¿Qué sabemos sobre los cambios climáticos en la Tierra? – El Cuaternario 1 de 2

Ahora que todo el mundo habla del cambio climático hay que revisar la historia del clima en la Tierra a fin de entender mejor lo que ha sucedido y puede suceder, así como verlo todo con una perspectiva más objetiva. De hecho hay una fuerte controversia entre quienes niegan la influencia humana en el previsible cambio climático en que estamos inmersos y los que defienden la intervención humana en el cambio climático. Lo que nadie puede discutir son los altos niveles de contaminación en el aire y los mares debido a la acción humana: incendios, coches, aviones, cruceros, aerosoles, vertidos descontrolados, agricultura, ganadería, etc… Por ello querría compartir con vosotros una reflexión sobre lo que está aconteciendo y puede acontecer en el futuro en relación al clima. A medida que voy profundizando en la historia del clima a la Tierra estoy más sorprendido viendo los diversos factores (muchos) que intervienen y que se entrelazan con la precisión de un complejo mecanismo de relojería dotado de inteligencia, así como observando los diversos periodos cíclicos que se repiten y el encadenamiento de acontecimientos, que han tenido un gran efecto sobre la vida en la Tierra. Parte de esta información está en sedimentos, rocas sedimentarías, anillos de árboles, arrecifes de coral, fitoplancton, isótopos de oxígeno y carbono, tubos de hielo de la Antártida, Groenlandia y otros glaciares, datos astronómicos, como las manchas solares, el viento solar, los rayos cósmicos, la excentricidad variable de la Tierra, y la variación en la inclinación del eje de rotación terrestre, etc… Por ejemplo, la desalinización del Ártico actualmente está debilitando la corriente del Golfo y los ciclos de las manchas solares apuntan a una menor irradiación solar alrededor del 2030, lo que insinúa una nueva pequeña (de momento) era glaciar, tal vez como la de los siglos XIV a XIX. Todo parece indicar que los gases, como el CO2, el metano, el óxido nitroso, el vapor de agua, etc…, están retrasando este enfriamiento. La historia del clima muestra que antes de una época glaciar se ha producido siempre un fuerte calentamiento que desencadena una serie de acontecimientos en cadena que producen el efecto contrario. De hecho, con la excepción de los elementos contaminantes y perjudiciales para los seres humanos, como las micro partículas, todo parecería indicar que el exceso de CO2 realmente nos estaría beneficiando de momento. Lo curioso es que muy pocos expertos en clima lo dicen públicamente, pero si se puede ver en los datos que utilizan. Debido al número de páginas del artículo lo subdividimos en tres partes, dos correspondientes al Cuaternario, de las que este artículo es la primera parte, y una tercera parte se referirá a antes del Cuaternario.

Como ejemplo de posibles contradicciones actuando sobre algunos de los factores que influyen en el clima, lo tenemos en que con una posible política de reforestación para absorber más CO2, también debería tenerse en cuenta que un paisaje con más bosques es un paisaje con menos albedo, es decir, menos reflectante de la radiación solar. Por la tanto la disminución del albedo que se produciría en las latitudes altas con los nuevos bosques, y que incrementaría la temperatura de la superficie, es posible que contrarrestara el efecto de enfriamiento que ocasionaría la mayor absorción de CO2 por parte de los árboles del bosque. Y en este ejemplo solo contemplamos dos factores de los muchos que intervienen. Una gran parte de los investigadores del clima coinciden en que el previsible cambio climático está causado, en parte, por causas naturales y en parte por la acción de los seres humanos, aunque sin ponerse de acuerdo en que proporción. Asimismo, el calentamiento que estamos experimentando finalmente puede convertirse en una nueva glaciación. Según el historiador y astrónomo español José Luis Comellas: “El clima siempre ha cambiado, y a veces de forma más espectacular y tal vez mucho más temible que como lo está haciendo ahora mismo. Hemos tenido momentos en que la Tierra entera estaba cubierta de un manto de hielo, y otros lapsos de gran duración en que los seres vivos se movían en un ambiente caliginoso de altas temperaturas y cielos anaranjados, en el cual los dinosaurios se sentían absolutamente a su gusto, pero sin duda nosotros lo hubiéramos pasado muy mal. Que a lo largo de los tiempos el clima ha variado de la forma más espectacular, y ha pasado en oscilaciones drásticas del calor al frío, de la humedad sobresaturada a la más descarnada sequía, es una verdad muy conocida, pero cuya historia, sin embargo, no ha llegado a todo el mundo“. Ya en nuestros últimos dos mil años hemos tenido dos períodos con diferencias térmicas apreciables: un Período Cálido Medieval (siglos X a XIII), en que las temperaturas fueron superiores a la actuales, y una Pequeña Edad de Hielo posterior (siglos XIV a mediados del XIX), en que las temperaturas fueron claramente inferiores a las actuales, y a los que ha seguido un calentamiento reciente, que es el que estamos viviendo. Asimismo, se observa que en los períodos de ciclos solares cortos la temperatura media de la superficie de la Tierra aumenta, mientras que disminuye cuando los ciclos solares se alargan.

Pero, ¿qué son los ciclos solares? Nuestro Sol es una enorme bola de gas caliente cargada eléctricamente. Este gas cargado se mueve, generando un potente campo magnético, que pasa por ciclos, denominados ciclos solares. Cada 11 años, más o menos, el campo magnético del Sol cambia completamente, lo que significa que los polos norte y sur del Sol cambian de lugar. Luego, se demoran unos 11 años más para que los polos norte y sur del Sol vuelvan de nuevo a la situación inicial. Cada ciclo solar afecta la actividad en la superficie del Sol, como las manchas solares causadas por los campos magnéticos del Sol. A medida que los campos magnéticos cambian, también lo hace la cantidad de actividad en la superficie del Sol. Una forma de llevar la cuenta del ciclo solar es contando el número de manchas solares. Al comienzo de un ciclo solar se le llama mínimo solar, que es cuando el Sol tiene menos manchas solares. Con el tiempo aumenta la actividad solar y el número de manchas solares. A la mitad del ciclo solar se le llama máximo solar, que es cuando el Sol tiene la mayor cantidad de manchas solares. A medida que el ciclo termina, vuelve al mínimo solar y comienza un nuevo ciclo. Las gigantescas erupciones en el Sol, como las erupciones solares y las eyecciones de masa coronal, también aumentan durante el ciclo solar. Estas erupciones envían poderosas emisiones de energía y material al espacio, que pueden tener efectos en la Tierra. Por ejemplo, las erupciones pueden causar auroras o impactar las comunicaciones de radio. Las erupciones que son muy potentes pueden incluso afectar las redes eléctricas de la Tierra. Algunos ciclos tienen máximos con muchas manchas solares y mucha actividad, mientras que otros ciclos pueden tener muy pocas manchas solares y poca actividad. Los científicos trabajan para predecir mejor la fuerza y la duración de los ciclos solares. Estas predicciones pueden ayudarles a pronosticar unas condiciones solares a las que llamamos clima espacial. El pronóstico del ciclo solar puede ayudar a los científicos a proteger nuestras comunicaciones en la Tierra, y ayudar a mantener seguros a los satélites y astronautas, ya que la actividad solar puede afectar la electrónica de los satélites y limitar su vida útil. Asimismo la radiación puede ser peligrosa para los astronautas que trabajan fuera de la Estación Espacial Internacional.

Se ha visto que durante la fase final del Neógeno y durante el Cuaternario, dentro del Cenozoico, como promedio los periodos interglaciales, o cálidos, han durado algo más de diez mil años, mientras que los periodos glaciales ha durado unos cien mil años. En los últimos 430.000 años, el porcentaje de tiempo en el que el clima ha sido tan cálido como en la actualidad es realmente muy pequeño, entre el 5% y el 10%. Esta es una de las primeras conclusiones del estudio de una muestra de hielo de 740.000 años recuperado por los científicos del Proyecto Europeo de Extracción de Muestras de Hielo en la Antártica (EPICA). También es interesante observar las migraciones humanas en relación a estos cambios climáticos. Nosotros estamos en el interglacial del Holoceno, que dura desde hace 11.500 años hasta la actualidad, lo que, si consideramos la media de duración de los periodos interglaciales, nos tendría que llevar pronto a un nuevo período glacial, lo que no es descartable tal como veremos en el artículo. Pero, para no hacerlo demasiado largo, en este articulo nos centraremos en el período Cuaternario actual, que pertenece a la Era Cenozoica, y que abarca dos subperíodos de duración muy desigual: el Pleistoceno, desde hace 2,5 millones de años hasta hace sólo 11.500 años, y el Holoceno, desde hace 11.500 años hasta la actualidad, que coincide con el período interglacial o cálido que estamos viviendo. El clima ha estado lejos de ser estable en los últimos 11.500 años, como se han encargado de demostrar multitud de estudios arqueológicos y paleo-ambientales. Áreas enteras han pasado por épocas frías o cálidas, secas o lluviosas. Las sociedades humanas han tenido que adaptarse a las nuevas circunstancias con arreglo a su grado de desarrollo, algo que quizá también tengamos que hacer nosotros. El cambio climático es un tema de gran actualidad. Cada día se conocen nuevos casos de especies animales o vegetales que sufren procesos de migración o extinción por su causa. En las últimas décadas la comunidad internacional tiene muy en cuenta la posible responsabilidad humana, especialmente en la emisión de gases contaminantes a la atmósfera, en lo que afecta al futuro del clima en el planeta. Sin embargo, cuando miramos el pasado y analizamos la evolución histórica del clima desde hace miles de años, comprendemos la importancia de la variabilidad climática natural. Teniendo en cuenta que el pasado nos sirve de referencia para estudiar el presente, observamos cómo algunos cambios climáticos abruptos incidieron en el devenir de las sociedades humanas de la prehistoria, en que algunas colapsaron y otras se adaptaron. Pero las incidencias climáticas dejaron una profunda huella en aquellas sociedades humanas.

Vemos que a finales del Plioceno, hace unos tres millones de años, un clima árido y cálido provocó la aparición de la sabana, un ecosistema caracterizado por un estrato arbóreo-arbustivo, con arboles pequeños o con poca densidad de ellos, lo que permite un estrato herbáceo continuo y generalmente alto. Unos ecosistemas sin los cuales probablemente no hubieran surgido los primeros homínidos en África oriental, que la ciencia señala como nuestros ancestros. También tenemos el misterio sobre la desaparición de los neandertales. El hombre de Neandertal fue una especie extinta del género Homo que habitó en Europa, Próximo Oriente, Oriente Medio y Asia Central, hace aproximadamente entre 230.000 y 40.000 años, durante el final del Pleistoceno medio y casi todo el superior. Cuando tuvo lugar su descubrimiento, fue clasificado como una especie distinta del Homo sapiens. Los estudios paleo-genéticos indican un origen común para el hombre moderno y el hombre de Neandertal, así como hibridaciones entre ambas variedades de homínido en, al menos, dos lugares y momentos diferentes: Próximo Oriente y Europa occidental. Anatómicamente, los neandertales eran más robustos que el humano moderno, con un tórax y cadera anchos y extremidades cortas. El cráneo se caracteriza por su doble arco superciliar, frente huidiza, la ausencia de mentón y una capacidad craneal media más grande que la de Homo sapiens sapiens. Los estudios anatómicos y genéticos señalan la posibilidad de que tuvieran un lenguaje articulado. Una hipótesis paleo-climática postula que el advenimiento de un clima muy frío y árido acabó con los últimos neandertales en el sur de la Península Ibérica hace algo menos de 30.000 años. Quizá lo más pertinente sea centrarnos en la influencia que tuvo el clima en las sociedades más evolucionadas, observando cómo se alteraron sus entornos paleo-económicos, como la agricultura y la ganadería, ya que ello puede darnos pistas para especular qué puede ocurrirnos. El Holoceno, los últimos 11.500 años de historia de nuestro planeta, el actual interglaciar, no ha sido, ni mucho menos, tan estable en cuanto al clima como se cree. Es cierto que tras las glaciaciones del Pleistoceno se inició un periodo generalizado de bonanza climática, con subidas de la temperatura y de la  pluviosidad. Pero el Holoceno ha mostrado una variabilidad tan poco usual que requiere una gran atención, especialmente porque en este periodo han tenido lugar algunos cambios climáticos muy importantes, que incidieron notablemente en las sociedades humanas que los sufrieron. Y esto nos puede dar pistas sobre el clima del futuro más inmediato.

Para más adelante poder comparar con los datos históricos veamos algunos datos de la reciente información del 2019 por parte del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). El dióxido de carbono es el principal gas de efecto invernadero, de larga duración en la atmósfera, relacionado con las actividades humanas. Su concentración alcanzó un nuevo valor máximo, en 2018, de 415 ppm (partes por millón), casi el 147 % de aumento en relación al nivel preindustrial en la década de 1750. Partes por millón (ppm) es una unidad de medida con la que se mide la concentración. Se refiere a la cantidad de unidades de una determinada sustancia que hay por cada millón de unidades del conjunto. Es un concepto equivalente al de porcentaje, solo que en este caso no se refiere a partes por ciento sino por millón. De hecho, se podría tomar la siguiente equivalencia: 10.000 ppm = 1%. El promedio del índice de aumento del CO2 en tres decenios consecutivos (1985–1995, 1995–2005 y 2005–2015) se incrementó de 1,42 ppm/año a 1,86 ppm/año y a 2,06 ppm/año, respectivamente, observándose los índices de crecimiento más altos durante los episodios de el Niño, evento de origen climático relacionado con el calentamiento del Pacífico oriental ecuatorial. La Administración Nacional del Océano y de la Atmósfera (NOAA) de los Estados Unidos de América muestra que entre 1990 y 2018 el forzamiento radiativo, que es la diferencia entre la radiación de luz solar absorbida por la Tierra y la que refleja, y que tiene un efecto de calentamiento del clima causado por los gases de efecto invernadero de larga duración, aumentó un 43%, habiendo contribuido el CO2 a ese aumento casi en un 80%. El metano (CH4) es el segundo gas de efecto invernadero de larga duración más importante y contribuye en aproximadamente un 17 % al forzamiento radiativo. Cerca del 40% del CH4 que se emite a la atmósfera procede de fuentes naturales, mientras que aproximadamente el 60% proviene de la cría de ganado, el cultivo de arroz, la explotación de combustibles fósiles, vertederos y combustión de biomasa. El CH4 atmosférico alcanzó en 2018 un nuevo valor máximo, a saber, 1.869 ppb (partes por mil millones), por lo que se sitúa en el 259% con respecto al nivel de la era preindustrial. Las emisiones de óxido nitroso (N2O) a la atmósfera provienen de fuentes naturales en torno al 60% y de otras fuentes (un 40%), como son los océanos, los suelos, la quema de biomasa, los fertilizantes y diversos procesos industriales. En 2018 la concentración atmosférica de N2O fue de 331,1 ppb (partes por mil millones), lo que equivale al 123% de los niveles preindustriales. Este gas también contribuye significativamente a la destrucción de la capa de ozono estratosférico, que nos protege de los rayos ultravioleta nocivos del Sol. Es el causante de un 6% del forzamiento radiativo provocado por los gases de efecto invernadero de larga duración.

El periodo geológico que va desde los inicios del Pleistoceno, hace algo más de dos millones y medio de años, hasta la actualidad, nos resulta más conocido que épocas anteriores, por la gran cantidad de vestigios que conservamos de esta época, superior a los que tenemos de épocas más remotas. Y además es la época en que aparece el homo sapiens y el más reciente homo sapiens sapiens. A partir de la aparición de los homínidos, calculado en hace más de dos millones de años, aunque podría ser anterior, como muestran algunos vestigios, nuestros antecesores se enfrentaron a diversos cambios climáticos. Los eventos climáticos más importantes del Cuaternario fueron las glaciaciones, que, sin llegar a helar toda la Tierra, como había sucedido en épocas más remotas, mantuvieron largos períodos en que la Tierra estuvo sometida a bajas temperaturas. Fueron una serie de numerosas y persistentes oleadas de frío. Ello lleva a pensar que el Cuaternario está mostrando una tendencia general a las bajas temperaturas, en contraste con períodos anteriores de la Era Cenozoica, como el Paleógeno y el Neógeno, que generalmente habría mostrado una tendencia a las temperaturas altas. De todos modos, a escala geológica, el Cuaternario está todavía en sus inicios, por lo que aún no sabemos cómo será el futuro. Pero, a pesar de todo, no todo el Cuaternario transcurrido ha sido una era fría, como tampoco todo el resto de la Era Cenozoica fue una época cálida. La alternancia de temperaturas ha sido y sigue siendo continua. Pero sí que es verdad que las glaciaciones, con sus hielos, que cubrían buena parte de los continentes, duraron más tiempo que las interglaciaciones, o periodos de temperaturas más cálidas. Es posible que los cambios climáticos se hayan acelerado a medida que se multiplicaban los seres vivos, incluido los seres humanos. Tras el primero y más largo periodo del Cuaternario, el Pleistoceno, ha venido el Holoceno, en el cual nos encontramos actualmente. Pero no sabemos si el Holoceno marca el final de las glaciaciones o si es solo una interglaciación que dará paso a otra glaciación. Lo que parece comprobado es que al llegar el Cuaternario se sucedieron una serie de episodios fríos, que conocemos como glaciaciones, aunque no fueron tan severas como algunas anteriores. Las glaciaciones del Cuaternario fueron, en la mayor parte de la Tierra, soportables aunque duras para el ser humano. Naturalmente que durante las glaciaciones hubo importantes cambios en el paisaje, muchos territorios quedaron cubiertos por espesas capas de hielo, los glaciares se extendieron y los animales emigraron hacia otras tierras con clima más favorable. Sabemos que las glaciaciones están separadas entre sí por periodos más cálidos, o interglaciares, por lo que hubo una alternancia entre frío y calor. Pero con la diferencia de que el frío fue lo que predominó, ya que no hubo interglaciaciones que fuesen excesivamente calurosas y duraderas, ya que las etapas glaciares fueron mucho más prolongadas que las interglaciaciares.

También debemos tener en cuenta que las glaciaciones llegan de una manera progresiva y lenta, por lo que el clima se va enfriando poco a poco, acompañadas de variaciones que pueden hacer creer que se acabó la ola de frío. Pero no sucedía de esta manera, sino que venían sucesivas ofensivas de enfriamiento y hielo, a veces separadas por muchos siglos, que finalmente llevaban a niveles cada vez más bajos de temperatura. Por el contrario, las épocas templadas interglaciales llegaban en un proceso relativamente rápido, tal vez debido al cese repentino de las causas que habían generado el enfriamiento o por cualquier otro factor que provocase un calentamiento. Brian Murray Fagan, profesor de antropología en la Universidad de Santa Bárbara, California, y autor de numerosos libros de arqueología y de La pequeña edad de hielo, opina que el hielo se va formando poco a poco. Todo indica que la existencia de grandes casquetes de hielo cerca de los polos no se produce cuando hay una invasión de frío, sino que se produce posteriormente. Es necesario que haya una sucesión de frecuentes nevadas y que la insolación veraniega sea baja para que el hielo sea permanente, en lugar de deshelarse cada verano. Ello implica que se vaya acumulando nieve poco a poco, hasta formar grandes mantos de hielo que tengan la superficie de continentes o de partes de continentes, como parece ocurrió en Siberia, Escandinavia, Canadá, Groenlandia y la Antártida, que todo indica ya estaba helada totalmente desde finales del Plioceno, en el Neógeno, hace unos 3 millones de años, y parece que nunca se desheló desde entonces. Si esto fue así ello plantea un gran misterio. A comienzos del siglo XVIII se encontraron unos antiguos mapas que habían pertenecido a un oficial de la marina turca, el Almirante Piri Reis (1465 – 1554), en el palacio Topkapi, en Estambul, Turquía, y que parece eran recopilaciones de mapas mucho más antiguos. Estos mapas fueron entregados al cartógrafo americano Arlington H. Mallery para su estudio. Mallery confirmó el extraño hecho de que todos los datos geográficos aparentaban ser correctos, pero no dibujados en el lugar correcto. Buscó la ayuda de Walters, cartógrafo de la oficina hidrográfica de la marina de USA. Mallerey y Walters transfirieron los mapas a un moderno globo terráqueo e hicieron un sensacional descubrimiento. Los mapas eran absolutamente exactos, y no solamente respecto al Mediterráneo o al Mar Muerto. Las costas de América del Norte y Sudamérica, e incluso los contornos del continente de la Antártida, !oh sorpresa!, libre de hielos, estaban precisamente delineados en los mapas de Piri Reis. Estos mapas no sólo reproducían los contornos de los continentes, sino que también mostraban la topografía del interior, en que montañas, picos, islas, ríos y llanuras estaban dibujadas con absoluta precisión.

