actividad cerebral.

Por ejemplo, como señaló el neurocientífico Giulio Tononi , las células cerebrales se disparan casi tanto en algunos estados de inconsciencia (como el sueño profundo) como lo hacen en el estado de vigilia. En algunas partes del cerebro, puede identificar las neuronas asociadas con la experiencia consciente , mientras que otras no parecen tener ningún efecto en ella. También hay casos de un nivel muy bajo de actividad cerebral (como durante algunas experiencias cercanas a la muerte y comas) cuando la conciencia no solo puede continuar, sino incluso volverse más intensa.

Si tuvieras un cerebro humano en la mano, descubrirías que es un montón de materia gris empapada, un poco como masilla, que pesa alrededor de 1,3 kg. ¿Cómo es posible que estas cosas empapadas grises puedan dar lugar a la riqueza y profundidad de tu experiencia consciente? Esto se conoce como el » problema difícil » de la conciencia.

Como resultado, muchos filósofos eminentes (como David Chalmers y Thomas Nagel ) y científicos como Christof Koch y Tononi han rechazado la idea de que la conciencia es producida directamente por los procesos cerebrales. Se han volcado a la visión alternativa de que en realidad es una cualidad fundamental del universo.

Esto puede sonar descabellado, pero piense en los otros «fundamentos» en el universo que damos por sentado, como la gravedad y la masa. La conciencia tendría el mismo estado que esos.

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¿Qué es la tecnología y cómo altera nuestra esencia?

A menudo se escuchan argumentos que defienden que la tecnología es neutral, que en sí misma, y en cada uno de sus casos particulares, no tiene un componente moral, depende solamente de cómo se use y de los contenidos con los que se llene, como si se tratara de un gran vaso vacío, esperando ser llenado por un nutritivo néctar o un veneno letal. Así podemos escuchar cosas como que Facebook, un iPhone o Alexa, son entes completamente neutrales que no nos alteran como seres humanos sino en la medida en que les damos un cierto uso. Por ejemplo, los podemos usar para consumir contenido de alta calidad o comunicarnos con personas que nos enriquecen, o quizá para ahorrar tiempo y emplear el sobrante en leer o aprender un nuevo idioma, etcétera.

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¿Existe el libre albedrío o somos títeres de procesos inconscientes?

Una de las grandes preguntas de la historia de la humanidad es aquella que indaga sobre la libertad o el determinismo de la existencia humana y el universo. Existen diversas maneras de entender esta cuestión. Una sugiere que todo el universo está concatenado por la causalidad hasta el punto de que si conociéramos en un momento dado del tiempo las posiciones y velocidades de todas las partículas del universo, podríamos calcular su comportamiento en cualquier otro momento del tiempo. Esto hizo que Laplace le dijera a Napoleón, que no veía a Dios figurar en ninguna parte de su sistema: «No tengo necesidad de esa hipótesis». Una vez echado a andar el universo, o en palabras de Stephen Hawking, una vez que hubiera soplado el fuego a las ecuaciones, no era necesaria la participación de Dios. El universo corría solo, como un perfecto reloj suizo. De aquí luego la famosa frase de Einstein, «Dios no juega a los dados», el universo es racional y está gobernado por leyes exactas que hacen posibles predicciones y en última instancia determinan nuestros destinos individuales.

Einstein encontró cierto sosiego en la visión determinista del universo y en uno de sus escritos cita a Schopenhauer: «Un hombre puede hacer lo que quiere pero no puede querer lo que quiere», una frase un tanto enigmática que le sirvió a Einstein de consuelo, pues según él, le hizo relajarse y tomar las cosas con humor, pues a fin de cuentas él no estaba al mando de su vida, había una «voluntad», ciega pero perfectamente inteligente, (la naturaleza misma, el «Dios de Spinoza») moviendo el cosmos legítimamente. Schopenhauer en El mundo como voluntad y representación escribió: «ni un hombre puede obrar de otra manera a como lo ha hecho y ninguna verdad es más cierta que ésta, que todo cuanto ocurre, sea pequeño o grande, ocurre necesariamente por completo.» El estado de las cosas está determinado por lo que acaba de suceder, dice Schopenhauer, por lo cual todos los sucesos, a fin de cuentas, fueron determinados ya por el primer suceso en la cadena causal. Pues ese primer estado de las cosas, arbitrariamente estipulado, habría determinado y fijado irrevocablemente en su origen al estado que le sucede a continuación, tanto en el conjunto como en los más mínimos detalles, este segundo haría lo propio con el siguiente y así sucesivamente, por los siglos de los siglos…». Si se quiere mantener un universo completamente causal, sin la posible intervención de una divinidad o una inteligencia trascendente, en cierta forma hay que abandonar la idea de la libertad.

