EL OTOÑO NOS DESPOJA DE TODO LO SUPERFLUO DE LA VIDA.

 

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Hace ya muchos años, un amigo escritor, Alfonso Navalón, me confesaba encontrarse en lo que él definía como el otoño dorado de su vida. Quizás era yo muy joven por aquel entonces y no supe valorar en su justa medida el valor de aquella afirmación, yo diría que la definición de lo que aquel hombre era capaz de sentir.

Ahora, llegado el momento, lo comprendo todo. Vivo en esa edad en que no eres joven, pero tampoco viejo; esa edad intermedia en que, los afanes ya no existen; la comprensión es una constante; el amor, un referente; la paz, lo más deseado; la salud, la gran quimera porque no te abandone; la amistad, ese valor maravilloso; la bondad un reto, y vivir toda una ilusión.

Para entender la grandeza del otoño nos basta y nos sobra al recordar el poema Zen que nos dice: “Los árboles meditan en Invierno, gracias a ello, florecen en Primavera, dan sombra y frutos en el Verano y se despojan de los superfluo en el Otoño” Dicho esto podemos comprender la grandeza del ser humano cuando ha alcanzado la cuota otoñal puesto que, en dicha estación es cuando nos despojamos de todo lo banal, casualmente, de todo aquello por lo que erróneamente hemos luchado en nuestra juventud.

¿Cuándo entiende un ser humano estar en el otoño dorado  de su vida? Podrían ser las canas que lucimos en la cabellera el detonante de haber llegado hasta dicha “estación”. Pero no, al margen de ello, uno certifica estar en el otoño dorado de su existencia cuando vive de forma espiritual sin importarle para nada todo aquello que tenemos dejar en nuestra partida. Es como una especie de comprensión interior, una forma de perdonarnos a nosotros mismos por todos los errores cometidos y, a partir de ese momento, a vivir la vida como si fuera el último día de nuestra existencia.

Aplicando una máxima de Facundo Cabral cuando nos decía APENAS ME QUEDA GASOLINA EN EL TANQUE, la misma, como metáfora, es una de las verdades más grandes que nos recordaba Cabral al referirse al otoño dorado de su vida. Y tenía razón porque, cronológicamente dicho, el paso de los años es inexorable, nadie lo puede detener, por tanto, entrados en el otoño dorado de la vida certificamos haber vivido, todo un gozo para nuestro ser.

Recordando el poema antes citado, las criaturas mortales somos idénticos a los árboles; florecimos en primavera, justo cuando procreamos y fuimos padres; dimos frutos en el verano cuando lográbamos que nada les faltara a nuestros hijos y, cumplida nuestra labor, llegado el otoño de la vida, nada superfluo nos ata, más bien, en realidad, lo que sí hemos logrado es caminar ligeros de equipaje porque, para mi dicha, en todo lo aquí narrado, no aparece arraigo crematístico alguno, por ello, evidentemente, el otoño dorado de nuestra vida no es otra cosa que el gran sinónimo de paz con el que disfrutamos a diario.

Cuando éramos jóvenes queríamos conquistar el mundo con nuestras acciones; ahora, para nuestra dicha, somos unos conquistados por la vida. Como antes decía, no hay afanes que nos torturen, ni tampoco ambiciones que nos deslumbren. Ahora, un abrazo nos reconforta más que un fajo de billetes; una sonrisa nos alegra el alma; un amigo nos ayuda a vivir; y si tenemos salud sabemos comprender que somos esencialmente ricos. Esta es la diferencia que podemos encontrar desde la primavera ilusionante en que vivimos, al otoño dorando donde hemos logrado la paz que andábamos buscando en nuestra errante vida.

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