En 1957, Año Geofísico, los mapas fueron entregados al jesuita Lineham, director del Observatorio Weston y cartógrafo de la marina norteamericana. Después de una serie de pruebas confirmó que los mapas eran increíblemente exactos, incluso en regiones que han sido poco exploradas, como las zonas montañosas de la Antártida, que no fueron descubiertos hasta 1952. El estudio geológico de la Antártida ha sido muy difícil debido a la gruesa capa de hielo que lo cubre permanentemente, de más de 3 km. El punto más grueso se encuentra en un lugar llamado cuenca subglacial Astrolabio. Allí, la columna de hielo es de 4.776 metros de espesor. Sin embargo, nuevas técnicas como la detección remota, el radar de sondeo terrestre y las imágenes de satélite han comenzado a revelar las estructuras bajo el hielo, que coinciden sorprendentemente con los mapas de Piri Reis de una Atlántida sin hielos. Si la Atlántida ha estado bajo varios kilómetros de hielo desde hace, al menos, 3 millones de años, ¿quién dibujó o fotografió estos mapas? Los últimos estudios del Profesor Charles H. Hapgood y el matemático Richard W. Strachan dan una información aún más sorprendente. Comparados con modernas fotografías de nuestro globo, tomadas por satélites, se constata que los mapas de Piri Reis deben haber sido fotos aéreas tomadas desde una gran altura. ¿Cómo puede explicarse esto hace unos 3 millones de años e incluso antes de la época de la aeronáutica? Supongamos que una nave espacial está sobre París y apunta su cámara hacia abajo. Cuando la película se revela aparece una foto en la que todo lo que se encuentra en un radio de 5.000 millas de París se reproduce correctamente, porque está directamente debajo de la lente. Pero los países y continentes se van distorsionando cada vez más a medida que nos alejamos del centro de la foto. Ello es debido a la forma casi esférica de la Tierra. Los continentes más alejados del centro parecen distorsionarse. Sudamérica, por ejemplo, aparece extrañamente distorsionada en longitud, ¡exactamente como en los mapas de Piri Reis! Y exactamente como sucede con las fotos tomadas desde la Luna. Aquí se plantea una pregunta: ¿cómo pudieron dibujar estos mapas nuestros remotos antepasados? De lo que no hay duda es que los mapas deben haber sido hechos desde el aire. ¿Cómo explicamos esto? ¿Debemos creer en la leyenda de que un dios o extraterrestre se los dio a un humano? ¿O simplemente debemos no darle importancia porque no encaja con nuestra idea del mundo?  ¿O debemos declarar que esta cartografía de nuestro globo fue hecha desde una nave volando muy alto o desde una nave espacial? Es admitido que los mapas del almirante turco no son originales. Son copias de copias. Pero incluso si dataran del siglo XVIII, que es cuando fueron encontrados, los hechos siguen siendo inexplicables. ¡Quien los hizo tuvo que ser capaz de volar y además tomar fotografías de un continente enterrado bajo el hielo desde hace unos 3 millones de años!

Tal vez la explicación de este misterio esté en que se van hallando pruebas de supuestas civilizaciones evolucionadas que existieron hace millones de años. No podemos garantizar que todas las evidencias estén datadas acertadamente, pero creemos que en bastantes casos la información es fiable. Todo parece indicar que la Tierra fue visitada o habitada por seres inteligentes evolucionados, incluso mucho antes de la aparición reconocida de los primeros humanos. Por ejemplo, en el Plioceno y Pleistoceno tenemos una serie de hallazgos sorprendentes. Uno de ellos lo constituyen los Figurines de Nampa, encontrados en Idaho, Estados Unidos, datados en hace aproximadamente unos 2 millones de años. Se trata de una pequeña imagen humana, hábilmente formada en arcilla, que fue encontrada en 1889 en Nampa, Idaho. La figurilla se encontró a una profundidad de 92 metros durante la excavación de un pozo y está datada en la época del Pleistoceno, hace unos 2 millones de años. La imagen es de aproximadamente una pulgada y media de largo, y es muy notable por la perfección con la que representa la forma humana femenina. El profesor F.W. Putnam, que la inspeccionó, dirigió la atención al carácter de las incrustaciones de hierro sobre la superficie, como indicativo de una muestra de considerable antigüedad. Se supone que no existían seres humanos evolucionados en este planeta hace unos dos millones de años. ¿Quien creó esta figura? En Italia fue encontrado un cráneo con características de un humano moderno, de más de 3 millones de años de antigüedad. En 1860, el Profesor Giuseppe Ragazzoni, un geólogo del Instituto Técnico de Brescia, viajó al cercano Castenedolo, a unos 10 kilómetros al sureste de Brescia, para recoger conchas fósiles en los estratos Pliocenos, en una colina baja en la Colle de Vento. Allí descubrió un notable y anatómicamente moderno cráneo humano. El estrato del que se extrajo corresponde a la etapa Astiana del Plioceno, que pertenece al Medio Plioceno, lo cual daría al cráneo una antigüedad de 3 a 4 millones de años. ¿Por qué este humano moderno visitó Italia en aquella época? En Inglaterra se encontró una concha tallada, en Red Crag, con una antigüedad  de más de 2 millones de años. En un informe entregado el año 1881 a la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia, H. Stopes, de la Sociedad Geológica, describió una concha, cuya superficie llevaba grabada una cara humana. La concha tallada fue encontrada en los depósitos estratificados de Red Crag, datados en el tardío Plioceno, hace unos 3 millones de años. Este hallazgo colocaría a seres inteligentes en Inglaterra en esta remota época. ¿Qué habitante del remoto pasado talló y dejó esta concha?

Hubo grandes periodos en que las banquisas flotantes de hielo que rodeaban a la Antártida se hicieron enormes, u otros en que se deshelaron en parte. Una vez formados estos grandes mantos de hielo, los vientos y las corrientes procedentes de las regiones polares azotaron gran parte de la Tierra. Sabemos que un casquete helado posee un alto albedo, o capacidad reflectante, que devuelve casi todas las radiaciones solares que recibe. Para deshelarlo es necesario un viento cálido, unas aguas cálidas, o el contacto con una tierra caliente, como los volcanes, que son capaces de fundir grandes masas de hielo y provocar inundaciones, como la del Nevado del Ruiz, en Colombia, que en 1985 provocó 23.000 víctimas mortales. El Nevado del Ruiz, también conocido como Mesa de Herveo, y en la época precolombina como Cumanday, Tabuchía y Tama, es el más septentrional de los volcanes activos del cinturón volcánico de los Andes, ubicado en el límite entre los departamentos de Caldas y Tolima, en Colombia. Es un estratovolcán compuesto por muchas capas de lava que se alternan con ceniza volcánica endurecida y otros piroclastos. Ha estado activo durante cerca de dos millones de años, desde el Pleistoceno temprano o el Plioceno tardío, con tres periodos eruptivos importantes. La formación del cono volcánico formado durante el curso del período eruptivo actual comenzó hace 150 mil años. Normalmente un proceso de calentamiento de las tierras y los mares puede fundir los casquetes polares, total o parcialmente, en un plazo de tiempo mucho menor que el tiempo de inicio de las glaciaciones. Richard Blaine Alley es un geólogo y glaciólogo estadounidense, considerado uno de los principales investigadores mundiales sobre el cambio climático. Alley había empezado a estudiar cómo la nieve se transformaba en hielo en los casquetes polares. Estudiaba la densidad de la nieve, el tamaño de los granos, su movimiento y otras características. Estableció un nuevo paradigma sobre cómo funcionan los glaciares, cómo fluyen y cómo responden al cambio climático. Alley afirmó que: “Desarrollé la capacidad de reconocer capas anuales en los testigos de hielo que estudiamos. Cuando fuimos a Groenlandia a perforar el hielo logré extraer de los testigos más información de la que se había obtenido hasta entonces, y así elaborar una cronología más precisa de los cambios climáticos”.

Así fue cómo, en 1993, Alley descubrió que durante el periodo de enfriamiento conocido como Dryas Reciente, hace entre 12.800 y 11.500 años, las temperaturas en el Atlántico Norte habían variado una decena de grados en pocos años. Años después identificó otro fenómeno similar ocurrido hace 8.200 años. Alley afirmaba que “Nos sorprendió mucho que fuera tan rápido. Y esto encierra un mensaje más amplio para el público en general. Cuando pensamos en el cambio climático normalmente dibujamos una curva suave, pensando que lo veremos venir y podremos prepararnos. Pero eso es ser muy optimistas. Creo que es más prudente seguir el dicho de ‘esperar lo mejor, pero preparándonos para lo peor’. Asumir que siempre va a ocurrir lo mejor puede no ser lo más razonable”. Louis Agassiz, profesor en Lausana, Suiza, a mediados del siglo XIX, era un buen conocedor de los glaciares, y encontró huellas de glaciares no solo en Suiza, sino en Francia, Alemania y Austria, por lo que dedujo que en otro tiempo gran parte de Europa estuvo cubierta por los hielos. Agassiz encontró numerosos valles en forma de U y depósitos de morrenas, que es una colina alargada o manto de material glaciar no estratificado que se deposita cerca de un glaciar, en zonas templadas de Europa, donde parecía imposible que pudiera haber glaciares. Su teoría nos indica que en épocas remotas hubo largas etapas en que el clima era mucho más frío y, por lo tanto, los glaciares se extendían por lugares que hoy son mucho más cálidos. Agassiz habló de las glaciaciones, periodos en que los hielos cubrían gran parte del territorio europeo, con un clima muy distinto del que tenemos actualmente. Hoy en día ya sabemos muchas cosas de las glaciaciones, así como de las condiciones que imperaban en aquellas épocas y de las causas que pudieron haberlos provocado. Posteriormente otros geólogos fueron llegando a definir más exactamente lo que sucedió con el clima, y se dio nombre a los periodos en que los hielos alcanzaron su mayor extensión. Entonces todavía no se sabía que en otras épocas geológicas más antiguas se hubieran registrado fenómenos glaciales aún más intensos, por lo que se pensó que las glaciaciones eran un evento solo propio del Cuaternario. En Estados Unidos también descubrieron restos de glaciares, y dieron a los periodos glaciares sus propios nombres, distintos de los de Europa.

¿Se sabe cuántas glaciaciones han habido en el Cuaternario, en realidad en el periodo Pleistoceno? En nuestros tiempos aprendíamos cuatro: Günz, Mindel, Riss y Würm. Ahora se mencionan también otras dos glaciaciones anteriores: Biber, en el límite del Plioceno y Pleistoceno, hace entre 2.6 a 1.8 millones de años atrás en la zona de los Alpes, y Donau, que ocurrió hace unos 2 millones de años. Todas llevan nombres de huellas de glaciares antiguos existentes en Europa. La glaciación de Günz, también conocida como glaciación de Atenebrara en América, es la primera de las cuatro glaciaciones del Pleistoceno, en el Cuaternario, precediendo a la de Mindel, según la clasificación clásica del geógrafo y geólogo alemán Albrecht Penck y del geógrafo, meteorólogo, glaciólogo, y climatólogo austríaco Eduard Bruckner, co-autores de Die Alpen im Eiszeitalter, un trabajo en el que los dos científicos identificaron las cuatro edades de hielo del Pleistoceno europeo: Gunz, Mindel, Riss, Würm, denominadas por los nombres de los valles de los ríos donde se hallaron los primeros indicios de cada glaciación. La glaciación de Günz comenzó hace 850.000 años y finalizó hace 600.000 años. Su nombre, como los de las demás glaciaciones, se debe al río Günz, en los Alpes, que marca el límite alcanzado por los hielos en Europa Central. La glaciación de Mindel, también conocida glaciación de Kansas en América, es la segunda de las cuatro glaciaciones del Pleistoceno, siguiendo a la de Günz y precediendo a la Riss. Comenzó hace 580.000 años y finalizó hace 390.000 años. Es, junto con la glaciación Riss, la de mayor magnitud en el alcance de la capa de hielo. La glaciación Riss, también conocida como glaciación de Illinois en América, es la tercera de las cuatro glaciaciones del Pleistoceno, siguiendo a la Mindel y precediendo a la Würm. La glaciación Riss comenzó hace 200.000 años y finalizó hace 140.000 años. Dentro de este grupo de periodos glaciales e interglaciales, se produjo después del interglacial Mindel-Riss y fue seguida por el interglacial Riss-Würm en Europa. En Norteamérica, sin embargo, fue precedido por un larguísimo interglaciar, conocido como Pre-illinoiense, y seguido por el Sangamoniense. La última glaciación de Würm ya la iremos explicando a lo largo del artículo.

Las catástrofes naturales también pueden haber ayudado al desarrollo de las glaciaciones y de los interglaciales. Como ejemplo tenemos el caso del parque nacional de Yellowstone, en Estados Unidos. El 29 de agosto de 1870, un teniente del ejército llamado Gustavus Doane, integrante de una expedición de reconocimiento a la región de Yellowstone, en el territorio de Wyoming, subió hasta la cumbre del monte Washburn, sobre el río Yellowstone. Mirando hacia el sur, notó que faltaba algo en un tramo de las montañas Rocosas. A lo largo de muchos kilómetros, las únicas elevaciones se erguían a lo lejos en torno a una extensa cuenca boscosa. Doane concibió una sola manera de explicar ese vacío: «La gran cuenca fue antiguamente el vasto cráter de un volcán hoy extinguido». En efecto, Yellowstone, el parque nacional más antiguo y famoso de Estados Unidos, se encuentra justo encima de uno de los mayores volcanes de la Tierra, un enorme supervolcan. Sin embargo, el volcán de Yellowstone no está extinguido, sino inquietantemente activo. Para los supervolcanes no existe una definición aceptada por todo el mundo. Pero algunos científicos lo utilizan para referirse a erupciones de una violencia y magnitud excepcionales. El Servicio Geológico de Estados Unidos aplica el término para erupciones que expulsan más de 1.000 kilómetros cúbicos de rocas y ceniza en un solo episodio, es decir, para fenómenos cuya magnitud es más de 50 veces superior que la famosa erupción del Krakatoa de 1883, que acabó con la vida de más de 36.000 personas. Los volcanes forman montañas mientras que los supervolcanes las aniquilan. Los volcanes arrasan la flora y la fauna en varios kilómetros a la redonda, mientras que los supervolcanes pueden causar la extinción de toda una especie al inducir cambios en el clima de todo el planeta. No existe ningún registro en la historia de la humanidad que dé testimonio de que un supervolcán haya entrado en erupción, pero los geólogos han podido reconstruir lo que debe de ser una de esas explosiones. En primer lugar se forma una pluma caliente que sube desde las profundidades del planeta y funde la roca justo por debajo de la corteza terrestre, creando una vasta cámara que contiene una mezcla a presión de magma, roca semisólida y gases disueltos, entre ellos vapor de agua y dióxido de carbono. Con el paso de miles de años, a medida que se acumula más magma, el suelo que cubre la cámara magmática empieza a abombarse, centímetro a centímetro, y a lo largo de los bordes del domo se abren grietas.

Cuando a través de esas fracturas se libera la presión de la cámara magmática, los gases disueltos hacen explosión repentinamente, en una reacción colosal. Es como «abrir una botella de Coca-Cola después de agitarla», dice Bob Christiansen, científico del Servicio Geológico de Estados Unidos y uno de los primeros en investigar el volcán de Yellowstone en la década de 1960. Cuando la cámara magmática se queda vacía, la superficie se derrumba y toda la región abombada se hunde. Lo que queda después es una caldera gigante. El «punto caliente» responsable de la formación de la caldera de Yellowstone ha entrado en erupción decenas de veces en los últimos 18 millones de años. Como tiene su raíz en las profundidades de la Tierra, y está debajo de una placa tectónica que se desplaza hacia el sudoeste, sus erupciones anteriores han dejado una serie de calderas alineadas a través del sur de Idaho, Oregón y Nevada. Las sucesivas coladas de lava han formado los espectrales paisajes lunares de la llanura del río Snake. Las tres últimas grandes erupciones se produjeron en el propio Yellowstone. La más reciente, acaecida hace 640.000 años, fue mil veces más potente que la erupción del monte Saint Helens en 1980, en la que murieron 57 personas en el estado de Washington. Pero las cifras no bastan para captar el alcance de la catástrofe. Se calcula que la columna de cenizas arrojada por la explosión de Yellowstone alcanzó unos 30.000 metros de altura y cubrió de polvo todo el Oeste hasta el golfo de México. Los flujos piroclásticos, formados por densas y letales nubes de rocas, cenizas y gases a 800 grados de temperatura, circularon por el territorio alcanzando alturas imponentes y llenaron valles enteros de un material tan pesado y caliente que quedó soldado como el asfalto sobre un paisaje antes lleno de vida. Y ése ni siquiera fue el episodio más violento de Yellowstone. Otra erupción hace 2,1 millones de años tuvo más del doble de potencia y dejó un agujero en el suelo del tamaño de unos 3640 km2. Entre una y otra, hace 1,3 millones de años, hubo otra erupción menos violenta pero también devastadora. En cada ocasión, todo el planeta debió de sentir los efectos, ya que los gases que llegaron a la estratosfera debieron de mezclarse con vapor de agua, creando una fina neblina de aerosoles de sulfato que atenuó la luz solar y sumiendo, tal vez, al mundo entero en varios años de invierno volcánico. Según creen algunos investigadores, el ADN de nuestra especie conserva la huella de una de esas catástrofes acaecida hace alrededor de 73.500 años, cuando un supervolcán llamado Toba entró en erupción en Indonesia.

El invierno volcánico resultante de la explosión pudo haber causado un período de enfriamiento planetario que quizá redujo la población humana a unos pocos miles de individuos, lo que habría situado a nuestra especie al borde de la extinción. Pese a su violencia, los supervolcanes dejan pocos signos tras de sí, aparte de una vaga sensación de ausencia. La caldera de Yellowstone ha sido erosionada, colmada de lava y de cenizas de erupciones menores, la más reciente de las cuales tuvo lugar hace 70.000 años, y suavizada por los glaciares. Cualquier cicatriz que quedara ha sido cubierta por bosques. Cuesta mucho verla, a menos que uno tenga buena vista, como el teniente Doane, o se sea un geólogo. Bob Smith, un geofísico de la Universidad de Utah y uno de los principales expertos en el supervolcán de Yellowstone, dice: «Está viendo dos terceras partes de la caldera. Es tan enorme, que la gente no la distingue». Desde la cima de Lake Butte, un mirador en el extremo oriental del lago Yellowstone y uno de los mejores lugares para apreciar la caldera, no puede verse si no se es un experto. El lago se extiende a lo largo de varios kilómetros. No puedo seguirse con la vista el borde de la caldera, porque gran parte se encuentra debajo del lago y también por su propia extensión, de unos 72 kilómetros de diámetro. Como le sucedió al teniente Doane, en lo alto del monte Washburn no se observan más que montañas distantes en el horizonte y, entre ellas, al oeste, el vacío donde la tierra se tragó a sí misma. Aun así, los efectos de las erupciones pasadas tienen repercusiones profundas en el presente. Los pinos retorcidos que predominan en los bosques del parque están adaptados para crecer en suelos pobres en nutrientes, como los de la caldera de Yellowstone. También lo están los pinos blancos americanos, cuyos piñones sirven de sustento a los osos negros. Y desde luego, la tierra sigue hoy literalmente en ebullición. Las truchas que remontan los ríos no serían tan abundantes si las fuentes hidrotermales del fondo del gélido lago Yellowstone no caldearan el agua. El parque bulle de géiseres, fumarolas, volcanes de lodo y otras formas de actividad hidrotermal. De hecho, la mitad de los géiseres del planeta están aquí. Los fenómenos hidrotermales cambian constantemente de temperatura y comportamiento, y no dejan de aparecer otros nuevos, que en medio de los bosques lanzan nubes de vapor visibles desde un avión y emiten unos gases tan tóxicos que, se dice, han fulminado a los bisontes. Pese a esa violentísima ebullición gaseosa, durante mucho tiempo se creyó que el volcán que yace bajo el paisaje de Yellowstone estaba extinguido, como pensaba el teniente Doane. De hecho, después de los estudios encargados por el gobierno federal en las postrimerías del siglo XIX, la naturaleza volcánica de Yellowstone fue objeto de escasa atención científica durante décadas. Pero a finales de los años cincuenta un estudiante de posgrado de Harvard llamado Francis Boyd reparó en la presencia de roca piroclástica soldada, una gruesa capa de ceniza calentada y compactada, que interpretó como un signo de flujos piroclásticos procedentes de una erupción explosiva reciente, en términos geológicos.