Otra carta para la visión determinista de la realidad es la barajada por los experimentos de Benjamin Libet. En su famoso estudio de 1983 Libet pidió a varios voluntarios que apretaran un botón en el momento en el que ellos así lo quisieran, mientras miraban un reloj especial que les permitía observar el tiempo con mucha precisión. Comúnmente la personas pensaban que estaban decidiendo apretar el botón 200 milisegundos antes de que sus manos se movieran –sin embargo, los electrodos revelaron que la actividad en el cerebro que controla el movimiento ocurre 350 milisegundos antes de que se tome una decisión, lo cual sugiere que nuestra mente inconsciente es la que lleva el mando y «decide» cuándo apretar el botón. Algunas personas han visto este experimento como una prueba de que no somos libres, hay una determinación electromagnética en nuestros actos de la cual no somos consciente. El libre albedrío sería un ilusión post-hoc generada por el cerebro.

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El origen del fenómeno religioso y el significado de lo sagrado

En una conversación amena y profunda sobre el fenómeno religioso, Agustín Pániker explora los puntos en común y las importantes diferencias entre las religiones, tomando una perspectiva hermenéutica y fenomenológica. 

Pániker es un intelectual español dedicado al estudio de las religiones, particularmente las tradiciones índicas. Se desempeña como profesor en diversas universidades y es director de la editorial Kairós. Pániker es hijo del filósofo y político Salvador Pániker, y sobrino de Raimon Panikkar, uno de los grandes eruditos de la religión del siglo XX, especialmente relevante en el diálogo interreligioso.

Conversando con Beatriz Calvo de Ariadna TV, Pániker desentraña el fenómeno religioso, desde su origen chamánico hasta sus diversas transformaciones en constante diálogo constructivo. Pániker sostiene que no es fácil definir a la religión, pero que todas sus manifestaciones son validas y tienen un papel importante en la conformación del espíritu humano. Las religiones tienen una función social muy importante en proveer una estructura ética y, por supuesto, otra dimensión que se orienta hacia lo trascendente, postulando la posibilidad de una verdad suprema y de una existencia «sagrada», en la que los ríos, las montañas, los bosques, etc., tienen un valor espiritual. Se esboza una definición de lo sagrado: toda la manifestación de lo divino desde lo inmanente. 

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LA VIBRACIÓN PODRÍA SER EL ORIGEN DE LA CONCIENCIA Y LA FRECUENCIA CONSTITUTIVA DEL COSMOS EN SU TOTALIDAD

Una nueva teoría científica propone que la conciencia está basada en vibraciones; específicamente, en vibraciones sincronizadas o resonancias. A grandes rasgos, la teoría de Jonathan Schooler y Tam Hunt se basa en la noción de que todas las cosas en el universo vibran a ciertas frecuencias. A escala subatómica, la materia, más que como una serie de cosas o corpúsculos, puede describirse mejor como vibraciones de diferentes campos. Cuando las cosas empiezan a vibrar juntas, dicen los autores, algo empieza a suceder: las cosas se sincronizan y esto permite «autoorganización espontánea», algo que está ligado con estados de mayor complejidad y coherencia.

Existen notorios ejemplos de cómo la naturaleza se sincroniza de manera espontánea: las luciérnagas que se reúnen despiden luz en patrones sincronizados de manera no del todo entendida por la ciencia. Los láseres se producen cuando los fotones de la misma frecuencia y poder se sincronizan. La rotación de la Luna está sincronizada con la Tierra de tal forma que siempre vemos la misma cara.

Por otra parte, el físico Jeremy England ha teorizado que la vida puede haber surgido a través de la acción del calor generando la emergencia de la autoorganización o de la autorreplicación. England, uno de los líderes en el campo de la biogénesis y la termodinámica, cree que la vida puede ser algo que sucede de manera natural cuando los átomos son expuestos a una fuente de energía. England señala:

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¿Qué es lo que hace que una civilización sea realmente civilizada y por qué la nuestra tal vez no lo sea?

