Adriana – El corrupcionario mexicano

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Es el nombre que recibe un libro publicado por una ONG preocupada por la corrupción generalizada en el país. Hay 300 palabras diferentes para indicar corrupción.

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Hay en México un enorme enojo social con la corrupción del gobierno. También hay una enorme resistencia a catalogar como corrupción actos personales cotidianos, como ofrecer una coima, por ejemplo.

El lenguaje es moldeado por el entorno de un pueblo. Los esquimales tienen más de 50 palabras para nieve; los hawaianos, 65 para describir sus redes de pesca y en México, hay 300 términos para referirse a la corrupción.

Están compiladas en un nuevo libro, el «Corrupcionario mexicano», título irónico que busca crear conciencia entre la sociedad para que reconozca conductas corruptas, que son cotidianas y que le cuestan a la economía del país miles de millones de dólares al año y han sembrado el caos social al debilitar las instituciones. El libro es idea de Opciona, una ONG que busca mejorar la sociedad civil en México con el lema #EmpiezaPorTi.

La corrupción es la segunda preocupación del país después del rubro inseguridad y crimen, que a su vez también se pueden ligar a la corrupción.

89% de los mexicanos creen que si todos se abstuvieran de pagar coimas, (o mordidas) el problema podría reducirse, según lo refleja la encuesta realizada por Opciona en agosto. Pero es una convicción que no se sostiene cuando lo que tienen por delante es una multa grande: 23% de los respondentes admitieron haber «untado la mano» o «arreglado» con un funcionario en los últimos 30 días.

Es una práctica tan difundida que hasta el mismo jefe del grupo anti-corrupción Opciona, Alejandro Legorreta, admite que alguna vez la usó. Pero lo hizo, dice, cuando no había cumplido aun los 16 años porque entonces le parecía algo gracioso. Ya no más.

Los creadores del libro, que es muy gracioso a pesar de las trágicas consecuencias de la corrupción, usan su blog,

Opciona, como un espacio para explorar la manera en que la corrupción se construye y reproduce cotidianamente, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. Intercalando periodismo narrativo con reportajes informativos, crónicas, perfiles y artículos de opinión, buscan demostrar que la corrupción se cimienta, primero, a través del lenguaje, y segundo, en actos cotidianos y repetidos, los mismos que sirven de base para redactar leyes, construir instituciones e implementar políticas que, por lógica, están fundadas en relaciones corruptas.

«¿De qué manera la corrupción que tanto nos indigna (la del gobierno, claro) afecta nuestra vida diaria? ¿Cuáles son las historias detrás de los escándalos de corrupción que estallan cotidianamente? ¿En qué medida nuestras acciones contribuyen a que México sea uno de los países más corruptos del mundo? ¿Por qué debe importarnos que en México sea prácticamente imposible ganar una elección sin recurrir a financiamiento ilegal? ¿Por qué es relevante el hecho de que la palabra corrupción signifique cosas distintas para diferentes personas?»

En el libro los más prestigiosos caricaturistas del país dibujan conceptos, como el del «abogánster», combinación de abogado y gángster, o «bisnero» para designar a alguien que se hace pasar por político o empresario y que cree que su condición de hombre «de estado» o «de negocios» lo habilita para hacer «bisnes» con «moches» (recortes) y palancas.

Entonces, ¿por qué los esquimales tienen 50 palabras para referirse a la nieve? Porque nieva mucho y ellos distinguen los distintos tipos: blanda, congelada, fresca, etc. ¿Por qué los hawaianos tienen 65 maneras de referirse a sus redes de pescar? Porque viven de la pesca y distinguen los matices de diferencia entre una red y otra. ¿Por qué un pueblo habría de tener entonces 300 maneras de referirse a la corrupción? Para pensar.

En nuestro país tenemos muchas palabras para designar «coima».

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