Brian Fagan distingue hasta nueve glaciaciones. Pero si examinamos las distintas curvas de temperaturas que Fagan nos muestra, su número puede ser mucho mayor. En efecto, esas curvas, independientemente del método utilizado por Fagan, registran una serie de picos y valles que se alternan y que son desconcertantes. Al final vemos que todo depende de lo que entendamos por glaciación. Si se entiende por glaciación el que existan casquetes helados en los polos, llegaríamos a la conclusión de que actualmente tal vez nos encontramos en un periodo glacial y no en un periodo cálido. Que ahora la Tierra se está calentando es evidente, pero de momento las temperaturas son más bajas que el nivel promedio de temperaturas en la historia de nuestro planeta, teniendo en cuenta que la Tierra ha estado más tiempo sin casquetes polares helados que con ellos. Pero en esta sucesión de periodos más cálidos y más fríos durante el Cuaternario, podemos distinguir cuatro periodos en que las temperaturas han sido realmente bajas, mucho más frías que cálidas, y con casquetes de hielo que llegaban hasta latitudes que hoy consideramos templadas. Si observamos esas curvas de Fagan, vemos que existen ciclos de más o menos 100.000 años, seguido de un intervalo más corto en que predominan las temperaturas más cálidas. Pero parece que hay otros ciclos de 20.000 años y hasta de solo 12.000 años. Los ciclos glaciales del Cuaternario parece que tienen que ver un poco con los ciclos de Milankovitch. Y puede que esta relación exista, aunque sea parcialmente. El clima no solo depende de la energía que la Tierra recibe del Sol sino de la forma que la Tierra tiene de recibirla. De noche la Tierra no recibe energía solar, y asimismo en los polos se recibe mucha menos energía que en el ecuador. Pero, por otro lado, cuando la Tierra está más cerca del sol recibe más energía que cuando está lejos. Un científico serbio, Milutin Milankovich, estableció tres ciclos que pueden influir en el clima. Uno de estos ciclos está relacionado con las variaciones en la excentricidad de la órbita terrestre. Sabemos  que la Tierra gira alrededor del Sol describiendo una elipse relativamente poco excéntrica, pero que va variando. Por ello, en enero nuestra distancia al Sol es de 147,1 millones de kilómetros y en julio de 151,8 millones de kilómetros. Es decir, en enero estamos nada menos que casi cinco millones de kilómetros más cerca del Sol que en junio. Para los que vivimos en el hemisferio Norte sorprende que en invierno, cuando pensamos que tendría que hacer más frío, estamos más cerca del Sol que en verano. Tenemos que saber que lo que determina las estaciones es, más que la distancia al Sol, la altura del Sol sobre el horizonte, ya que ello indica que sus rayos nos llegan más directamente, así como la mayor duración de los días sobre las noches, que se produce en el verano. Evidentemente en el hemisferio Sur ocurre todo lo contrario, ya que es verano cuando la Tierra está más cerca del Sol e invierno cuando está más lejos. Las estaciones en Argentina o en Australia, que están en la misma latitud, deberían ser más extremadas de lo que son. No lo son porque el hemisferio sur es eminentemente marítimo, mientras que el hemisferio Norte tiene mucha más superficie terrestre y, por lo tanto, tiene un clima mucho más continental. Y acostumbra a suceder que un clima continental es más extremado y un clima marítimo es más suave.

Pero, aunque parezca sorprendente, lo que ocurre es que la excentricidad de la órbita de la Tierra no es siempre la misma, ya que unas veces es más alargada y otras es casi circular: De hecho puede oscilar aproximadamente entre un 0,5% y un 6%. Y el ciclo de estas variaciones en la excentricidad de la órbita terrestre es de unos 100.000 años. Actualmente todavía nos faltan nada menos que unos 40.000 años para completar un ciclo. Entonces las estaciones serán más extremadas en un hemisferio y se compensarán mejor en el otro. Sin embargo, se cree que las estaciones más extremadas podrán provocar glaciaciones en el hemisferio afectado. Otro factor importante lo constituye la inclinación del eje terrestre. Actualmente el eje de la Tierra está inclinado 23° 27’ sobre la eclíptica, que es la línea curva por donde «transcurre» el Sol alrededor de la Tierra, en su «movimiento aparente» visto desde la Tierra. Está formada por la intersección del plano de la órbita terrestre con la esfera celeste. Es la línea recorrida por el Sol a lo largo de un año respecto del «fondo inmóvil» de las estrellas. Es por esta razón que hay veranos e inviernos, que los días son más largos o más cortos, o que hace más calor o más frío. Si el eje de la Tierra no estuviera inclinado es seguro que la vida no sería tal como hoy la conocemos. Los árboles no sabrían cuándo cambiar sus hojas, las plantas no sabrían cuando florecer y dar sus frutos, los animales o los peces no encontrarían una estación hábil para emigrar o reproducirse, y no habría alternancia entre las épocas de lluvias con las épocas secas. Es evidente que la vida en la Tierra necesita las estaciones. Pero el eje terrestre varía poco a poco su inclinación y puede pasar de 21°4’ a 24°5’ en un ciclo de unos 41.000 años. Cuando más inclinado esté el eje terrestre, más directamente llegará la energía solar a los polos, con lo que derretirá los casquetes de hielo polares. En cambio, cuando haya menos inclinación habrá menos contraste entre estaciones, siendo el verano menos cálido de lo habitual, por lo que no llegaran a derretirse los hielos polares. Por ello se cree que a menor inclinación del eje más glaciaciones, no porque haga más frío en invierno, sino porque el menor calor del verano permite el mantenimiento de los hielos. Otro factor importante lo constituye la precesión de los equinoccios. Es un movimiento tipo peonza que provoca que el eje de la Tierra apunte sucesivamente a diferentes posiciones. Actualmente apunta hacia la estrella polar, y por esta razón esa estrella señala el Norte. Actualmente, la estrella polar en el hemisferio norte es Ursae Minoris, que está situada en el extremo de la cola de la Osa Menor y que es también conocida como Polaris o Cinosura por ser la más cercana a la posición del polo, del que dista menos de un grado. Todavía se le irá acercando más y en 2100 no distará de él más de 28′. A partir de ese momento, el polo se alejará de ella, no volviendo a ser la estrella polar hasta unos 25.780 años más tarde.

Pero hace tres mil años el eje terrestre apuntaba hacia la estrella Thuban (Alfa Draconis), estrella que está en la constelación del Dragón, y de esa estrella se servían los navegantes fenicios como estrella polar de aquellos tiempos, a fin de orientarse por la noche. Y hace algo más de mil años hacía el papel de estrella polar la estrella Kochab, que significa «polar» en árabe, una estrella beta de la constelación de la Osa Menor. Es una gigante naranja situada a 129 años luz de la Tierra. Todo lo antes indicado significa que ahora es verano en junio en el hemisferio Norte, cuando, por ejemplo, dentro de doce mil años en junio será invierno, mientras que será verano en diciembre. Vemos que las estaciones se habrán invertido y los veranos en el hemisferio Norte serán más fríos. Si llega un momento en que la órbita de la Tierra se haya hecho más elíptica y coincida el verano con una mayor cercanía al Sol, el calor pude hacerse casi insoportable. Vemos que los ciclos de Milankovich dependen de tres variables distintas, excentricidad, eje terrestre y precesión, que tienen cada cual un ciclo diferente. Unas veces coinciden dos o tres de ellas, otras se compensan unas a otras, con lo cual se evita que las variaciones del clima sean caóticas, pero sí altamente complicadas. Durante un tiempo las teorías de Milankovich tuvieron poca aceptación, pero ahora los expertos las mencionan frecuentemente, pero no se ponen de acuerdo sobre cuáles son sus consecuencias. Lo cierto es que la posición de la Tierra con respecto al Sol puede ser determinante para el clima, así como el comportamiento del Sol. Según parece la excentricidad de la órbita de la Tierra puede compensarse parcialmente por la inclinación del eje o el movimiento de precesión. Si calculamos los momentos en que los tres ciclos de Milankovitch coinciden en señalar un máximo o un mínimo, encontraríamos un gran ciclo de 430.000 años. Durante la larguísima historia geológica se sabe que hubo glaciaciones, pero todo indica que fue en el actual Cuaternario cuando se sucedieron con más frecuencia y rapidez que en otras eras. Asimismo sabemos que los periodos de máxima y mínima actividad del Sol parecen haber influido en el clima aún más que los ciclos de Milankovitch. Pero aún ignoramos si estos ciclos solamente se registraron en el Cuaternario y no en otras épocas. Tampoco sabemos si el movimiento de peonza de la precesión se viene produciendo desde hace poco más de un millón de años o desde hace mucho más tiempo. Aún ignoramos mucho sobre épocas geológicas más antiguas, por lo que aún sabemos poco sobre las causas de las repetidas glaciaciones. No podemos descartar los ciclos solares o planetarios como causa parcial, pero la causa principal seguramente es más compleja y dependa de varios factores simultáneos.

El mismo Milankovitch ya reconocía que lo que provoca una glaciación no es una sucesión de inviernos muy rigurosos, sino de veranos más frescos de lo habitual. En invierno normalmente nieva allí donde la precipitación se produce en forma de copos de nieve en lugar de lluvia, cuando la latitud próxima a los polos o la altura así lo determinan. Las nevadas se acumulan, causando que la capa de nieve aumente, más que por un exceso de frío, por un exceso de nevadas. Y donde, por una sucesión de precipitaciones de nieve, se forma una capa gruesa de nieve, al comprimirse por las capas superiores se transforma en hielo. Pero si durante el verano el ambiente o el agua del mar no se calentasen suficientemente para fundir el hielo, éste se mantiene y se incrementa a causa de las nevadas del invierno siguiente, y así sucesivamente, hasta que la formación de un casquete helado permanente. Estos casquetes de hielo ubicados en los polos Norte y Sur actúan como frigoríficos que pueden enfriar todo lo que les rodea, tanto mares como continentes. Una vez formado un casquete de gran extensión y profundidad es muy difícil que se produzca el deshielo. El hielo puede incluso resistir algunos veranos calurosos, siempre que no se repitan de manera continuada. Ahora sabemos que las glaciaciones no se producen por un fenómeno repentino sino por el hecho de que en los veranos tiene lugar un deshielo insuficiente, que se repite a lo largo de muchos años. Lo que todavía se ignora es la razón por la que mientras las glaciaciones se van desarrollando poco a poco, los calentamientos se desarrollan mucho más rápido. Harald Lesch es un astrofísico alemán, filósofo natural, periodista científico. También es profesor de física en la Universidad Ludwig Maximilians de Munich. Lesch admite que los ciclos cósmicos influyen en la sucesión de las glaciaciones e interglaciaciones. Sin embargo, opina que tienen más importancia las corrientes marinas, los vientos y los frentes de lluvias causados por el choque entre masas de aire húmedo y cálido que chocan con otras masas de aire frío. Esto se refiere a una sucesión de lo que se conoce como «oscilaciones», tanto en el océano Atlántico como en el Pacífico.

Lesch también advierte sobre la proporción variable entre dos isótopos de oxígeno, el oxígeno 16, que es el más abundante, y el oxigeno 18, que es más escaso, más pesado, y se evapora más difícilmente. Cuando el oxigeno 18 es muy abundante, se hunde en el océano, quedando en la superficie marina solo oxígeno 16, que se evapora mucho más fácilmente y, por lo tanto, contribuye a formar nubes y frentes de lluvia. Hasta hace poco se utilizaba la concentración de los isótopos de oxígeno en los fósiles para poder confirmar su datación, pero actualmente se ha verificado que pueden ser útiles para dar respuesta a una serie de interrogantes sobre las glaciaciones. Asimismo, de acuerdo con determinadas teorías, la abundancia de CO2 es consecuencia más que la causa de los procesos de calentamiento, lo cual nos tendría que dar que pensar sobre la situación climática actual. Evidentemente todo está interrelacionado, pero aún estamos lejos de conocer todos los mecanismos que influyen en el clima. En lo que sí parecen coincidir la mayoría de científicos es que el manto de hielo que más fácilmente se desarrolló durante la última glaciación de Würm es el que cubrió en épocas glaciales lo que es Canadá y la parte Norte de los actuales Estados Unidos. Se trataba del manto Laurentino. Parece que la falta de corrientes cálidas que pudiesen derretirlo provocó que fuese el primer manto de hielo que adquiriera grandes dimensiones. Luego se habría desarrollado el manto Finoescandinavo, que abarcaba básicamente el Norte de Europa, incluyendo Escandinavia, el Báltico, las islas Británicas y parte de la Europa Central. Hubo otro manto, el siberiano, que parece tuvo menos influencia en el clima, ya que el clima, aunque muy frío, también era muy seco, por lo que recibía menos aportación de humedad de los grandes océanos y, por tanto, de nieve, influyendo menos en los procesos glaciales. Por lo tanto, total o parcialmente, algunos continentes quedaron cubiertos por el hielo. El enorme peso de estos mantos, que llegaron a espesores de entre 2 y 4 km, provocó el hundimiento de las tierras que tenían que soportar aquel gigantesco peso. Por esto, cuando se deshelaron, gran parte de Canadá se convirtió en un gran lago. Incluso actualmente la península de Escandinavia, especialmente Suecia y Finlandia, se está levantando, sobre todo porque los avances de la tierra o del mar son muy lentos. Imaginémonos el enorme peso de la masa de hielo que tuvieron que soportar aquellas tierras. Las glaciaciones cambiaron drásticamente el paisaje, ya que el bosque se convirtió en tundra, y lo que era tundra se convirtió en una gran superficie de hielo. Asimismo, los glaciares en zonas montañosas se extendieron mucho más. Agassiz ya dijo que probablemente toda Suiza estuvo cubierta por un enorme glaciar.

Se sabe que actualmente Groenlandia todavía tiene en algunas zonas 2 km de espesor y la Antártida más de 4 km. En la última glaciación, además de los mantos de hielo que cubrieron extensiones que hoy son mares, sabemos que el nivel de los mares descendió al convertirse el agua líquida en hielo. La consecuencia de la congelación es que había menos agua líquida y, como consecuencia de ello, las costas estaban muchos kilómetros más adentradas en los antiguos mares que donde hoy se encuentran. Como ejemplo tenemos la gruta Cosquer, que es una famosa cueva submarina por contener pinturas prehistóricas del Paleolítico. El Paleolítico significa etimológicamente piedra antigua, término creado por el arqueólogo John Lubbock en 1865 en contraposición al de Neolítico, piedra nueva. Es el período más largo de la existencia del ser humano y se extiende desde hace unos 2,59 millones de años, en África, hasta hace unos 12 000 años, coincidiendo con el período geológico del Pleistoceno. Constituye, junto con el Mesolítico/Epipaleolítico, que son fases de transición, y el Neolítico, la llamada Edad de Piedra, denominada así porque la elaboración de utensilios líticos ha servido a los arqueólogos para caracterizarla, en oposición a la posterior Edad de los Metales. Aunque esta etapa se identifica con el uso de útiles de piedra tallada, también se utilizaron otras materias primas orgánicas para construir diversos artefactos, como hueso, asta, madera, cuero, fibras vegetales, etc. Durante la mayor parte del Paleolítico inferior las herramientas líticas eran gruesas, pesadas, toscas y difíciles de manejar, pero a lo largo del tiempo fueron haciéndose cada vez más ligeras, pequeñas y eficientes. El hombre del Paleolítico parece que era nómada, es decir, su vida estaba caracterizada por un desplazamiento continuo o estacional. El Neolítico es el último de los periodos en que se considera dividida la Edad de Piedra. Según los lugares se sitúa entre el 7000 a. C. y el 4000 a. C. El término, que quiere decir «de piedra nueva», se refiere a las elaboradas herramientas de piedra pulida que caracterizan ese período y lo diferencian de la «antigua» Edad de Piedra, o Paleolítico, con herramientas de piedra tallada, más toscas. En la periodización americana, el Neolítico coincide aproximadamente con el periodo Arcaico, que comenzó hace aproximadamente hace diez mil años, que coincide con los inicios del Holoceno, es decir, cuando terminaron las glaciaciones y todo el planeta entró en un calentamiento global. El Neolítico es el período de la historia humana en el que apareció y se generalizó la agricultura y el pastoreo de animales, dando origen a las sociedades agrarias. Generalmente, pero no necesariamente, fue acompañado por el trabajo de alfarería. En el Neolítico aparecen los primeros poblados y asentamientos sedentarios humanos. El período Neolítico fue seguido, según las regiones, por la Edad de los Metales o directamente por la Edad Antigua, en la que surgieron la escritura y las civilizaciones que conocemos.

La gruta Cosquer está situada al este de Marsella, cerca del cabo Morgiou. Su entrada se encuentra a unos 37 metros por debajo del nivel del mar Mediterráneo. Cuando se dibujaron las pinturas rupestres parece que el nivel del mar estaba 130 metros más bajo que actualmente. Asimismo, se piensa que la cueva pudo haber sido utilizada como santuario entre los años 27.000 y 19.000 a.C., antes de que su entrada quedase sumergida debido al aumento del nivel del mar. La gruta tiene más de 200 pinturas rupestres correspondientes a dos fases de ocupación, una de la fase del Gravetiense y otra de la del Solutrense. El Gravetiense es una fase de la cultura Perigordiense de los Homo sapiens, en el Paleolítico Superior, que se desarrolló principalmente en Francia y la mitad norte de España. Se desarrolló durante una fase climática fría, donde predominaban los renos y los mamuts. Abarcó la península ibérica, Francia, Bélgica, Italia, Europa Central, Ucrania y parte de Rusia. Hay una gran unidad cultural en la industria lítica, en las estructuras de habitación y en las esculturas femeninas, llamadas venus, representaciones femeninas, con un tamaño de unos 10 cm de media, y con una silueta que presenta una exageración de los atributos femeninos. La cultura Solutrense ocupa, dentro de la secuencia del Paleolítico Superior, un lugar transicional entre el Gravetiense y el Magdaleniense. Su desarrollo se dio en Europa Occidental, concretamente en territorio francés y en la península ibérica. El nombre proviene del descubrimiento de los yacimientos en Crôt du Charnier en Solutré, distrito de Mâcon, en el departamento de Saona y Loira, al este de Francia, en la región de Borgoña. La gruta lleva el nombre de Henri Cosquer, el buzo francés que la encontró en 1985, aunque su descubrimiento no se hizo público hasta 1991, cuando tres buzos se perdieron en la cueva y murieron. Sabemos que en las etapas más duras de las glaciaciones, Japón se encontraba unido a Corea, Nueva Guinea a Australia, Inglaterra al continente europeo, y existía el llamado Puente de Beringia, que unía, por el más bajo nivel de las aguas, Siberia con Alaska. Hace unos dieciocho mil años, seres humanos, y antes que ellos muchos animales, pasaron de Asia a América y poblaron este continente, que supuestamente estaba despoblado. Podemos ver que todo era muy distinto hace pocos miles de años, a causa de los cambios climáticos. Imaginemos que las costas de entonces estuviesen varios cientos de kilómetros más avanzadas con respecto a las actuales y que lo que son nuestras ciudades y pueblos costeros en aquel tiempo habrían sido poblaciones del interior. Más adelante ya veremos que con el posterior calentamiento del Holoceno se invirtió el proceso y las posibles poblaciones costeras quedaron bajo el mar, como pasó con la gruta Cosquer. !Cuántos secretos deben esconderse bajo las arenas del fondo de los mares!

Y aquí planteamos una posible hipótesis sobre la enigmática Atlántida. El filósofo griego Platón (427 – 347 a. C.) en su obra Critias, nos dice: “Nueve mil años atrás hubo una guerra entre los pueblos que habitan más acá y más allá de las columnas de Hércules, Atenas y la federación de reyes de la Atlántida. La Atlántida, que se sumergió en el mar por causa de terremotos, tenía un tamaño más grande que la Libia y el Asia y quedó reducida a un escollo que impide la navegación en esa parte de los mares“. Sabemos que la dorsal meso-atlántica es una dorsal medio oceánica, un límite de tipo divergente entre placas tectónicas, que se extiende por su fondo a lo largo del océano Atlántico. En el Atlántico norte, separa las placas euroasiática y la norteamericana, mientras que en el Atlántico Sur separa la africana y sudamericana. La dorsal se extiende desde el noreste de Groenlandia hacia el sur en el Atlántico sur. Aunque la dorsal meso-atlántica es un rasgo mayoritariamente subacuático, parte de ella tiene una elevación suficiente como para superar el nivel del mar. El ritmo medio de expansión es de unos 2 cm por año. La mayor parte de la dorsal se extiende, no obstante, entre 3000 y 5000 metros por debajo de la superficie oceánica. Desde el lecho marino, las montañas se alzan entre unos 1000 y 3000 metros de altura dentro de las aguas del Atlántico y se extienden a lo ancho alrededor de 1500 kilómetros desde el este a oeste desde su base. La dorsal Atlántica es hendida por un profundo valle a lo largo de su cresta, con una anchura aproximada de 10 kilómetros y con paredes que alcanzan los 3 kilómetros de altura. Este valle es la divisoria de dos placas divergentes del fondo del océano en donde el lecho marino se está separando, de acuerdo a la teoría de la tectónica de placas. El valle existente en la dorsal continúa ensanchándose a razón de unos 3 centímetros anuales. En la zona donde el lecho marino se abre, el denominado magma de roca fundida, situado bajo la superficie terrestre, asciende rápidamente. Este magma se convierte en una nueva capa oceánica situada sobre y bajo el lecho marino cuando se enfría. La dorsal Media está seccionada por zonas de fractura y otra serie de discontinuidades espaciadas entre ellas más de 100 kilómetros, lo que desvía a la cordillera de su curso general norte-sur. Las principales de todas estas desviaciones, como la zona de fractura de Romanche, de sentido este-oeste, tienen una longitud próxima a los 1000 kilómetros y se distribuyen cerca del ecuador. Esto explica el encaje casi perfecto que se distingue entre el saliente de la costa nororiental de Brasil, en Sudamérica, y el entrante del golfo de Guinea, en África. Nos podemos plantear si durante los aproximadamente 100.000 años de la última glaciación una parte significativa de esta dorsal hubiese podido estar por encima del nivel del mar debido al fuerte descenso del nivel de los mares, y, por lo tanto, ser habitable. Además, probablemente debido al vulcanismo, pudiese haber sido una zona relativamente templada. Luego, hace unos 11.000 años o antes, al producirse la rápido desglaciación del Holoceno con una subida de hasta 150 metros en el nivel de los mares, unido al posible hundimiento parcial debido a ser una zona muy volcánica y en medio de la línea separadora de las placas tectónicas americana y europea, habría podido dar lugar al relato de Platón.