La civilización moderna occidental, uno diría, es el epítome de la «civilización» avanzada o compleja, pues estrictamente nunca se han hecho más ciudades y más grandes. Vivimos en la era de la urbanización y eso es lo que civilización significa etimológicamente. Sin embargo, civilización se ha convertido también en un término emparentado con «progreso» y «cultura» e incluso con la evolución y mejoramiento de la sociedad humana. Es en estos sentidos donde es altamente debatible que nuestra sociedad sea realmente civilizada.

Si admitimos este segundo tipo de acepción -que después de todo es el que más uso tiene y el que más nos importa, pues a fin de cuentas para el ser humano lo importante no es si vive en una ciudad con mucha tecnología o en el bosque, lo importante es que viva bien, que sea feliz y que desarrolle sus capacidades- entonces podemos poner en duda el mito de la civilización, junto con el mito del progreso. Esto es lo que ha hecho Ananda Coomaraswamy, uno de los hombres más cultos del siglo XX. Coomaraswamy nació en 1877, en lo que hoy es Sri Lanka, su padre era un filósofo y legislador tamil y su madre una mujer inglesa. Se doctoró en geología pero ejerció sobre todo como historiador del arte, introduciendo el arte indio a Occidente, formando una enorme colección y presidiendo la colección de arte indio del Museo de Bellas Artes de Boston. Coomaraswamy escribió numerosos artículos y ensayos sobre arte indio pero también sobre metafísica oriental y occidental, dominando alrededor de 12 idiomas, incluyendo el griego clásico, el latín y el sánscrito y el pali.

En un pequeño ensayo titulado The Seventieth Birthday Address, el viejo Coomaraswamy reflexionó sobre la esencia de la civilización, o lo que una sociedad avanzada debe proveer para sus ciudadanos:

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«La muerte puede ser muy hermosa»: Por qué debemos acabar con el tabú sobre la muerte y hablar de ella a lo largo de nuestra vida

Pasó a mejor vida, ya no está con nosotros, se nos fue… Son todas expresiones que se utilizan para decir que alguien murió. A mucha gente le cuesta hablar abiertamente sobre la muerte hasta que no le queda otro remedio. Una instalación en Londres busca acabar con este tabú y hacer que la conversación sobre la muerte sea parte de nuestra vida cotidiana.

«Era un un señor mayor —un caballero encantador— y sabíamos que se estaba muriendo», me dice María Parry.

«Su hija, con la que aún hoy estoy en contacto, quería acompañarlo hasta el final y por eso se mudó a una habitación contigua», cuenta.

Al cabo de una semana en la que el hombre seguía en el mismo estado, su hija decidió dejar el hospicio y regresar a su propia casa por unas horas para darse un baño y le pidió a Parry que la llamase si notaba algún cambio.

«Apenas salió por la puerta y se marchó en su auto, su padre se murió. Y hay una parte mía que cree que él estaba esperando a que ella se fuera para poder morirse«, me cuenta esta enfermera con más de 25 años de experiencia en cuidados paliativos.

Esta es una de las muchas anécdotas que atesora de su trabajo acompañando a enfermos terminales en el último tramo.

«Es un privilegio inmenso pasar con alguien sus últimos días de vida».

«No se trata solo de acompañar a la persona sino también a la familia: si la persona está tranquila y sus síntomas bajo control, puede que sean sus familiares quienes necesiten de tu ayuda», me dice.

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Soy rico si tengo tiempo entre mis dedos

¿Qué hacemos con nuestro tiempo? ¿Lo disponemos realmente de una forma inteligente? ¿Por cuánto estamos dispuestos a venderlo? Son preguntas que respondemos a menudo con nuestra conducta, pero sobre las que pocas veces reflexionamos.

En la novela Ojalá fuera cierto de Marc Levy, el escritor nos plantea esta curiosa situación no relacionada, en principio, con el tiempo. Imagina que tienes una cuenta en el banco y cada mañana al despertar tienes en ella un saldo a favor de 86 400€. Tan solo existen dos reglas que debes cumplir para recibir esta oportunidad. No está permitido transferir el dinero de un día para otro, es decir, todas las noches tu saldo volverá a ser cero, aunque no hayas logrado gastarlo durante el día.

La segunda de las reglas consiste en saber que llegará un día en el que tu cuenta dejará de tener esta cifra cada mañana, pero no podrás saber en qué momento ocurrirá esto, nada te avisará. ¿Qué harías? ¿Crees que gastarías ese dinero cada día que pasara? Estoy segura de que todos aprovecharíamos esta maravillosa oportunidad.

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