La historia del clima y la geología también podría ayudarnos a descubrir el secreto de otros legendarios continentes perdidos en el océano Pacífico: Mu y/o Lemuria. El investigador británico James Churchward, en su libro El continente perdido de Mu, escribió: “El Jardín del Edén no estaba en Asia sino en un continente hundido en el Océano Pacífico. La historia bíblica de la creación – la epopeya de los siete días y las siete noches – no vino primero de los pueblos del Nilo o del Valle del Éufrates sino de este continente ahora sumergido, Mu, la patria del ser humano. Estas afirmaciones pueden ser probados por los registros complejos que descubrí sobre tablillas sagradas ya olvidado en la India , junto con los registros de otros países. Hablan de este extraño país de 64 millones de habitantes que, hace 50.000 años, habría desarrollado una civilización superior en muchos aspectos a la nuestra. Se describe, entre otras cosas, la creación del hombre en la misteriosa tierra de Mu. Al comparar este escrito con los registros de otras civilizaciones antiguas, como se revela en documentos escritos, restos prehistóricos y los fenómenos geológicos, he encontrado que todos estos centros de la civilización habían heredado su cultura de una fuente común, Mu. Podemos, por lo tanto, asegurar que la historia bíblica de la creación, tal como la conocemos hoy en día, se desarrolló según el impresionante relato obtenido de esas tablillas antiguas que relatan la historia de Mu, una historia de 500 siglos de antigüedad“. Por otro lado Hiva es el nombre de una mítica tierra o isla, de la cual habrían venido los ancestros de los nativos de la isla de Pascua, o Rapa Nui en el idioma aborigen, según la mitología pascuense. Hiva correspondería a la mítica Hawaiki de la mitología maorí, o su equivalente, y a las variantes existentes en las tradiciones de muchas culturas polinésicas. Asimismo, se cree que Hiva era Mu o Lemuria. Por esta razón, al igual como en el caso de la Atlántida, tenemos que dirigir la vista a la dorsal del Pacífico Oriental, la Gran Dorsal Pacífico-Antárctica, denominada también cordillera Albatros o cordillera Isla de Pascua, que es una dorsal oceánica o cordillera submarina que se extiende en sentido sur-norte por el fondo oriental del océano Pacífico, desde las inmediaciones de la Antártida, en el mar de Ross, hasta internarse en el golfo de California, manteniendo una continuidad geológica que culmina en el lago salado conocido como mar de Salton, en el desierto de Colorado. La longitud de la dorsal es de aproximadamente 8.000 a 9.000 km. El punto más alto, que aflora todavía sobre el nivel del mar, se ubica en Isla de Pascua. La profundidad de la base de la dorsal es de 3.500 a 4.000 metros. Su perfil transversal se caracteriza por la presencia de un eje de ancho, sobre el cual se presenta una estrecha área de cresta elevada. Como esta dorsal es un borde divergente de la corteza terrestre, constituye el límite entre varías placas tectónicas; como la placa Antártica, la placa de Nazca, la placa del Pacífico, la placa de Cocos y la placa Norteamericana. De la dorsal se desprenden varios ramales secundarios, como la Dorsal de Chile, el Cordón Nazca y la Dorsal de Galápagos además de colindar las micro placas de Juan Fernández y Pascua, la primera ubicada a partir del sitio en donde se desprende la dorsal de Chile y la segunda muy cerca de la Isla de Pascua. En esta dorsal han sido muy estudiadas las llamadas fumarolas negras, que abundan en su lecho. Esta actividad volcánica en el área de la dorsal ha dado origen a una serie de islas como Pascua, Sala y Gómez y Pitcairn. Todo parece indicar que el hundimiento de este continente perdido, si se produjo hace 50.000 años, tuvo que ser por terremotos y volcanes y no por la subida del nivel del mar.

Pero en el Cuaternario no solo observamos una serie sucesiva de glaciaciones sino que también podemos observar periodos interglaciares, relativamente cálidos. Pero algunos de estos interglaciares tuvieron temperaturas tan elevadas, que explorando los estratos de aquella época se han encontrado restos de hipopótamos, un animal de clima cálido, enterrados en suelo británico. Es curioso, pero a cada periodo en que el clima se excede en un sentido, frío o calor, luego acontece otro opuesto. En el tiempo atmosférico del día a día, que nos muestran nuestros meteorólogos, estamos acostumbrados a estas alternancias en que se producen inviernos templados o veranos frescos y lluviosos. Pero en la historia del clima estas alternancias son más sostenidas y potentes. Sin embargo, sabemos que en el Cuaternario los periodos fríos han sido más rigurosos y más extremados que los períodos templados o cálidos. Por lo que se sabe, en el Cuaternario no han habido interglaciaciones que hayan durado más de diez mil años, lo cual querría decir que en nuestra época, el Holoceno, ya tendríamos que estar entrando en una nueva glaciación. Pero vemos que también en los interglaciares existen ciertas alternancias de más frío o calor. En cambio las glaciaciones del Cuaternario han durado cien mil años o más, con las correspondientes oscilaciones. Actualmente los climatólogos consideran que nos encontramos en un periodo interglaciar, puesto que las temperaturas son relativamente benignas en la mayor parte del mundo, que las hacen aptas para la vida de los seres humanos en condiciones climáticas razonablemente cómodas. Zonas que hace pocos miles de años estaban cubiertas por grandes mantos de hielo, ahora están libres de hielo y los valles de las zonas montañosas están llenos de bosques y prados. Pero, ¿estamos viviendo realmente en un interglaciar o estamos viviendo un calentamiento con final indefinido? En el primer caso, ¿Vamos a tener en un futuro próximo una nueva glaciación o lo evitaremos durante un largo periodo geológico? Harald Lesch dice que hubo en el pasado cambios radicales del clima en un espacio de tan solo quince o veinte años. Actualmente un cambio tan violento parece poco probable, pero hay que estar prevenidos. Uno de los más grandes misterios de nuestro planeta es la desaparición de los mamuts lanudos, en que millones de mamuts gigantes se congelaron repentinamente de un día para otro, especialmente en Siberia. Algunos de los mamuts congelados aún conservaban restos de plantas que estaban digiriendo cuando se produjo su congelación. Ello implicaría una glaciación súbita, que aún no consta haya sucedido en la historia terrestre. Pero tal vez el aspecto más sorprendente de este evento es que ocurrió hace apenas 13.000 años, entre los dos períodos de fuerte enfriamiento reciente, que fueron el Dryas Antiguo (hace unos 14.000 años) y el Dryas Reciente (aproximadamente entre el 12.900 y el 11.650), cuando la especie humana ya estaba ampliamente establecida sobre el planeta Tierra. Para establecer una comparación, las pinturas del paleolítico superior encontradas en el sur de Francia (Lascaux, Chauvet, Rouffignac,…) fueron hechas entre hace 17.000 y 13.000 años.

Se ha especulado mucho sobre la vuelta al intenso frío invernal que afectó a Europa durante el Dryas Reciente y que tanto debió sorprender a nuestros ancestros paleolíticos europeos, recién acostumbrados a una época cálida. Quizás algunas zonas se salvaron mejor que otras de la renovada crudeza del clima. Es posible, por ejemplo, que entonces la región del suroeste europeo, básicamente Cantabria-País Vasco-Aquitania, en plena efervescencia de la cultura Magdaleniense, se convirtiese en una zona refugio de Europa, tanto para animales como para seres humanos, al verse favorecida por un clima más benigno motivado por una mayor frecuencia del viento sur y por el efecto del viento föhn invernal, que se produce en relieves montañosos cuando una masa de aire cálido y húmedo es forzada a ascender para salvar ese obstáculo. La cultura Magdaleniense es una de las últimas culturas del Paleolítico Superior en Europa occidental, que fue caracterizada por los rasgos de su industria lítica y ósea. Su nombre fue tomado de La Madeleine, cueva francesa de la Dordogne. Sucede a la cultura Solutrense. El Magdaleniense, que se extendió a lo largo de la fase final de la glaciación Würm, tuvo una secuencia alterna de clima frío y seco, y fresco y húmedo. El cambio climático acaecido hace unos 12.000 años hizo modificar los hábitos cinegéticos y alimenticios, dando por finalizado al Magdaleniense con la transición al Aziliense. Las subdivisiones dependen según autores y según zonas geográficas. La cultura Magdaleniense se extendió por Francia, Suiza, España y Alemania hace unos 15.000 años, perdurando hasta hace unos 8000 años. Se divide en Inferior y Superior, cada una a su vez subdividida en tres estadios. En Inglaterra existe una cultura paralela al final del Magdaleniense, llamada creswelliense. En la península ibérica, la obra magdaleniense más famosa son las cuevas de Altamira. Puede considerarse como la primera civilización europea occidental, pues debido a un aumento demográfico, sobrepasa los límites de su zona originaria y se extiende prácticamente por todo el continente europeo.

La necesidad de materias primas líticas de buena calidad es un motivo importante para que un grupo se desplace para buscarlas, a veces a varias decenas de kilómetros. Utensilios de un sílex especial denominado tipo Urbasa procedente de la sierra navarra de Urbasa, han sido encontrados a lo largo de la cornisa cantábrica y suroeste de Francia, en una extensión de unos 400 kilómetros. Las oscilaciones del clima entre cálidas y frías, y húmedas y secas tienen una gran influencia tanto sobre la fauna como sobre la flora. En las etapas templadas predominan los caballos, los bosques de hoja caduca y extensas praderas de gramíneas, mientras que en las épocas más frías la especie representativa es el reno y hay una regresión de los bosques en beneficio de las praderas. Enterraban a sus muertos, pero se han descubierto pocas sepulturas, que comúnmente son simples fosas poco profundas. Sin embargo, se han encontrado extensos campamentos al aire libre organizados en tiendas o cabañas. Esta tendencia al agrupamiento se vio reforzada, pues determinados yacimientos son auténticas necrópolis. Fue una cultura de cazadores, en que su base era la caza del caballo, mientras que en Europa del Este el mamut era la especie más codiciada. Se produce un aprovechamiento completo de las especies animales. El tipo humano que da lugar a este periodo es el Cromagnon u Homo sapiens. La expansión de los recursos que tuvo lugar durante el solutrense permite continuar con este modo de vida en entornos similares. La cantidad de recursos de que disponían los magdalenienses era tan grande que les permitía volverse más sedentarios. La principal novedad que aporta el magdaleniense a los recursos es la explotación de los recursos marinos. Una pieza lítica que caracteriza al magdaleniense es el arpón, diseñado para atrapar grandes presas marinas como cachalotes o ballenas. Esto hace suponer que utilizaban embarcaciones, tal vez las primeras embarcaciones de la historia, para pescar en alta mar. Pero desgraciadamente no se han conservado al estar hechas de madera. Aparte de la explotación de los recursos marinos, se continuaba con el sistema cazador-recolector adaptado a las nuevas condiciones.

Las diversas teorías que han sido propuestas para explicar la desaparición de los mamuts lanudos, como la de que se vieron atrapados en ríos congelados, son desconcertantes, variando desde que fueron víctimas del exceso de caza, que fueron afectados por tormentas de granizo, que fueron enterrados en deslizamientos de lodo, que cayeron en grietas de hielo, o que fueron atrapados por la glaciación. Pero no son suficientes para explicar satisfactoriamente esta extinción masiva y aparentemente tan repentina. Uno de los casos más impactantes es el de se refiere a un joven ejemplar femenino de mamut hallado bajo el hielo de Siberia, correspondiente a la última glaciación. Lo realmente relevante es que el estado de conservación es excepcional, ya que se ha podido extraer sangre de un animal extinguido. El hallazgo se ha producido en las islas Liajovski, un grupo de islas perteneciente al archipiélago de Nueva Siberia, situado al norte de la costa de Siberia Oriental. La sangre ha podido extraerse a una temperatura de -10 grados centígrados, y el análisis revela la existencia en la sangre de algún tipo de anticongelante natural. El científico Semyon Grigoriev comentó que el hallazgo es único en el mundo, pues “aún no se explica cómo es posible que el animal se encuentre en perfecto estado de conservación y aún con sangre fresca que hemos podido extraer. Para que algo así suceda, se requeriría que el animal se hubiese congelado vivo y que no hubiese sufrido descongelaciones y congelaciones posteriores a lo largo de los 10.000 años siguientes“. Lo cierto es que tal y como sugiere el Director del Museo de Mamuts del Instituto de Ecología Aplicada, el descubrimiento es único en el mundo. Posteriores investigaciones tal vez podrán determinar la razón por la que el mamut ha llegado a nosotros en perfecto estado de congelación y con la sangre intacta. Científicos estadounidenses han demostrado en la revista Science que la lenta extinción de mamuts, mastodontes y perezosos gigantes al final de la última glaciación en Norteamérica provocó cambios en la vegetación y el incremento de los incendios, y no al revés. Los investigadores proponen la hipótesis del impacto de un meteorito hace unos 12.900 años como causa de la extinción masiva de estos grandes herbívoros, lo que podría explicar otros misterios, como el de la Atlántida. Hasta ahora, los científicos pensaban que los cazadores del pueblo Clovis, supuestos primeros habitantes de América del Norte y las variaciones medioambientales llevaron al declive de la gran fauna de Norteamérica. Sin embargo, Jacquelyn Gill, autora principal e investigadora en la Universidad de Wisconsin-Madison, y su equipo demuestran ahora que la lenta extinción de los mamuts empezó hace entre 14.800 y 13.700 años, unos 1.000 años antes de la aparición de la cultura Clovis y de los cambios medioambientales que se produjeron al derretirse el hielo.

Jacquelyn Gill dice que: “Este trabajo no resuelve el debate sobre lo que causó la extinción de los mamuts y mastodontes, si la caza por parte de seres humanos o por el clima, aunque se esté empezando a eliminar algunas de las hipótesis“. Esta investigadora apoya la hipótesis del impacto de un meteorito en la Tierra hace unos 12.900 años. Según Jacquelyn Gill: “Planteamos también la pérdida de hábitat como argumento en este debate, pero el cambio del hábitat fue una consecuencia y no la causa de la extinción“. John W. Williams, uno de los autores del estudio y profesor de geografía en la Universidad de Wisconsin-Madison, afirma que: “Hasta la fecha, el estudio es la clara evidencia de que la extinción de estos grandes grupos de animales tuvo efectos negativos sobre los antiguos ecosistemas”. El estudio, que se publicó en la revista Science, es la primera cronología detallada de los acontecimientos que reconstruyen el comienzo de las comunidades biológicas del continente norteamericano hace unos 14.800 años. Según los científicos, el hecho de que la desaparición de los grandes herbívoros, como los mamuts, sucediese antes del cambio masivo de la vegetación, es muy ilustrativo sobre las dinámicas que produjeron la extinción y su influencia en los paisajes. Para llegar a estas conclusiones, Jacquelyn Gill y su equipo analizaron el polen, el carbón vegetal y la sporomiella, un peculiar hongo que crece en las heces de los grandes herbívoros, procedentes de antiguos sedimentos en la zona del lago Appleman, en Indiana. El análisis confirmó que la extinción de los mamuts fue un proceso gradual que se produjo a lo largo de unos 1000 años. Además, el estudio de la cantidad de hongos en las heces ha proporcionado un índice de la biomasa producida por los grandes herbívoros de ese momento. A través de este análisis, los científicos han logrado relacionar estos datos con los registros de la vegetación y de los incendios a partir del polen y el carbón vegetal. Jacquelyn Gill opina que: “Hace unos 13.800 años, el número de las esporas de los hongos bajó dramáticamente, y ahora mismo han desaparecido casi por completo del registro fósil”. Los científicos determinaron la secuencia de los acontecimientos a través de las esporas de los hongos presentes en las heces de los herbívoros, y demostraron así que la desaparición de la fauna de los mamuts empezó antes de que cambiaran las especies de plantas. Cuando los mamuts desaparecieron, algunos árboles, como el fresno negro, el olmo y el carpe negro de Virginia, empezaron a colonizar los paisajes antes dominados por abetos. Según Jacquelyn Gill : “En el momento en el que los herbívoros desaparecieron, empezaron a aparecer comunidades de plantas diferentes. Nuestros datos sugieren que estos árboles hubieran sido abundantes antes si la megafauna no hubiera estado para consumirlos”.

Y este tema de los mamuts nos da pié para hablar de otro tema importante que tiene que ver con los cambios climáticos. Según el National Geographic, un equipo de científicos de la Universidad de Marsella, en Francia, descubrió un virus, en Siberia, que había permanecido 30.000 años bajo el permafrost, parte profunda y permanentemente helada de las regiones frías. El virus estaba en buen estado, algo de por sí ya sorprendente. Pero el equipo de científicos no se quedó ahí, sino que intentó revivirlo, y lo consiguió. El nuevo, aunque antiguo, virus, se conoce por el nombre científico de Pithovirus sibericum, y su lugar de procedencia no es su única característica destacable. Para empezar, se trata de un virus gigante con respecto al resto de virus. Los pandora virus eran hasta ahora los mas grandes conocidos y solo miden 1 micrómetro de largo y 0.5 micrómetros de ancho, mientras que el Pithovirus sibericum mide 1.5 micrómetros de largo y 0.5 micrómetros de ancho. Por tanto es posible verlo con un microscopio óptico tradicional. También es mas complejo en su estructura genética, con 500 genes. Como referencia tenemos que el virus del VIH cuenta con solo 12 genes. Estas características han posibilitado que el virus sobreviva a las duras condiciones siberianas durante miles de años, y que fuese revivido por los científicos que lo usaron para infectar amebas y probar sus efectos. Afortunadamente el Pithovirus sibericum parece que no afecta a animales, incluidos los seres humanos, así que aparentemente no corremos peligro de epidemia por este virus. Ahora que en todo el mundo estamos sufriendo los efectos del coronavirus Covid-19 podemos entender lo que implica una epidemia. Sin embargo, este descubrimiento sí que es un recordatorio de que en los glaciares se encuentran virus y bacterias muy antiguos que podrían volver a ser una amenaza que pudiese proliferar gracias al calentamiento global. Siempre cabe la posibilidad de que un cuerpo humano o animal congelado traiga un virus helado contra el que nuestra sociedad carezca de defensas. Sobre todo si los hielos se derriten, como está sucediendo a gran escala, especialmente en el Ártico. “Basta con una simple descongelación y unas condiciones climáticas favorables, para que este tipo de virus vuelva a la vida. Si los viriones (virus aislados que no se encuentran infectando ningún organismo) permanecen en esas capas y se activan, se podría producir un cóctel para el desastre“, asegura la bióloga francesa Chantal Abergel. El cambio climático en el Ártico ruso es más evidente que en muchas otras regiones del mundo. Mientras que la temperatura mundial ha aumentado 0,7°C en el último siglo, allí ha subido 3°C. En el siglo XX, el permafrost del hemisferio norte ha disminuido en un 7%. Esto sin duda implica una gran liberación de microorganismos de los suelos previamente congelados.

Hace unos 115.000 años es cuando se produjo la última glaciación, conocida en Europa como Würm y en América como Wisconsin. Parece que todas las glaciaciones conocidas, incluida la de Würm, se han iniciado en el norte de América, con la congelación creciente de las llanuras del actual Canadá y de la parte central del Norte de lo que hoy son los Estados Unidos. Las grandes placas de hielo, debido a su enorme peso, hundieron unos 500 metros las tierras que cubrían. Este hundimiento quedó más que compensado con la capa de hielo que lo cubría y que alcanzó un espesor entre 1 y 2 km. La glaciación se extendió por la península del Labrador hacia Groenlandia, que sufrió una invasión de hielo todavía más importante. De allí partieron las corrientes oceánicas frías hacia el sur. En aquella época Europa vivía una época interglacial, conocida como Eemiense, con una temperatura benigna e incluso calurosa. Pero el frío llegó pocos miles de años más tarde, llegando a la Península Ibérica hace unos 106.000 años. En el norte y centro de Europa se formó el gran manto de hielo Finoescandinavo, que también provocó el hundimiento de tierras por el peso del hielo. Asimismo, los glaciares centroeuropeos se extendieron hasta territorios que hoy son relativamente cálidos. Los bosques de Alemania, Polonia, Inglaterra, gran parte de Francia, y las llanuras rusas se transformaron en tundra similar a la siberiana, o fueron invadidos por inmensas capas de hielo. Sin embargo, las zonas no heladas tenían un paisaje que carecía de arbolado y que tenía poca vegetación, ya que los vientos del Norte y del Este combinaban frío y sequía. Para alimentarse, los humanos europeos tenían que seguir a los rebaños de renos que migraban, según las estaciones, a los lugares en donde encontraban mejores pastos. El nivel del mar ya había descendido de 120 a 150 metros, y la línea de costa avanzó, dependiendo de la profundidad del mar, hasta llegar a los trescientos kilómetros. El clima era muy frío y seco, con temperaturas entre ocho y diez grados por debajo del nivel de temperaturas actuales. El anticiclón al Norte generaba temporales helados intensos y duraderos, que destruían la vegetación. Debido al gran descenso del nivel del mar, las Islas Británicas quedaron unidas al continente europeo.

Aunque conocemos mejor el desarrollo de esta última glaciación en el hemisferio Norte, se va sabiendo que la ofensiva del frío tuvo lugar en el hemisferio Sur casi al mismo tiempo. En principio esto no cuadraría con la teoría de que la inclinación del eje terrestre o la excentricidad de la órbita favorecía el frío en un hemisferio y el calentamiento en otro. Debido a este hecho actualmente se conceder menos importancia a los ciclos de Milankovitch, aunque no podamos despreciar su influencia. Parece que especialmente Australia sufrió las consecuencias del enfriamiento. Todo indica que solo África mantuvo un clima templado, aunque más húmedo y lluvioso que en la actualidad. Fue allí donde apareció el homo sapiens-sapiens. Pero casi al mismo tiempo, tal vez antes, se produjo una nueva catástrofe que se abatió sobre gran parte del mundo. En efecto, durante el comienzo de la segunda parte de la glaciación, hacia el 73.500 antes del presente, se produjo la erupción volcánica de mayor magnitud ocurrida en los últimos cien milenios, la del supervolcan de Toba, en el norte de Sumatra. Sus cenizas han sido identificadas en estratos marinos que distan miles de kilómetros del lugar de la erupción. Lanzó a la atmósfera unos mil millones de toneladas de polvo volcánico y de gases sulfurosos. Las explosiones debieron durar varios días y se calcula que multiplicaron por diez la potencia de cualquier otra erupción habida en los últimos cien mil años. Los gases sulfurosos llegaron con facilidad a la estratosfera, alcanzando alturas por encima de los 25 km. Al cabo de unos meses la capa de suciedad estratosférica debió esparcirse y cubrir todo el planeta. En el sondeo GISP de los hielos de Groenlandia, se ha encontrado que en aquellos años, los correspondientes a una profundidad de entre 2.000 y 2.500 metros en el hielo, aumentó enormemente la precipitación de azufre. El polvo y los gases sulfurosos esparcidos por la estratosfera redujeron significativamente la luz y radiación solar recibida en superficie, sumiendo a la Tierra en una duradera penumbra. Es muy probable que durante varios años descendiesen aún más las temperaturas superficiales del hemisferio norte, en torno a 3ºC y 5ºC, y que en las latitudes polares las temperaturas veraniegas bajasen entre 10°C y 15ºC durante dos o tres años.

Todo indica que la evolución humana fue afectada por un relativamente reciente acontecimiento de tipo volcánico. Esta posibilidad fue propuesta en 1998 por Stanley H. Ambrose, de la Universidad de Illinois. Este acontecimiento habría reducido la población mundial a tan solo unas 10.000 personas, casi al borde de la extinción. El conocimiento sobre la prehistoria humana es en gran medida teórico, pero está basado en las evidencias obtenidas de fósiles, la arqueología y las evidencias genéticas. En los últimos tres a seis millones de años, tras la separación de los linajes de humanos y simios del tronco común de homínidos, la línea humana se ramificó en varias especies. La teoría catastrófica del supervolcán Toba establece que una inmensa erupción volcánica cambió el curso de la historia al producir la casi extinción de la población humana. Tal como hemos dicho, hace entre 70 000 y 75 000 años, el supervolcán del lago Toba, en el norte de la isla indonesia de Sumatra, explotó como una caldera con una fuerza 3000 veces superior a la erupción del monte Santa Helena, en Estados Unidos, una de las erupciones volcánicas más catastróficas del siglo XX. La explosión del Toba dejó como rastro el actual lago Toba, el lago volcánico más grande del mundo, de 100×30 km y 505 metros de profundidad. Se han encontrado restos directos de esta explosión hasta en lugares alejados varios miles de kilómetros, como el sur de la India. La drástica disminución de las temperaturas debió producir múltiples cuellos de botella de población en varias especies que debían existir en la época, incluyendo la nuestra, e incluso llevando a la extinción a muchas de ellas. Una combinación de evidencias geológicas y modelos computacionales apoya la factibilidad de la teoría de la catástrofe de Toba, y la evidencia genética sugiere que todos los humanos actuales, a pesar de la aparente variedad, provienen de un mismo tronco formado por una población muy pequeña, como indica el Adán cromosomal-Y, que habría sido un hombre africano, homólogo de la Eva mitocondrial, que en la evolución humana correspondería al ancestro común más reciente humano masculino y que poseía el cromosoma Y, del cual descienden todos los «cromosomas Y» de la población humana actual.. Utilizando las tasas promedio de mutación genética, algunos genetistas han estimado que esta población humana original vivió en una época que concuerda con el acontecimiento de Toba. Esta teoría establece que cuando el clima y otros factores fueron propicios, los humanos nuevamente se expandieron a partir de África, migrando primero al Oriente Medio, y luego a Indochina y Australia. Las rutas migratorias crearon centros de población en Uzbekistán, Afganistán e India. Las subsiguientes adaptaciones al medio produjeron los diferentes rasgos y tonalidades en el color de la piel, que hoy en día se observan en la población humana, a partir de un reducido grupo de humanos, similar genética y físicamente a los actuales bosquimanos.

La erupción del Toba ocurrió cuando ya había comenzado la última glaciación y coincidió con un período en el que el frío se agudizó. Los efectos de aquellas nubes oscuras perduraron de una forma u otra tal vez siglos enteros, y las consecuencias hubo de sufrirlas el mundo entero. En la historia del clima hay múltiples desastres puntuales que influyeron en el clima, pero todo parece indicar que el del supervolcán Toba no tuvo precedentes en todo el Cuaternario, y desde aquel terrible evento no se tiene constancia de que haya vuelto a registrarse nada semejante. Si que recientemente hubo una importante erupción del volcán Tambora, otro volcán indonesio que estalló en 1815 con trágicas consecuencias, aunque no tan graves ni tan prolongadas como las causadas por el Toba. Conviene saber que no muy lejos cronológicamente del episodio del Toba, que acabó con otras especies de seres desarrollados, pero no inteligentes, el homo sapiens-sapiens, que había aparecido en la templada África, se dispersó, emigró a otras tierras, atravesando el istmo de Suez y extendiéndose por Asia del sudoeste y por el sur de Europa. Allí se encontró con una tierra fría, cubierta frecuentemente por hielos, pero abundante en caza. Y el homo sapiens-sapiens supo sobrevivir a todas las dificultades, hasta vencerlas y alcanzar grados de desarrollo cada vez más avanzado. John R. Gribbin es un escritor científico británico, astrofísico y profesor visitante de astronomía en la Universidad de Sussex. Sus escritos incluyen física cuántica, evolución humana, cambio climático, calentamiento global, los orígenes del universo y biografías de científicos famosos. En un libro titulado Ice Age: The Theory That Came In From The Cold!, nos dice que “las dificultades de aquel mundo europeo y asiático sometido a una fuerte glaciación estimularon el ingenio de nuestros predecesores. Escaseaban los frutos naturales, pero abundaban los rebaños de los grandes mamíferos, desde los mamuts lanudos hasta los renos. Eran animales mucho más fuertes que los hombres, y no era posible hacerles frente. Pero se les podía atacar con piedras lanzadas a distancia, palos y azagayas, que se fueron haciendo, por obra del ingenio, cada vez más agudas; o bien se los hacía caer en trampas, grandes hoyos excavados en la tierra y cubiertos con ramajes. Una vez caídos, no podían salir de su encierro, y allí eran rematados, o morían de hambre“.

La caza permitió alimentarse a los humanos, además de proporcionarles pieles con que protegerse del frío. El descubrimiento del fuego fue fundamental, entre otras cosas para poderse calentar. Los hombres de la época glacial buscaban donde guarecerse de la dura intemperie, por lo que exploraban cuevas de donde expulsar a las alimañas que las habitaban. A pesar del intenso frío, el ingenio humano les permitió superar todas las pruebas. Los seres humanos del paleolítico podían seguir las huellas de los grandes mamíferos sobre la nieve, estaban familiarizados con la migración de las grandes manadas, sabían donde apostarse para sorprender a los rumiantes con sus flechas, y podían adivinar la pronta llegada de los salmones en los ríos. Brian Murray Fagan opina que aquellos seres humanos eran mejores meteorólogos que la mayoría de la gente de hoy, ya que podían prever los vientos favorables, las lluvias, que eran escasas pero necesarias en una época de sequía, así como la invasión de polvo continental que enturbiaba el aire, muy frecuente en los tiempos paleolíticos, que llegaba procedente de las grandes llanuras del Este de Europa o el Oeste de Asia. Lo cierto es que supieron defenderse de las inclemencias ambientales y emigrar cuando era necesario. Seguramente el hombre paleolítico no era consciente de que vivía en una glaciación, ya que un clima como aquél lo habían soportado sus antecesores y lo seguirían soportando sus descendientes. Y el mismo frío les proporcionaba el tipo de caza que mejor podían aprovechar para alimentarse y vestirse. Una vez superado el paleolítico inferior (2.5 millones a 120 000 años) y el paleolítico medio (120 000 a 40 000 años), el ser humano alcanzó un grado más elevado de desarrollo en el paleolítico superior (40 000 a 12 000 años). Ya sabía elaborar buriles de piedra, raspadores, herramientas de hueso, etc… Más tarde, parece que en el Solutrense (entre 22.000 y 15.000 años), inmediatamente después del Último Máximo Glacial, terriblemente frío, hizo un invento muy útil para la caza. Se trataba del arco y las flechas, que pueden ser lanzadas a gran distancia, para alcanzar a animales. Las puntas de flecha del solutrense son verdaderas obras de arte, muy bien elaboradas. Más tarde vendrían los arpones dentados para pescar. Y hasta las agujas de hueso, provistas de un agujero para el hilo, que parece servían para coser. El Último Máximo Glacial fue el tiempo más reciente, durante la última glaciación de Würm, en que las capas de hielo fueron mayores. En efecto, grandes mantos de hielo cubrieron gran parte de América del Norte, el norte de Europa y Asia y afectaron profundamente el clima de la Tierra al provocar sequías, desertificación y una gran caída en el nivel del mar. El crecimiento de las capas de hielo comenzó hace 33,000 años y la cobertura máxima fue entre hace 26.500 y 19.000 años, cuando comenzó la desglaciación en el hemisferio norte, causando un aumento abrupto en el nivel del mar. La disminución de la capa de hielo de la Antártida Occidental se produjo entre 14,000 y 15,000 años atrás, en consonancia con la evidencia de otro aumento brusco del nivel del mar hace aproximadamente 14,500 años.

Otro detalle sorprendente del hombre primitivo es el arte, al que llamamos pintura rupestre. Las pinturas rupestres son dibujos que encontramos en algunas rocas o cavernas, especialmente prehistóricos. Rupestre haría referencia a actividad humana sobre las paredes de cavernas, abrigos rocosos, etc… Desde este aspecto, es prácticamente imposible aislar las manifestaciones pictóricas de otras representaciones del arte prehistórico como los grabados, las esculturas y los petroglifos, grabados sobre piedra mediante percusión o abrasión. Al estar protegidas de la erosión por la naturaleza, las pinturas rupestres han resistido el paso de los siglos. Se trata de una de las manifestaciones artísticas más antiguas de las que se tiene constancia, ya que, al menos, existen testimonios datados hasta los 40 000 años de antigüedad, es decir, durante la mitad de la última glaciación. No obstante, a mediados de septiembre de 2018, investigadores de la Universidad de Witwatersrand, en Sudáfrica, encontraron una piedra en la que se encuentran dibujos paleolíticos que superan los conocidos hasta la fecha. Se estima que fueron grabados hace unos 73 000 años. Por otra parte, aunque la pintura rupestre es esencialmente una expresión prehistórica, esta se puede ubicar en casi todas las épocas de la historia del ser humano y en todos los continentes, exceptuando la Antártida, por razones obvias, al no tener acceso a la superficie terrestre enterrada bajo un enorme manto de hielo. Las más antiguas manifestaciones y las de mayor relevancia se encuentran en el sur de Francia y el norte de la Península Ibérica. Se corresponden con el periodo de transición del Paleolítico al Neolítico. Del primero de los periodos citados son las extraordinarias pinturas de la Cueva de Altamira, situadas en Santillana del Mar, Cantabria, en España. Se cree, en general, que está relacionado con prácticas de carácter mágico-religiosas para propiciar la caza. Dado el alcance cronológico y geográfico de este fenómeno es difícil proponer generalizaciones. Por ejemplo, en ciertos casos las obras rupestres se dan en zonas recónditas de la cueva o en lugares difícilmente accesibles; hay otros, en cambio, en los que están a la vista y en zonas despejadas. Cuando la decoración está apartada de los sitios ocupados por el asentamiento se plantea el concepto de santuario religioso o fuera de lo cotidiano. En los casos en los que la pintura aparece en contextos domésticos es necesario considerar la completa integración del arte, la religión y la vida cotidiana del ser humano primitivo.

Aquellos animales que figuran en las pinturas rupestres eran todavía, hace diez o doce mil años, propios de climas fríos, lo que demostraría que la glaciación de Würm continuaba. Debemos recordar que las artes y el dominio de las técnicas del hombre paleolítico fueron conseguidos bajo un clima crudo y difícil. Por ejemplo, las pinturas de la cueva de Cosquer. antes mencionada, parecen tener una antigüedad de 18.500 años, con lo que resultarían un poco más antiguas que las de Altamira y Lescaux, las dos maravillas del arte rupestre. La de Cosquer no les va a la zaga en valor artístico, aunque el colorido es menos vivo. La caverna de Cosquer es un testimonio impagable de lo que fue la vida del hombre en la glaciación de Würm. Sin ser conscientes de ello, aquellos artistas del Solutrense nos han legado una valiosísima información. Pero llegó un momento en que comenzó a elevarse la temperatura. Aunque aún no sabemos las causas, el cambio empezó a producirse, según se cree hace unos 18.000 años en América y 16.000 años en Europa. Sí que sabemos que el gran anticiclón del Norte, que era la causa principal de las grandes corrientes frías que invadían los dos continentes, empezó a debilitarse. Entonces soplaron vientos del suroeste que llevaron las borrascas de vientos templados y grandes lluvias cada vez más al Norte. Por otro lado, la Corriente del Golfo, que antes llegaba a la latitud de las Canarias, lo que podría tener alguna relación con la hipotética existencia de la Atlántida, comenzó a enviar aguas templadas a las costas de Europa. Como consecuencia de todo ello, los grandes mantos de hielo  y los glaciares se fueron deshelando, provocando que las tierras sepultadas por los grandes mantos helados comenzaron a liberarse de aquel enorme peso y, por lo tanto, a elevarse progresivamente. Los icebergs que llegaban hasta las costas de la Península Ibérica dejando caer al fondo del mar rocas de Groenlandia y Norte América, se deshelaban en aguas de latitudes cada vez más elevadas. Aquellas rocas transportadas por icebergs han sido de gran ayuda para que los geólogos conociesen el clima que hubo durante la última glaciación, a los que llamaron eventos Heinrich. Al desaparecer el hielo y subir las temperaturas, comenzaron a crecer en el centro de Europa y de Norteamérica bosques propios de climas templados, como hayas, robles y encinas. El nivel de los mares se elevó, por lo que, por ejemplo, Gran Bretaña, antes unida al continente europeo, se convirtió de nuevo en una isla. Los hielos que invadían el centro y norte de lo que hoy son los Estados Unidos se fueron fundiendo, provocando que se  formara un gran lago, el lago Agassiz, que fue un lago glaciar situado en la parte central de América del Norte. Alimentado por la escorrentía glaciar del final de la glaciación de Würm, alcanzó un área mayor que la de todos los actuales Grandes Lagos juntos. La fauna propia de climas fríos emigró a latitudes más altas, mientras que otras especies se extinguieron.

Lo más sorprendente fue la casi repentina desaparición de los mamuts en Norteamérica, hace ahora unos 18 o 20.000 años, tal como ya hemos comentado antes en referencia a Siberia. Inicialmente se acusó a seres humanos de haberlos exterminado. Pero las investigaciones recientes efectuadas muestran que el ser humano no había llegado todavía a las regiones habitadas por los mamuts en América. En Europa, los renos cambiaron su hábitat, y las tribus humanas que vivían de su caza y de sus emigraciones los siguieron a sus nuevas tierras, porque daban prioridad a alimentarse de su carne que a disfrutar de temperaturas más cálidas. Sin embargo otros seres humanos prefirieron recoger los frutos o cazar animales en un entorno más cálido. Pero aquella época de repentino calor no duró mucho, tal vez unos mil años. Pero entramos en una época en que había terminado oficialmente la gran glaciación de Würm. Sin embargo, antes de que se impusiese el Holoceno, la época actual, la Tierra sufrió una sorprendente sucesión de épocas cálidas y frías, cada uno de los cuales duraron alrededor de mil años. Tenemos por lo menos tres clases de eventos conocidos, los Dryas, o épocas frías, y dos épocas cálidas, los llamados Bolling y Allerod intermedios. El primer Dryas se produjo hace aproximadamente 17.500 años. El nombre se debe a una flor alpina, Dryas octopelata, que todavía se encuentra hoy en regiones frías, como Escandinavia o las altas montañas de Europa y América. Hace unos 17.000 años las flores dryas crecían en lugares donde hoy tenemos un clima cálido. Ello induce a los paleo-climatólogos a creer que hubo una época muy fría, aunque no pueda considerarse propiamente una glaciación. Pero, ¿sabemos las causas  de aquel enfriamiento? Quizás fue la mayor abundancia de agua dulce en los mares, al fundirse los hielos, y sabemos que el agua dulce se congela más fácilmente que el agua salada. Se supone que los casquetes polares habrían avanzado, provocando corrientes frías en todo su entorno. El hecho es que poco después de que se entrase en un clima más cálido, llego el Dryas antiguo, provocando que volviese a cambiar el paisaje tanto en Europa como en Norte América. Con este cambio la fauna nórdica volvió a extenderse por la geografía, mientras que los seres humanos tuvieron que volver a vestirse con pieles animales y buscar refugios para poder soportar las bajas temperaturas.

Sin embargo, este nuevo frío duró poco en términos geológicos, poco más de dos mil años. Luego vino un nuevo calentamiento hace unos 14.600 años, al que los climatólogos  llaman Bolling, en honor de la oscilación de Bølling, que fue una oscilación climática en que el clima se volvió templado, entre el segundo y tercer periodo de la glaciación de Würm, en el Paleolítico Superior. La llamada capa de Bølling, en la excavación del Lago de Neuchatel, Suiza, ha sido datada entre los 14.650 y 14.000 años antes del presente, en tanto el registro de isótopos de oxígeno del hielo de Groenlandia, permite datar el pico de máxima temperatura de Bølling, hace entre 14.600 y 14.100 años. Bølling es el nombre de un lago danés, ya que los lagos permiten, mediante los rebordes que quedan de sus orillas de otros tiempos, conocer sus crecidas, sus descensos o las épocas en que permanecieron helados. Y también los limos del fondo son reveladores. El calor llegó casi repentinamente y duró unos seiscientos años, hace entre 14.600 y 14.000 años. Entonces Escandinavia quedó casi enteramente libre de hielos, subió el nivel de los mares a causa del deshielo y Gran Bretaña se convirtió otra vez en una isla. Pocas veces en la historia del clima hay constancia de un calentamiento tan rápido. Pero su duración también fue muy breve geológicamente hablando. Entonces, hace unos 14.000 años vino un nuevo enfriamiento, el Dryas Reciente, que trajo los hielos de nuevo. Como casi siempre que hace frío, dominó un clima seco, por lo que muchas llanuras de Europa vieron desaparecer sus árboles. Aunque no llegó a predominar la tundra como es el caso de Siberia en la actualidad, el paisaje se volvió más árido. Pero, de nuevo, unos mil años más tarde llegó otro calentamiento rápido, al que se denominó Allerød, en honor de la oscilación de Allerød, que es una oscilación climática, en que de nuevo el clima se volvió templado, dentro de la parte final de la glaciación Würm, en el Paleolítico Superior, que se extendió aproximadamente entre hace 14.000 y 12.000 años. Todos estos cambios evidentemente afectaron la vida de los seres humanos.

Este nuevo clima más suave provocó la fusión de las zonas heladas y la aparición de nuevos bosques en Europa central. Pero posiblemente el fenómeno más significativo se produjo en América del Norte, donde se formo un gran lago, Agassiz, debido a la fusión del enorme manto de hielo Laurentino, que había cubierto gran parte del Sur de Canadá y el Norte de lo que hoy son Estados Unidos. Algunos investigadores creen que el periodo cálido de Allerød duró aproximadamente entre hace 13.000 y 12.800 años. Es curioso lo sorprendentemente breves que fueron las oscilaciones de aquel periodo loco. Fueron desconcertantemente breves, teniendo en cuenta la duración que han tenido los grandes periodos climatológicos. Tal vez el clima se estaba reajustando a la nueva situación climatológica, el Holoceno. Pero las cosas todavía tenían que cambiar de nuevo. En efecto, hace unos 12.500 años llegó el último gran enfriamiento, el conocido como Dryas Reciente, un espectacular período glacial transitorio. Se mantuvo aproximadamente durante unos mil años, hasta hace unos 11.600 años. El profesor de antropología Brian Fagan lo llama «el frío que duró mil años». Pero, ¿cuáles fueron las causas de este nuevo breve enfriamiento? Tal vez el aporte de agua dulce al mar, la interrupción de las corrientes oceánicas, u otras causas. En el 2006 el oceanógrafo Wallace Broecker sugirió que el lago Agassiz rompió las barreras de hielo cada vez más débiles, provocando una monstruosa cascada hasta encontrar un cauce por donde está actualmente el río San Lorenzo, en Canadá, vertiendo sus aguas en las costas del Labrador y Terranova. Muy probablemente la aportación de agua fría al océano Atlántico norte cortocircuitó la corriente del Golfo, causando el enfriamiento de toda Europa. El Dryas Reciente afectó principalmente a Europa a pesar de originarse en América del Norte. Pero algunos científicos ponen en duda la tesis de Broecker, aunque la idea de que el enfriamiento fuese provocado por vientos y corrientes sigue siendo altamente probable. Hay otros investigadores que proponen que fue debido a una disminución del CO2 debido a que en la época templada se habían desarrollado grandes bosques, por lo que la absorción por los árboles del gas carbónico habría disminuido los gases invernadero, provocando la bajada de las temperaturas. Tal vez fue una concatenación de factores que causaron el enfriamiento. Aún queda mucho por investigar.

Cualesquiera que fuesen las causas que provocaron el Dryas Reciente, el hecho es que se produjo un cambio en las corrientes atmosféricas y en las corrientes marinas. Por alguna razón la Corriente del Golfo quedó bloqueada y los icebergs llegaban de nuevo hasta las costas de la Península Ibérica. Gran Bretaña volvió a estar unida al continente europeo. Este hecho quedó confirmado cuando un pesquero que trabajaba al Norte de las costas de Holanda rompió sus redes cuando éstas se enredaron en un fondo de solo 30 metros. Los marineros retiraron los restos de la red, y recogieron una punta del lanza hecha con un asta de ciervo, que estaba adherida al barro. El hallazgo llegó a conocimiento de los profesores de arqueología John Grahame Douglas Clark y Charles Goodwin, de la Universidad de Cambridge, que analizaron el arma y el barro al que estaba adherido, y que contenía pólenes fosilizados. Se comprobó que aquellos objetos correspondían al Dryas Reciente, y que el cazador que empleaba aquella lanza se encontraba en tierra cuando perdió su punta de lanza. El descenso del nivel de mar en el Canal de la Mancha había sido de más de treinta metros con respecto al nivel actual. Lo que actualmente es el paso de Calais y la parte meridional del mar del Norte era tierra firme, con una superficie bastante mayor de lo que hoy son Bélgica y Holanda juntas. Los geólogos se refieren a este territorio hoy sumergido como Doggerland. En efecto, Doggerland es el nombre dado por arqueólogos y geólogos a una antigua masa de tierra en el sur del mar del Norte, que conectaba la isla de Gran Bretaña al continente europeo durante y después de la última glaciación. Se mantuvo emergida hasta aproximadamente hace 8500 o 8200 años, aunque poco a poco se sumergió por el aumento del nivel del mar cuando fuimos entrando en un período cálido. Estudios geológicos sugieren que Doggerland fue una gran área de tierra seca que se extendía desde la costa este británica y frente a la actual costa de los Países Bajos, hasta las costas occidentales de Alemania y Dinamarca. Probablemente fue un hábitat rico en asentamientos humanos durante el período Mesolítico, período de la prehistoria que sirve de transición entre el Paleolítico y el Neolítico. El Mesolítico comenzaría con la transición del Pleistoceno al Holoceno, hace unos 12.000 años, y finalizaría con la aparición de los modos de vida productores, cuya cronología varía mucho de unas regiones a otras y de un continente a otro. Mientras que en el Oriente Próximo despuntaba hace unos 11.000 años, en Escandinavia y ciertas áreas de la Europa atlántica no llegó hasta hace 6000 años.

El potencial arqueológico del antiguo Doggerland.se planteó a principios del siglo XX, pero el interés se intensificó en 1931, cuando un barco de arrastre faenando entre los bancos de arena y bajíos de los bancos Leman y Ower al este del estuario del Wash, uno de los principales entrantes del mar del Norte en la costa oriental de Gran Bretaña, sacó a la superficie una cornamenta de púas que data de una época en que la zona era una tundra en lugar de mar. Con posterioridad, otros barcos han extraído restos de mamuts y leones, entre otros restos de animales terrestres, y un pequeño número de herramientas prehistóricas y armas que fueron utilizadas por los habitantes de la región. Nos podemos preguntar quiénes vivieron en esta zona ahora sumergida, y si fueron el origen de los antiguos relatos del rey Arturo. Como los niveles de los mares y océanos subieron después del fin de la última etapa glacial, como fue el Dryas Reciente, Doggerland comenzó a sumergirse en el mar del Norte, aislando la península británica de Europa continental, aproximadamente hace unos 8500 años. El banco Dogger, que era una tierra alta de Doggerland, se cree que se mantuvo como isla hasta hace unos 7000 años, antes de inundarse completamente, Doggerland fue una planicie ondulante con ríos que crearon meandros asociados a canales y lagos. Este aumento coincide con la inundación del Ponto Euxino, que se refiere a que, a raíz de la última glaciación, el nivel del agua en el Mar Negro y en el mar Egeo se elevaron de forma independiente hasta que fueron lo suficientemente altos para intercambiar sus aguas. El momento exacto de este proceso sigue siendo objeto de debate. Una posibilidad es que el Mar Negro se llenase primero y que el exceso de agua fluyera por encima del Bósforo hacia el Mediterráneo. También hay escenarios catastróficos, como la “teoría del diluvio del mar Negro” de William Ryan, Walter Pitman y Petko Dimitrov. Otra hipótesis más reciente explica que gran parte de las tierras costeras restantes de la antigua Doggerland, ya muy reducidas en tamaño de la superficie original, fueron inundadas por un maremoto alrededor de hace aproximadamente 8200 años, a causa de  un corrimiento de tierra submarino cerca de Noruega, conocido como el corrimiento Storegga. Los tres deslizamientos de Storegga figuran entre los mayores deslizamientos conocidos. Se produjeron bajo el agua, en el borde de la plataforma continental noruega, en el mar de Noruega, 100 kilómetros al noroeste de la costa Møre, causando un gran tsunami en el océano Atlántico Norte. Este colapso afectó, según estimaciones, a unos 290 km de la plataforma costera, con un volumen total de 3.500 km³ de detritos. Este sería el volumen equivalente a un área del tamaño de Islandia cubierto con un espesor de 34 metros. Según la datación por radiocarbono del material vegetal recuperado de sedimentos depositados por el tsunami, el último incidente ocurrió alrededor de hace 8100 años. En Escocia se han registrado restos del tsunami posterior, gracias al descubrimiento de sedimentos depositados en la cuenca de Montrose y en el fiordo de Forth, hasta 80 km tierra adentro y 4 metros por encima de los niveles actuales de la marea normal. Esta teoría sugiere que el maremoto derivado de este corrimiento de tierra fue devastador para cualquier población mesolítica costera. Después del tsunami de Storegga parece que Gran Bretaña finalmente se separó del continente y cada uno siguió su propia época mesolítica.

Volviendo al Dryas Reciente, el geógrafo español Antón Uriarte sugiere que la zona del Cantábrico, y especialmente del golfo de Vizcaya, quedó relativamente a salvo de las inclemencias climáticas, y tal vez esta relativa suavidad del ambiente pueda explicar la alta densidad de población que había en regiones como Aquitania, el País Vasco y Cantabria. Un gran anticiclón centrado en Escandinavia y el Ártico azotaba con vientos del nordeste la mayor parte de Europa, transportando frecuentemente polvo de los desiertos asiáticos, que hoy todavía se pueden rastrear. El mar Mediterráneo tenía un clima más benigno, pero en cambio tuvo que soportar terribles sequías, especialmente en su zona oriental. Pero casi por sorpresa todo cambió. Si el Dryas Reciente había llegado también casi por sorpresa, aún más sorprendente y rápida fue su finalización. Los climatólogos Richard Alley y K. Taylor han estudiado a través de los testigos de hielo todo el proceso. De sus análisis han deducido que hubo tres cortas etapas de retirada del frío, cada uno de ellas de unos cinco años de duración. El tiempo total pudo durar unos cuarenta años, según estos investigadores, un tiempo que engloba el tiempo de vida de una persona normal, que habría podido vivir en plena glaciación y luego vivir en los inicios de una época geológica distinta y templada, el Holoceno. Esto quiere decir que, a veces, los cambios climáticos son tremendamente rápidos, aunque no es lo habitual. No todo se transformó de golpe, ya que se cree que las oscilaciones climáticas que siguieron fueron más lentas y suaves. Luego se desarrollaron otras corrientes oceánicas, como la corriente del Golfo, y otros vientos, procedentes del Atlántico, y el clima se hizo más templado y húmedo. El paisaje de Europa se tornó más habitable, quedando cubierto de prados y bosques. No obstante, llegó un momento en que el clima se hizo tan cálido y húmedo, que en regiones de la Península Ibérica, como Galicia, crecían plantas tropicales, tal como han detectado investigadores como P. Ramil Rego y L. Gómez Orellana, de la Universidad de Santiago de Compostela, en su Historia Ecológica de Galicia, publicada en 2008. Ello indica que los seres humanos que habitaban esta parte del mundo pudieron vivir en un entorno más benigno y, por lo tanto, desarrollarse en mejores condiciones. Sorprendentemente había comenzado un período nuevo, el Holoceno, en que todavía estamos viviendo.

Ya sabemos que el Holoceno es el último y actual  período geológico. Pero aún no sabemos cómo se desarrollará en el futuro y si dará lugar a una continuación indefinida de una época cálida o si entraremos en una nueva época glacial. El Holoceno se caracteriza por un clima templado en gran parte del mundo, que es favorable a la vida, sin llegar a la mucho más calurosa y húmeda época del Jurásico o del Cretácico, en que proliferaron las plantas con flor y nuevos tipos de insectos. Asimismo empezaron a aparecer peces teleósteos más modernos, siendo comunes las ammonites, belemnites, bivalvos rudistas, equinoides y esponjas. También vivieron varios tipos de dinosaurios, como los tiranosáuridos, los titanosáuridos, los hadrosáuridos y los ceratópsidos, que evolucionaron en la tierra, así como los cocodrilos modernos, los mosasaurios y los tiburones modernos que aparecieron en el mar. Las aves primitivas remplazaron gradualmente a los pterosaurios, mientras que aparecieron monotremas, marsupiales y mamíferos placentarios. También se produjo la ruptura del supercontinente de Gondwana en varias partes. Volviendo al Holoceno, vemos que el clima se volvió favorable al desarrollo del ser humano, que en estos pocos miles de años se había multiplicado de manera exponencial, como en otros tiempos más fríos no había podido hacer. Pero el clima del Holoceno no parece que haya sido constante en los últimos ocho mil años, por lo que la idea de que, desde entonces, vivimos en un paraíso climático no parece demasiado cierta. Tim Flannery, mastozoologo australiano especialista en mamíferos y paleontólogo, destaca que «desde el Holoceno la temperatura de la Tierra se ha mantenido en torno a los 14-15 grados, y esta circunstancia nos ha favorecido extraordinariamente a los humanos». Con esta frase nos indica que debemos nuestras posibilidades de desarrollo a la bondad del clima. Sí, mucho de cierto hay en todo esto, quién puede dudarlo; pero cabe hacerse ciertas reflexiones. En efecto, vemos que en el paleolítico superior, cuando la glaciación era más intensa, los seres humanos pudieron desarrollarse, especialmente en las zonas más templadas, por lo que no podemos especular sobre lo que habría pasado si, en lugar del Holoceno, hubiese seguido la glaciación. Por otro lado el Holoceno no ha tenido un clima constante, sino que ha sufrido pequeños pero significativos cambios climáticos.

Es evidente que los cambios climáticos durante el Holoceno son pequeños en relación a la época de las glaciaciones o de los más recientes Dryas. Es cierto que en el Holoceno hemos tenido cambios menos catastróficos que en épocas anteriores, pero que igualmente han influido en la vida de los seres humanos. Hay evidencias de que hace unos 10.000 años, una vez finalizado el Dryas Reciente, el clima se hizo cálido y húmedo, por lo menos en el hemisferio Norte. Luego, entre hace 8.000 y 6.000 años, hubo una serie de alteraciones entre frío y calor, que indican cierta inestabilidad. El oceanógrafo y paleo-climatólogo norteamericano Peter B. de Menocal, en un artículo publicado en la revista Science el año 2000, corroborado por otros científicos, nos explica que hubo un súbito y significativo enfriamiento hace unos 8200 años, aunque duró poco tiempo. Por otro lado, hace unos 6000 años las temperaturas subieron, hasta el punto que se redujo el tamaño del casquete polar Norte a la mitad de la extensión que tiene actualmente. Esto ocurrió durante el denominado Óptimo Climático del Holoceno, en que parece se registró la temperatura más alta de los últimos diez mil años. El Óptimo Climático del Holoceno fue un periodo cálido que comenzó alrededor de hace 8000 años y duró aproximadamente hasta hace 4500 años. El Óptimo Climático del Holoceno fue seguido por un enfriamiento gradual que duró hasta el 900 d.C. cuando volvieron a aumentar las temperaturas hasta el 1300 d.C., el Período cálido medieval, surgiendo un nuevo enfriamiento que duró hasta aproximadamente el año 1850 d.C., llamado la Pequeña Edad de Hielo, para posteriormente surgir un nuevo calentamiento global que dura hasta la actualidad. Pero, en general, el calentamiento terrestre en estos primeros milenios del Holoceno parece claro. Aunque hubo épocas en el Holoceno en que se registraron temperaturas más altas que actualmente, no solo en la superficie terrestre sino también en las aguas de los mares y océanos.

Fue durante el Holoceno y no en tiempos glaciales, aproximadamente entre hace 8000 y 6000 años, cuando lo que ahora es el desierto del Sahara se convirtió en una verde pradera en la que crecían árboles, corrían ríos, había grandes lagos de agua dulce y lo poblaban animales de todas clases. Los nativos se dedicaban a cazarlos y ello lo han dejado reflejado en las pinturas que encontramos en los refugios de las rocosas montañas del sur de Argelia y del sur de Libia, que hoy constituyen una de las zonas más áridas y menos habitables del globo. En la zona de los macizos del Hoggar y del Tassili, en el centro del Sahara, aparecen pinturas rupestres que muestran escenas con jirafas y otros mamíferos de la sabana. En lagunas hoy desecadas al pie de estos macizos se han hallado fósiles de ranas y de cocodrilos. Toda la región del Sahel, desde el Atlántico al Indico, estuvo intercomunicada por un sistema de ríos y de lagos. Por el oeste, una enorme región de marismas de miles de km2 en la que se expandía el Níger cubrió la zona al norte de Tombuctú. En zonas en donde la lluvia anual es hoy de sólo 25 mm, existía una población humana que se alimentaba esencialmente de tortugas de aguas dulces, de moluscos y de peces. Nos podemos preguntar: ¿a qué se debe que en una época más cálida que la actual el desierto del Sahara fuera un tipo de paraíso? Algunos investigadores, como Andrew W. Smith, en 1992, y los arqueólogos Fiona Marshall y Elisabeth Hildebrand, trataron de resolver este misterio. Pero fue posteriormente, en el 2006, cuándo científicos como R. Kupper o S. Kröpelin dieron una explicación a este misterio. En aquellos tiempos, los monzones, atraídos por las bajas presiones del verano, alcanzaban parte de África y descargaban sus lluvias en las regiones montañosas del centro del Sahara. Estas lluvias provocaron que surgiesen al menos tres ríos, dos de los cuales eran afluentes del Nilo, y el tercero desembocaba en el Mediterráneo. El lago Tchad, hoy salado y muy seco, era entonces tan extenso como toda la Península Ibérica, y en los ríos que desembocaban en él proliferaban moluscos de agua dulce. Había otras zonas cubiertas de agua en la región donde hoy está la desolada ciudad de Tombuctú, en la República de Malí. Toda la mitad sur del Sahara y la vecina región del Sahel eran entonces una zona relativamente abundante en agua, en la que crecían árboles y matas de hierba fresca y vivían animales que se alimentaban de aquella vegetación. Había también animales como los cocodrilos e hipopótamos. El delta interior del río Níger, donde hoy el río está a punto de morir sumergiéndose en el desierto, era entonces una vasta región de lagunas y humedales, bien poblada y rica en frutos y en caza.

Vemos que el Sahara era un lugar donde abundaba el agua y tenía gran riqueza animal y vegetal, por lo que era un hábitat idóneo para la vida humana. Pero, si aquella época fue más calurosa que la actual, ¿cómo era posible una vida floreciente en aquella región, hoy convertida en un desierto? Antes debemos aclarar que el hecho de que hoy el Sahara sea uno de los lugares más calurosos del mundo solo es verdad en las horas del mediodía y en verano, en que pueden registrarse temperaturas de unos 50º cuando el Sol brilla en su máxima potencia. Pero el termómetro puede bajar a solo pocos grados sobre cero por la noche. Además, en invierno las heladas nocturnas son más frecuentes que en algunas zonas del norte europeo, como Escocia, donde hiela poco. Así, vemos que el Sahara tiene un clima extremadamente continental, donde las diferencias de temperatura son muy grandes. Pero aquella región desértica lo es más por su gran sequía, ya que tiene poquísima humedad, que por su calor. Hay zonas en el Congo o en el Caribe en que las temperaturas medias son más altas que en el Sahara, pero su paisaje es radicalmente distinto. Hace seis mil años, en aquellas regiones la temperatura media era más calurosa que la actual, pero tenían agua, vegetación, con bosques de acacias, cuyos pólenes aún se conservan para poderlos analizar. Asimismo, las nubes frecuentes, con sus lluvias, la hacían tan soportable como otras zonas hoy abundantemente pobladas del centro de África. Los seres humanos podían pescar peces en los ríos y en los grandes lagos, donde abundaban las tortugas, los hipopótamos, las avestruces, las jirafas y las liebres, que los seres humanos podían cazar. En las pinturas rupestres a que antes nos hemos referido se les ve armados de arcos y flechas, corriendo tras sus presas. Por las mismas pinturas sabemos que las mujeres vestían faldas y se ocupaban de tareas domésticas. También en algunas zonas se han encontrado restos de ruedas, e incluso, como en la región de Tezzan, hay restos de carros que eran arrastrados por bueyes, como si allí ya hubiese comenzado el Neolítico antes que en otros lugares. La imagen que tenemos es que aquellos seres humanos del antiguo Sahara habían simultaneado la caza con la ganadería. Hasta se han encontrado vestigios de harina de gramíneas molidas. Tal vez aquellos pueblos ya sabían hacer pan. ¿Podemos imaginarnos hoy este paisaje en el Sahara hace más de 6000 años?

Pero otras zonas de África también alcanzaron este grado de desarrollo. Por ejemplo en Nubia, hoy Sudán, también existen pinturas rupestres muy parecidas a las del Sahara. Se ha comprobado que la zona de clima monzónico se extendía también a países hoy desérticos del hemisferio Sur. Esto quiere decir que las lluvias alcanzaban una franja mucho más amplia a un lado y otro del ecuador. En cambio, la zona Norte del Sáhara, la que llega hasta el Mediterráneo, era tan seca como actualmente. Asimismo, parece que los monzones también penetraban por el suroeste asiático hasta zonas que actualmente son desiertos. Podemos concluir que un exceso de calor no es malo, sino todo lo contrario, si viene acompañado de lluvias suficientes. El calentamiento de hace 6500 a 6000 años parece haber sido bastante general, al menos en el hemisferio Norte. Pero ello no solo aconteció en África o en Asia Central, sino también en regiones frías, que se hicieron algo más templadas. Los científicos rusos V. L. Koshkarova y A. D. Koshkarov, creen haber llegado a la conclusión de que, en el nordeste de Siberia, las temperaturas eran de tres a seis grados más altas que actualmente, por lo que los inviernos eran un poco menos fríos y los veranos más tibios. Lo mismo sucedía con las acumulaciones de hielo en Alaska, que en aquella época disminuyeron notablemente. Pero, desgraciadamente, en las regiones tropicales aquel periodo ideal de calor con lluvias no duró mucho. Hace 5500 años la humedad comenzó a disminuir en el sur del Sahara y en otras regiones. De esta manera, hace 4000 años aquellas tierras eran casi tan desérticas como hoy, aunque existen algunos vestigios de vida posteriores a esa época, e incluso tenemos a los misteriosos tuaregs todavía viviendo allí. Pero la mayoría de los pueblos saharianos de aquella época, privados de vegetación y caza, emigraron hacia zonas más húmedas que les permitieran seguir viviendo como hasta entonces. Mientras algunos llegaron a las costas del Atlántico, siguiendo la corriente del Níger, otros parece que se dirigieron al Mediterráneo, por el norte. Las evidencias indican que la mayoría siguió el curso de los ríos más importantes, que corrían hacia el este, encontrándose con un río de enorme caudal, el Nilo. Aunque el clima se hacía cada vez más seco, el Nilo proporcionaba terrazas fáciles de regar, animales para la alimentación, y otros animales que podían ser domesticados para utilizarlos para la carga. Egipto debe su vida al Nilo, uno de los lugares del mundo donde se desarrolló la cultura neolítica, y que sería cuna de una de las más importantes civilizaciones de la Edad Antigua.

También los pueblos cazadores o recolectores del sudoeste de Asia, privados de los monzones, y sometidos a un clima seco que transformó su hábitat en un desierto, emigraron hacia zonas más favorables o buscaron algún gran río. Sucedió ello en zonas del Oriente Medio, como Irán o Siria, que eran más húmedas que ahora y en las cuales se ubicaron culturas muy desarrolladas. Es sorprendente que la antigua población de Jericó, a orillas del Jordán, que ha celebrado nada menos que los diez mil años de su existencia, estuviese en una zona actualmente bastante desolada. Pero muchos pueblos se ubicaron en la zona de los dos grandes ríos de Mesopotamia, el Tigris y el Éufrates, que, a diferencia del Nilo, se desbordan en primavera. Los seres humanos establecidos en sus orillas aprendieron el cultivo y la recolección de los frutos antes que nadie. La cercanía de los dos grandes ríos, que discurren por el mismo valle casi paralelos y en algunos puntos distan pocos kilómetros entre sí, hizo que grandes masas de población se ubicasen allí. Asimismo el río Indo, en el actual Pakistán, también se desbordaba en primavera o en verano, regando territorios a su alrededor. Pero donde no llegaban sus aguas solo había desiertos. En Pakistán podemos comprobar el gran contraste entre la fertilidad de las tierras regadas, de un verde intenso, las altísimas montañas del Karakorum cubiertas por la nieve, y el desierto de aquellas zonas a donde no llega el agua. Las ruinas de Harappa y Mohenjo Daro son testimonio de una de las más antiguas civilizaciones del mundo, con sus fortificaciones, sus graneros, sus templos y sus miles de casas donde podían residir decenas de miles de personas. En efecto, en Pakistán, en lo que era el valle del Indo, y en la India, hay ruinas de varias ciudades antiguas que tienen fama de haber albergado en sus enormes áreas, poblaciones que podrían haber albergado hasta un millón de habitantes. No se mencionan en la historia, por lo que podemos suponer que existían antes de nuestra historia escrita. Las más grandes se llaman ahora Mohenjo-Daro y Harappa, aunque no tenemos idea de cuáles eran sus nombres cuando prosperaron. Su sistema de escritura no ha sido descifrado nunca, aunque se ha encontrado una escritura parecida en otra zona, nada menos que en la isla de Pascua, en el Pacífico, al otro lado del mundo. Ello podría explicarse por la supuesta existencia de los continentes perdidos de Mu y Lemuria.

Hay un gran misterio con esta zona de Pakistán y con el Rajasthan de la India. Una gran capa de cenizas radioactivas fue encontrada en Rajasthan, India en 1992, cubriendo un área de unos ocho kilómetros cuadrados, a 16 kilómetros al oeste de Jodhpur, la segunda ciudad más grande del estado de Rajastán, en el noroeste de la India, y que está situada en el desierto de Thar. La radiación es tan intensa que aún contamina la zona. La zona se caracteriza por el gran número de malformaciones congénitas que se dan en los alrededores. Los niveles de radiación son tan elevados que como medida cautelar el gobierno hindú acordonó la zona. Al parecer en las inmediaciones se encuentran restos de una antigua ciudad que dataría de una época entre hace 8.000 y 12.000 años, y que pudo estar habitada por cerca de medio millón de personas. Al parecer, Mohenjo-Daro y Harappa fueron destruidas repentinamente. Las excavaciones hasta el nivel de sus calles han revelado esqueletos dispersos, como sí el fin del mundo hubiera llegado tan rápidamente que los habitantes no hubieran tenido tiempo de irse a sus casas. Todo indica que se alcanzaron temperaturas tan altas que cristalizaron los materiales. Esos esqueletos, al cabo de no se sabe cuántos miles de años, están todavía entre los más radiactivos que se han encontrado nunca, al nivel de los de Hiroshima y Nagasaki. ¿Serían causados por las terribles armas que relatan el Ramayana y el Mahabhárata?  En este caso, ¿quiénes poseían estas armas? También los dos grandes ríos de China, el Hoang Ho, o río Amarillo, el río más importante de China en cuya cuenca se han descubierto numerosos yacimientos arqueológicos que demuestran la presencia humana ininterrumpida desde la prehistoria, y el Yang Tse, el río mayor del país y del continente asiático, sirvieron de refugio a pueblos que huían del desierto o buscaban sustituir la caza por la ganadería y el cultivo. Las zonas bajas del Hoang Ho, hasta el golfo de Pekín y la cuenca fértil del Yang Tse vieron crecer ciudades importantes, así como los inicios de una civilización y de una refinada cultura. En otras zonas más húmedas del mundo, como las praderas y bosques de Europa, los distintos pueblos pudieron permitirse vivir más diseminados y alternar la caza con los cultivos. La concentración de grandes cantidades de gente en ciudades de climas desérticos, pero cercanas a grandes ríos, fue uno de los más importantes factores para el desarrollo de la civilización humana.

Pero en relación a la desglaciación queremos hacer hincapié en una de las tradiciones más universales: el llamado Diluvio Universal, y que tal vez tiene alguna relación con el período final de la última glaciación o la época de los Dryas. En el Génesis, capítulo 7, podemos leer: “El nivel de las aguas creció tanto que quedaron cubiertas todas las montañas más altas de la Tierra; por encima de las cumbres más altas aún había siete metros de agua. Se ahogaron todos los seres vivos sobre la Tierra: pájaros, animales domésticos y feroces, bestias que se arrastran y todos los hombres“. Esta frase más bien parece tener relación con un gigantesco tsunami que con un diluvio, lo que tal vez lo relacionaría con la caída de un gran asteroide o algo equivalente. En el Génesis podemos encontrar distintos párrafos que hacen referencia directa a un posible Diluvio. Además, en tradiciones antiguas de distintas culturas en todo el mundo encontramos referencias que hablan de grandes lluvias, de agua, y de que la tierra quedó sumergida. Otros escritos relatan que la tierra entera fue zarandeada y que el norte se convirtió en el sur, lo que vuelve a llevarnos a algún tipo de cataclismo cósmico. También encontramos relatos que dibujaban un panorama apocalíptico en el que cielo y tierra chocaban o donde ésta se plegaba sobre ella misma. Asimismo, leemos otros escritos en que se dice que el cielo estallaba o la tierra se abría para engullir a toda la especie humana. También había diluvios de fuego o se explicaba que la temperatura aumentó tanto que los que se acercaban al agua para refrescarse morían hervidos. En el llamado Papiro Harris, encontrado en Egipto, podemos leer: “Fue un Cataclismo de fuego y agua. El sur se convirtió en el norte y la Tierra volcó“. Con el nombre de Harris hay varios papiros, todos ellos encontrados por Anthony Charles Harris y conservados en el Museo Británico. Platón, en su obra Timeo, dice: “La Tierra basculó adelante y atrás, a derecha e izquierda, moviéndose en todos sentidos“. Nos podemos preguntar qué puede haber tan poderoso que zarandee la Tierra con semejante violencia y asimismo nos podemos preguntar quién habría sobrevivido después de un cataclismo de tales proporciones para poder explicar lo sucedido. Tal vez un Diluvio universal sea poco creíble, pero un tsunami ya es otra cosa y el efecto puede ser tanto o más devastador. En un relato de indios de América del Sur se dice: “Un gruñido quebrantó cielo y tierra, y los ríos se desbordaron a su paso por las ciudades. Un mes más tarde, resonó de nuevo, enorme esta vez, y la Tierra se quedó a oscuras bajo una lluvia incesante y espesa“. Los indios Choctaw, de América del Norte, también hablaban de una ola tan alta como una montaña: “La Tierra se quedó a oscuras, cuando una luz viva alumbró todo el norte. Pero era una ola, alta como una montaña, que avanzaba a toda velocidad“. Un legendario poema lapón, en el norte de Finlandia, en Europa, también habla de un tsunami gigantesco: “Avanzaba la pared de agua, espumante, ensordecedora. Se elevó hasta el cielo, rompiéndolo todo. De un solo golpe, el suelo se levantó, se plegó, se dio la vuelta y cayó. La bella Tierra, el hogar de los hombres, se llenó del lamento de los moribundos“.

Una tradición de indígenas del Brasil, explica que: “Los relámpagos rasgaban el cielo y el trueno producía tal estruendo que los hombres se quedaron petrificados. Entonces el cielo estalló. En su caída, los fragmentos lo aplastaron todo, matando a todo el mundo. Tierra y cielo volcaron. Nada vivo quedó sobre la Tierra“. «Entonces el cielo estalló» es una descripción adecuada para indicar que algo terrorífico se nos vino encima. En América del Norte, entre las tribus Tlingit se cuenta un relato que dice: “La mayor parte de la humanidad pereció en un diluvio. Los supervivientes fueron entonces víctimas de una ola de calor a la que siguió un frío intenso y una helada“. En esta descripción aparece una novedad, ya que habla de un diluvio seguido de una ola de calor y luego un frío intenso y una helada. Es un descripción que podría coincidir con las épocas de los Dryas. Pensando en el Diluvio universal y en Noé u otros protagonistas en otras tradiciones, podemos preguntarnos si existía alguna relación entre ambos sucesos. El Diluvio universal abría un gran interrogante: ¿de dónde salió tanta agua? y ¿a dónde fue a parar luego? Y el agua no aparece ni desaparece por arte de magia. Hay una hipótesis que trata de un cometa denominado Clovis. Esta hipótesis se refiere a una gran explosión en el aire o un impacto astronómico de un objeto u objetos del espacio exterior que dio comienzo al período frío denominado Dryas Reciente hace entre 12 900 años y 10 900 años. Este escenario supone que se produjo una explosión en el aire o un impacto en la Tierra, en que un enjambre raro de condritas carbonáceas o cometas prendió fuego a vastas zonas de América del Norte, causando la extinción de la mayoría de los grandes animales en América del Norte y la desaparición de la cultura Clovis al final de la última glaciación. La cultura de Clovis, en el sur de Estados Unidos, fue considerada a mediados del siglo XX como la cultura indígena más antigua del continente americano. Su datación por radiocarbono calibrada indica un periodo entre el 10.600 y el 11.250 a. C. Esa época corresponde a los últimos años de la glaciación de Würm, la última era glacial. Estos cuerpos estelares habrían estallado principalmente sobre el enorme manto de hielo Laurentino, provocando un gigantesco tsunami que se habría extendido por toda la Tierra. Si se cree que el asteroide que exterminó a los dinosaurios pudo generar un enorme tsunami de varios kilómetros de altura y si tenemos en cuenta que algunos científicos creen que hace 1,5 millones de años se generó en el Pacífico una ola de 600 metros de altura, a causa de la explosión de un volcán en la isla hawaiana de Molokai, podemos imaginarnos algo similar al final de la última glaciación. Tal vez esta hipótesis explique la razón por la que hubo este gran diluvio del que hablan todas las tradiciones y por la que entramos en el Holoceno. Asimismo ello explicaría que no tengamos registros históricos de las épocas anteriores al Holoceno, que existan restos de fósiles marinos en altas montañas y que la agricultura se iniciase en las zonas montañosas a inicios del Holoceno. Pero todas estas referencias, ¿se refieren a los finales de la última glaciación o a épocas aún más remotas, como parece sucede con la Antártida? Misterio por resolver.

Y aquí introducimos otra teoría planteada por Immanuel Velikovski (1895 – 1979), médico, psicólogo y psicoanalista ruso, autor de varias obras especulativas, entre las que destaca Mundos en Colisión, publicada en 1950, que tal vez también tuviese alguna relación con lo que estamos comentando. Según Velikovsky, la antigua civilización de Egipto fue casi destruida por una catástrofe cósmica que puso en peligro al planeta entero. Es conocido que las antiguas civilizaciones en Asia, América, Europa y el Medio Oriente eran altamente avanzadas en astronomía. Velikovsky dice que la Tierra y Marte estuvieron involucrados repetidas veces en colisiones con un gigantesco cometa. Los eventos descritos en el Éxodo y en los papiros egipcios describen una época con plagas, agitaciones y oscuridad, y el escape de los hebreos de Egipto tras una “columna de fuego” en el Sinaí. Según Velikovsky, la Tierra sufrió un frenazo en su rotación y su eje fue levemente alterado al pasar cerca un cometa. Una serie de fuerzas electroestáticas causaron descargas que formaron arcos entre la Tierra y el cometa, por lo que se veían los cielos llenos de fuego, lo que provocaba que los bosques sufrieran incendios. La corteza de la Tierra fue rasgada y los volcanes entraron en erupción, mientras diversos terremotos sacudieron la Tierra y la oscuridad envolvió al planeta. Era en el tiempo del Éxodo. Setecientos años más tarde, Isaías, Joel y Amos describieron otra serie de eventos, incluyendo que el Sol parecía haberse detenido en el cielo. Estos fueron, de hecho, los últimos actos de un drama cósmico. El evento más temprano del cual tenemos registro es el llamado Diluvio. Todas las teorías cosmológicas asumen que los planetas han evolucionado durante billones de años. Pero, según Velikovsky, Venus fue anteriormente un cometa y se unió a la familia de los planetas. La órbita de la Tierra cambió más de una vez y, con ella, la duración del año. La posición del eje terrestre y su dirección astronómica cambió repetidamente. En fechas relativamente recientes, la estrella polar estaba en la constelación de la Osa Mayor.

Velikovsky creía que el origen del cometa que fue responsable de los cambios en la órbita de terrestre, estaba en el planeta que conocemos como Júpiter. Esta idea escandalizó a la comunidad científica. Pero sus teorías acerca de la naturaleza de Júpiter y Venus todavía no ha sido probadas ser erróneas. Velikovsky afirmó que dado que Venus era más joven que los otros planetas, la temperatura de su superficie sería mucho más caliente y su atmósfera más densa de lo que los astrónomos creían. Estas predicciones probaron ser correctas. Velikovsky predijo que se encontraría que Venus tenía anomalías orbitales con relación a los otros planetas. Posteriormente fue descubierto que Venus rota en su eje en dirección contraria a los otros planetas, y que su día es más largo que su año. Nosotros sabemos ahora que partes de la atmósfera de Venus rotan en 4 días, con vientos hasta de 400 Km./h, mientras el planeta mismo hace su rotación en 243 días. Ambas rotaciones son retrógradas. Una de las hipótesis de Velikovsky para la lentitud de la rotación de la Tierra, que hizo que el Sol pareciera haberse detenido, fue que nuestro planeta entró en la extendida atmósfera del cometa Venus. Algo de la rotación diurna de la Tierra fue afectada por esta nube de polvo, según Velikovsky, lo cual encaja con las excéntricas características de la atmósfera venusina. El cometa pasó en espiral por la Tierra en un camino siempre decreciente alrededor del Sol antes de adoptar su órbita actual como planeta Venus. Para los mayas y antes los toltecas, Venus era el objeto astronómico de mayor interés. Quizá lo conocían mejor que cualquier otra civilización que no perteneciera a Mesoamérica. Pensaron que era más importante que el Sol. Lo observaron cuidadosamente mientras se movía a través de sus estaciones y se dieron cuenta que tardaba 584 días en coincidir la Tierra y Venus en la misma posición con respecto al Sol. Además, se fijaron que transcurrían cerca de 2922 días para que la Tierra, Venus, el Sol y las estrellas coincidieran.

Cuando nos referimos al Neolítico, lo menos significativo es el paso de la piedra tallada a la piedra pulimentada. Lo importante es que algo cambió en la vida de los seres humanos, como fue la gran explosión demográfica. Después de miles de años de lentísimo progreso demográfico, el ser humano pobló todo el mundo y lo transformó. Los beneficios del clima templado del Holoceno influyeron en el desarrollo de la vida y de las civilizaciones. Pero también es posible que este mismo desarrollo haya influido o esté influyendo actualmente en el clima. Algo llevó a los grupos humanos a asentarse en un territorio determinado y sustituir su vida nómada por una vida sedentaria. Pero este proceso no fue repentino ni tampoco general. Hubo siempre pueblos nómadas, dedicados fundamentalmente a la caza, como el caso de los Hunos, así como movimientos migratorios como el de los europeos que se fueron a vivir al Nuevo Mundo en el siglo XVI. Pero los seres humanos del Paleolítico, dedicados a la caza y a la recolección de frutos, también tenían sus refugios, a los que regresaban después de sus incursiones en busca de sus presas. Y el Neolítico marca una época de asentamiento generalizado de muchos pueblos. El sedentarismo modificó las formas de vida, los hábitos y las costumbres. El cambio climático que significó el Holoceno llevó a sustituir la caza y la pesca por el cultivo de la tierra y la ganadería. Hubo seres humanos que siguieron a los renos, a los osos o a los elefantes lanudos, que migraron hacia zonas más frías, pero otros procuraron aprovecharse de las temperaturas más cálidas. En algunos antiquísimos poblados mesopotámicos se han encontrado semillas de plantas que no se producen allí espontáneamente, por lo que todo indica que fueron traídas hasta allí para ser utilizadas como simiente. Entre ellas figuran la cebada, el guisante, el garbanzo, la lenteja, seguidas del trigo, el centeno y el arroz, que se extendió por las llanuras inundables de China. El ser humano aprendió a cultivar y consumir vegetales, que enriquecieron su dieta alimenticia. Se mantuvo el consumo de carne, pero como no era posible conservar la carne de animales muertos, se optó por la ganadería de animales vivos. Ya que, a falta de hielo, no se conservaba la carne, tenían que consumirla inmediatamente. De la ganadería se obtuvo carne, pieles, lana, leche y huevos. Más tardía fue la domesticación del caballo, un animal que rindió un inapreciable servicio como animal de transporte y de monta, y que favoreció los viajes, la guerra, el comercio.

Pero el gran invento del Neolítico fue la rueda, que se cree apareció en Mesopotamia entre hace 6000 y 5000 años. Con ella el caballo se convirtió en un inapreciable animal de tiro. Esto permitió el intercambio entre pueblos cazadores y pueblos agricultores. Apareció así el comercio, tanto entre miembros de una misma comunidad como entre comunidades distintas. Por otra parte, tanto el ganado vivo como los granos podían guardarse por mucho tiempo, por lo que se impusieron los cercados y los graneros, de los cuales es posible encontrar restos en las ruinas de culturas muy antiguas. Todo ello implicaba que los seres humanos se reuniesen en agrupaciones más amplias, que necesitaban agua y lugares aptos para cultivar. Nunca hasta entonces, que sepamos, se habían visto comunidades tan numerosas. El clima parece que tuvo una evidente influencia en la vida humana. El paso del Neolítico a los grandes imperios señala el paso de la Prehistoria a la Historia. La afluencia masiva hacia el río Nilo propició la aparición del poder faraónico y la potente cultura egipcia. Al mismo tiempo, la necesidad de transmitir conocimientos dieron lugar a la aparición de la escritura, y por consiguiente de la «Historia». Pero no podemos olvidar lo que dice el egiptólogo inglés Toby Wilkinson cuando escribe que «Egipto es un don del Nilo, pero la antigua civilización egipcia fue un regalo del desierto». Algo por el estilo puede decirse de las grandes civilizaciones mesopotámicas, como la de Sumer, surgidas de la afluencia de pueblos que antes habían disfrutado de un clima monzónico, hasta que se convirtieron en tierras estériles. Pero así como el pueblo egipcio se mantuvo alrededor del Nilo a lo largo de más de 3400 años, en Mesopotamia dominaron pueblos muy diversos, de origen y culturas dispares, que fueron conquistando sucesivamente aquella región, pero heredando gran parte de la cultura y la civilización de los pueblos anteriores. También allí crecieron grandes imperios, majestuosas ciudades, y una elevada cultura y ciencia. Aunque los ríos Tigris y Éufrates están rodeados de terrenos desérticos, a través de las trazas de cultivos encontrados se supone que la región mesopotámica disfrutaba, entre hace cuatro y cinco mil años, de un clima más húmedo y lluvioso que en la actualidad. Cuando la sequía aumentó, los mesopotámicos construyeron canales que extendían las zonas cultivadas y permitían levantar ciudades a cierta distancia de los ríos, a fin de prevenir posibles inundaciones. Asimismo también levantaban diques para defenderse de las avalanchas de agua de los ríos en tiempos de crecida. Un desarrollo equivalente gracias a grandes ríos también lo encontramos en China. Allí también acudieron seres humanos que huían de la desertización de otras tierras de Asia Central, ya que China siempre siguió disfrutando de un clima monzónico. Por esta razón los chinos no se expandieron por regiones lejanas, sino que se encerraron en sí mismos, en un entorno desarrollado y refinado en sus costumbres.

En Europa, el período Epipaleolítico-Mesolítico comenzaría con la transición del Pleistoceno al Holoceno, hace unos 12.000 años, y acabaría con la adopción de la agricultura y ganadería, cuya cronología varía de unas regiones a otras de Europa. Es el último periodo en el que la producción de comida estuvo enteramente basada en la caza-recolección. Debido al cambio climático correspondiente al final de la glaciación Würm se desarrollaron complejos ecosistemas forestales y acuáticos que alteraron la biodiversidad anterior, lo que provocó la adopción de nuevas estrategias de caza y pesca. Las mujeres se encargaban de la recolección de raíces, hierbas, frutos secos, huevos, moluscos, fruta o miel, productos que probablemente tuvieron un mayor peso en la dieta que los obtenidos mediante la caza. Los artefactos se fabricaron con piedra, huesos o madera, mientras que el cuero o algunas plantas servían para vestidos, cuerdas y canastos. Las herramientas tendieron a hacerse cada vez más pequeñas e incluían delicados utensilios como anzuelos y agujas de costura. Con ámbar se fabricaron figuritas de animales. Al menos durante las fases finales, los muertos fueron enterrados en tumbas y dotados con objetos familiares, tal y como lo demuestra una tumba de Skierniewice, que data de nada menos que hace unos 7500 años, aunque está en buen estado y, aparentemente, pertenecía a un artesano. El Neolítico en Europa abarca desde la adopción de la agricultura y ganadería, hace unos 10.000 años, hasta la invención de la metalurgia. Según la visión tradicional, la adopción de los modos de vida productores, basada en cultivos y pastoreo, en Europa sería debida a la influencia de las culturas del Oriente Próximo. Los grupos neolíticos comenzaron a basar su alimentación en el cultivo de trigo, cebada y centeno, a la par que domesticaban cabras, ovejas y bueyes, así como asnos, caballos o renos. También empezaron a hacerse más sedentarios, apareciendo los primeros poblados cerca de los ríos y lagos. Asociados a este periodo están la invención de la cerámica, del arado, la hoz, el molino de mano para moler cereales, así como los primeros tejidos hechos de lino y lana. La minería del sílex representa la mayor industria de este período, pero también se extraían obsidiana o variscita. Los útiles de piedra pulimentada sustituyeron en parte a los de piedra tallada y las manifestaciones artísticas se redujeron, cambiando radicalmente su tipología.

Las quemas de bosques para obtener tierras de cultivo y pastos se generalizaron, reduciéndose por primera vez la superficie arbolada. Aunque muchos cultivos se plantaban en huertos junto a las viviendas, el trigo y la cebada solían ser cultivados en pequeños campos cercanos, con lo que el área usada por un solo asentamiento podía tener un radio de unos 5 km. Las comunidades agrarias alrededor del río Danubio estaban en contacto unas con otras e intercambiaban bienes a través de largas distancias, como el ámbar del Báltico, que llegaba hasta el Mediterráneo. Uno de los grupos culturales más significativos sería el de la cerámica de bandas, en Europa central, cuyo apogeo data del período 5500 – 4500 a.C. Formaron grandes comunidades rurales, mantenían ganado, cultivaban cereales y producían una alfarería característica. Desde la península ibérica se extendió a partir del 2900 a.C. el vaso campaniforme, cuyo límite de expansión oriental fue el sudeste de Polonia. Asociados al vaso campaniforme hay una serie de elementos nuevos, como los conocimientos metalúrgicos o los enterramientos individuales, que se extendieron por toda Europa. Pero en aquella época no se formaron grandes imperios en Europa. ¿Fue por razones climáticas? Se sabe que hace cuatro o cinco mil años Europa era un poco más húmeda y lluviosa que actualmente, abundaban los bosques y los pastos y la cruzaban innumerables ríos. Las cosechas, aunque de especies diferentes, se daban en todas partes. Los animales domésticos, como ovejas y vacas podían criarse en cualquier lugar. Por ello durante miles de años no fue necesario crear grandes imperios en Europa. Los logros de las grandes civilizaciones, propias de países rodeados de desiertos y cruzado por enormes ríos, acabarían llegando a Europa a través de las culturas de Mesopotamia y Egipto. Ello permitiría el desarrollo de las culturas mediterráneas, y más tarde pasaría del área mediterránea al centro y norte del continente europeo y, con ello, la formación de grandes entidades estatales. Pero todo esto no tiene mucho que ver con los cambios climáticos. El profesor de antropología Brian Murray Fagan ha observado que las comunidades civilizadas son más vulnerables a los cambios climáticos que los pueblos que viven en un estado más o menos salvaje, ya que tienen más capacidad de adaptarse a los cambios en el entorno.

En el Neolítico ya comenzó a hacerse visible esta vulnerabilidad. Cuando cambia el clima, aunque sea por una simple oscilación del régimen de vientos y corrientes, es complicado abandonar ciudades construidas a lo largo de generaciones, así como tener que abandonar las zonas de cultivo. Ya se había perdido la costumbre de cazar para vivir o edificar chozas con ramajes para soportar los días del invierno. El hombre del Neolítico, por lo tanto, se hizo más vulnerable. Pero sobrevivió porque durante el Holoceno todavía no se han producido cambios climáticos catastróficos. Algunos historiadores daneses han estudiado el desplazamiento de los bancos de pesca, debidos a variaciones del clima, a través del movimiento de pueblos que se dedicaban a la pesca. El paleontólogo e historiador español Ignacio Olagüe trata de explicar la evolución de algunos pueblos mediterráneos en función de las fluctuaciones pluviométricas, y propone la hipótesis de que la decadencia de España en el siglo XVII se debe en gran parte al predominio del frente polar, u oscilación del Atlántico Norte, un fenómeno climático en el norte del océano Atlántico, con fluctuaciones en la diferencia de presión atmosférica entre la baja presión islandesa y la alta presión de Azores, o anticiclón de las Azores. Moviéndose de este a oeste, entre la baja presión de Islandia y la alta presión de Azores, va controlando la fuerza y dirección de los vientos del oeste y las formaciones tormentosas a través del Atlántico Norte. Se observa que tiene una alta correlación con la oscilación ártica. Amanda Laoupi, arqueóloga y especialista en desastres, además de profesora de la Universidad Nacional de Atenas, ha escrito un interesante libro, Arqueología de desastres. la ciencia de los archeodisasters, sobre las grandes catástrofes que operaron sobre el hombre, tales como volcanes, terremotos, tsunamis, epidemias y pestes. Pero también hace referencia a los cambios climáticos como causantes de catástrofes. Todas las hipótesis son dignas de ser tenidas en cuenta. El clima, casi siempre en continua evolución, es evidente que ha condicionado los comportamientos humanos y la vida en general. Y tal vez todos estos factores catastróficos han provocado que la vida en el planeta Tierra haya tenido que reinventarse diversas veces a lo largo de la existencia de nuestro planeta.

Hoy en día no estamos hablando de cómo el clima condiciona a los seres humanos sino cómo los seres humanos condicionamos el clima. A partir de la revolución industrial, y sobre todo en los últimos decenios, se nos dice que estamos calentando la Tierra. Nos parece menos posible que los seres humanos prehistóricos, escasos en número y dedicados a la caza y a la recolección, hayan sido capaces de provocar un cambio climático significativo. Varios profesores de la universidad danesa de Roskilde, como son Niels Schrøder, L. H. Pedersen, R. Joll, han escrito un interesante trabajo, 10.000 Years of Climate Change and Human Impact on the Environment in the Area Surrounding Lejre, sobre la influencia del hombre en el clima desde hace 10.000 años. Quizá el primero que sostuvo esta tesis fue el paleo-climatólogo y profesor emérito de la Universidad de Virginia, William F. Ruddiman. Los intereses de investigación de Ruddiman se centran en el cambio climático durante varias escalas de tiempo. Ruddiman es conocido por su hipótesis del antropoceno antiguo, en la que los cambios inducidos por el hombre en el volumen de gases invernadero en la atmósfera no se iniciaron en el siglo XVIII, con el advenimiento de las máquinas a carbón de la era industrial, sino que se remontan a hace 8000 años, provocada por las actividades agrícolas intensas de nuestros antepasados. Fue en ese momento que las concentraciones de gases de efecto invernadero atmosférico dejaron de seguir el patrón periódico de subidas y caídas que había caracterizado con exactitud su comportamiento pasado a largo plazo, un patrón que está bien explicado por las variaciones naturales en la órbita de la Tierra, conocidas como ciclos de Milankovitch. En su hipótesis de glaciación retrasada, Ruddiman afirma que una edad de hielo incipiente probablemente habría comenzado hace varios miles de años, pero esa edad de hielo no llegó por las actividades de los primeros agricultores. La hipótesis de la glaciación de retraso ha sido cuestionada con el argumento de que las explicaciones alternativas son suficientes para explicar la actual anomalía cálida sin recurrir a la actividad humana, pero Ruddiman cuestiona la metodología de sus críticos.

Llamamos Antropoceno a la época geológica propuesta por parte de la comunidad científica para suceder o remplazar al denominado Holoceno, la época actual del período Cuaternario en la historia terrestre, debido al presunto significativo impacto global que las actividades humanas están teniendo sobre los ecosistemas terrestres, especialmente ilustradas por la denominada ‘extinción masiva del Holoceno’. No hay un acuerdo común respecto a la fecha precisa de su comienzo. Algunos consideran que se inició con la Revolución Industrial, a finales del siglo XVIII, mientras que otros investigadores remontan su inicio al comienzo de la agricultura, lo que abarcaría prácticamente todo el Holoceno. Ruddiman también es conocido por su hipótesis, publicitada en la década de 1980, de que el levantamiento tectónico del Tíbet creó la circulación monzónica altamente estacional que domina actualmente Asia. Ayudado por Maureen Raymo desarrolló la hipótesis en la que el levantamiento de la cordillera del Himalaya y la meseta tibetana causó una reducción en el dióxido de carbono atmosférico (CO2) a través de aumentos en la meteorización química, que es el conjunto de procesos llevados a cabo por medio del agua o por los agentes gaseosos de la atmósfera, como el oxígeno y el dióxido de carbono, y, por lo tanto, era un factor importante en la tendencia de enfriamiento del Cenozoico que finalmente llevó a las más recientes glaciaciones. Para Ruddiman todos los cambios climáticos anteriores al hombre fueron provocados por agentes naturales, ya sea la actividad solar, los ciclos de Milankovitch, la posición de los anticiclones y las borrascas, o las corrientes marinas. Desde entonces «fuimos nosotros» uno de los factores del cambio. Para su hipótesis, Ruddiman se basa en la evolución de la tasa de metano. Desde hace 8000 años la cantidad de metano debiera haber disminuido, de acuerdo con los factores naturales. Pero, sin embargo, contra toda previsión lógica, ha aumentado. Todo indica que las talas sistemáticas de árboles, la roturación de los terrenos, los cultivos, especialmente de arroz, así como también la ganadería de rumiantes, han disparado la liberación de metano, que produce un efecto invernadero. Ruddiman también dice que «Antes de construir ciudades, antes de inventar la escritura, antes de fundar las grandes religiones y los grandes principios filosóficos, ya estábamos alterando el clima: estábamos cultivando». Tim Flannery, otro paleo-climatólogo, afirma que, por lo menos, la mitad del calentamiento global fue provocado por el hombre antes de la Revolución Industrial. El climatólogo y ecologista argentino, Diego Moreno, ha afirmado que «desde el Neolítico, el espacio natural ha dejado de existir, porque está manufacturado por los seres humanos».

Después de una serie de años cálidos del inicio del Holoceno, hace entre unos 6200 y 5800 años entramos en una época más fría, que todo indica fue por una nueva interrupción de la Corriente del Golfo. Quienes sufrieron este enfriamiento fueron principalmente los europeos, por culpa del debilitamiento de la Corriente del Golfo, así como los asiáticos del suroeste, que ya habían fundado grandes culturas. La cultura china, según la mitología, se inaugura con los tres emperadores originarios: Fuxi, Shennong y el Emperador Amarillo Huang, este último considerado como el verdadero creador de la cultura china. Sin embargo, no existen registros históricos que demuestren la existencia real de estas personalidades que, de acuerdo con la transmisión oral de generación en generación, habrían vivido hace unos 5000 a 6000 años. Este enfriamiento no fue una catástrofe, pero sí tuvo efectos sobre la vida de algunos pueblos, como los mesopotámicos, que habían conseguido un importante grado de civilización. Muchas zonas sufrieron sequías y fueron abandonadas para migrar a zonas con más abundancia de agua. Y, de nuevo, alrededor de hace 5800 años, regresaron las temperaturas más suaves. Se supone que en aquella época se produjo la invasión del mar Negro por el mar Mediterráneo. Las evidencias indican que hace cuatro millones de años el mar Mediterráneo, reducido a una serie de lagos salados, recibió las aguas del océano Atlántico hasta convertirse en un mar. Pero el mar Negro, antiguamente llamado lago Euxino, siguió aislado y hasta hace unos seis mil años todavía era un lago de agua dulce. Ello era debido a que el clima más húmedo provocó que los grandes ríos que desembocaban en él, como el Danubio, el Dniester, el Dnieper, o el Don, endulzaran sus aguas, de la misma manera como el río Volga endulza el mar Caspio, uno de los remanentes del antiguo mar de Thetys. Lo que ahora es el mar Negro tenía entonces una extensión más o menos la mitad que la actual. En lo que ahora es el fondo del mar Negro se han encontrado restos de comunidades humanas que pescaban o cultivaban la tierra. Ello se ha podido averiguar gracias a que Robert Ballard, un famoso oceanógrafo, conocido por su trabajo en arqueología submarina, utilizando robots submarinos encontró restos de poblados humanos en lo que en otro tiempo fueron las orillas de un lago, hoy cubiertas por aguas saladas.

Debido tal vez a una importante subida del nivel del mar Mediterráneo o por la apertura de una falla, se produjo el paso del agua, que rompió los estrechos de la actual Turquía. De esta manera se repitió la antigua historia del Mediterráneo, cuando lo invadió una cascada de agua desde el océano Atlántico. Pero esta vez había seres humanos para presenciar el terrible espectáculo y dejar constancia del mismo. En el Bósforo, donde hoy está Estambul, y donde el moderno puente del Bósforo une en poco más de un kilómetro Europa y Asia, se generó una tremenda cascada, doscientas veces más caudalosa que la del Niágara y de unos 150 metros de desnivel. La cascada duró dos o tres años, hasta que la altura de las aguas se igualó. Se calcula que el crecimiento del nivel del lago Euxino, desde entonces mar Negro, fue de unos 15 centímetro por día; pero como las orillas eran llanas, la costa retrocedía aproximadamente un kilómetro cada día. Quizá muchos pobladores de la zona de irrupción de las aguas fueron sorprendidos por la avalancha y perecieron bajo el inmenso torrente, mientras que el resto de los habitantes de las llanuras rumanas o ucranianas tuvieron tiempo de evacuar sus tierras, a costa de tener que huir de la catástrofe, y vieron inundados sus poblados, sus cultivos y sus pertenencias. Para Fagan aquel fue «uno de los desastres naturales más grandes que han afectado a la humanidad». Los geólogos William Ryan y Walter Pitman, de la Universidad de Columbia, han planteado una posible inundación del mar Negro, que durante la última era glacial pudo haber sido un lago de agua dulce cuyo nivel descendió considerablemente. Al terminar la era glacial, con el aumento del nivel de los océanos, la estrecha franja de tierra que lo separaba del mar Mediterráneo se habría erosionado causando una inundación catastrófica en toda la cuenca del mar Negro, que habría aumentado su nivel e inundado grandes extensiones de superficie en tal vez unas pocas semanas. Existen pruebas convincentes de que esta inundación del mar Negro efectivamente ocurrió, pero no parece que sea el recuerdo de este hecho el que dio origen a las historias del Diluvio. No obstante, el Poema de Gilgamesh sería compatible con esta interpretación, pues en él se indica “La vasta tierra se hizo añicos como una perola. Durante un día la tormenta del sur sopló, acumulando velocidad a medida que soplaba, sumergiendo los montes, atrapando a la gente como en una batalla“. Los habitantes de la región del Mar Negro habrían visto, por tanto, llegar la inundación o tsunami procedente del sur, sumergiendo montes y atrapando a la gente. Los supervivientes de dicha inundación podrían haberse desperdigado a su alrededor dando lugar a la zona de influencia del idioma indoeuropeo junto con sus mitos.

De hecho, en el Poema de Gilgamesh se relata que el único superviviente, Utnapishtim, “residirá lejos, en la boca de los ríos“. Es decir, probablemente en la baja Mesopotamia y en la desembocadura de los ríos Tigris y Eúfrates. Descartando el uso de pruebas de carbono-14 y otros modelos de determinación de la edad de los distintos períodos de la Tierra, se presenta la hipótesis de que todas aquellas culturas que refieren un evento en la antigüedad relacionado con el impacto de un asteroide, como en Yucatán, México, o con un tsunami atlántico, se encuentran de hecho refiriéndose seguramente al mismo evento cataclísmico provocado por el impacto de un asteroide en la zona del golfo de México, provocando una vaporización y atomización del agua salina, y la precipitación de aguas del Océano Atlántico por el Mediterráneo, con rumbo al valle de Persia (actual Irán) en la forma de un tsunami gigante, así como la consecuente formación de nubes cubriendo todo el planeta y causando daños a corto y medio plazo. Se asocian las crecidas de los ríos en los que se desarrollaron las primeras civilizaciones con las catástrofes que afectaron a las primeras comunidades urbanas del Tigris y el Éufrates. En este sentido existe una amplia tradición local que asocia estas catástrofes con el diluvio del Génesis bíblico-mesopotámico. Se ha teorizado que el Diluvio pudo ser en realidad un tsunami mediterráneo producido por el estallido del volcán Etna en la ribera oriental de Sicilia. Una investigación publicada en 2006 sugiere que ello ocurrió alrededor del año 6000 a.C. y causó un enorme tsunami que dejó su marca en varios lugares del mar Mediterráneo oriental, como en el asentamiento de Atlit Yam (Israel), hoy día bajo el nivel del mar, que fue abandonado repentinamente alrededor de esa época. Por otro lado, se sugiere que el mito del diluvio universal estaría relacionado con la teoría de la catástrofe del supervolcán Toba. La teoría de la catástrofe de Toba explica un hecho que se produjo en el norte de la isla de Sumatra, en Indonesia, hace entre 70 y 75 mil años, cuando un supervolcán situado en el lago Toba entró en erupción. Walter Pittman y William Ryan han estudiado la salinización del Euxino (mar Negro) y el cambio radical de la fauna. Hoy la antigua costa queda sumergida y es posible rastrear la primitiva forma y extensión del lago, convertido de pronto en un mar. Pero el mar Negro sigue siendo uno de los mares más extraños del mundo. Su superficie está formada por aguas frías y de menor salinidad. Parece que las aguas saladas del Mediterráneo, más densas, ocuparon el fondo. En todos los mares la temperatura desciende conforme profundizamos; pero en el mar Negro este descenso es muy poco sensible, de modo que las capas profundas son relativamente más calientes que en otros mares, mientras que la superficie es mucho más fría, más rica en oxígeno y de agua algo menos salada que el Mediterráneo. Las dos capas, después de miles de años, siguen sin mezclarse. Por el contrario los niveles profundos son muy pobres en oxígeno disuelto, y por tanto con muy poca vida. Hay así como dos mares distintos superpuestos y encerrados en el mismo espacio geográfico.

La población que habitaba las costas del lago Euxino se retiró hacia el interior, especialmente hacia Ucrania, y tal vez por falta de agua dulce en cantidades suficientes parte de ella emigró hacia la cuenca del río Danubio, a donde llevó sus técnicas de cultivo, contribuyendo a introducir el Neolítico en Europa. Se ha descubierto que amplias zonas de Rumanía y hasta de Hungría, ocupadas por bosques, fueron deforestadas en aquella época para poder ser cultivadas. El hombre huyó de un cambio climático desfavorable, y al sustituir el bosque por áreas de cultivo pudo influir en otro cambio posterior. Es bien sabido que el clima mediterráneo se diferencia claramente del atlántico. El primero es soleado y más bien seco, con un máximo de lluvias en otoño, mientras que el clima atlántico sufre borrascas y lluvias durante la mayor parte del año, aunque su clima es relativamente templado. Pero el límite entre los dos climas ha sufrido frecuentes alteraciones, ya que unas veces el clima mediterráneo llegaba hasta el centro de Europa, mientras que en otras el clima atlántico influía en la costa mediterránea francesa e italiana. Cuando el límite entre ambos climas estaba más al norte, había sequía en el Norte de África y el Oriente Medio, mientras que cuando el límite estaba más al sur, las lluvias llegaban con más frecuencia al área mediterránea y sus alrededores. Los antropólogos norteamericanos Carole L. Crumley and William H. Marquardt, en su libro Historical Approaches to the Assessment of Global Climate Change Impacts, han analizado estas oscilaciones y dan algunas posibles fechas para aquel evento. Parece que fue una de estas oscilaciones la que provocó, entre hace 5800 y 5500 años, la desertización del Sahara. También parece que desapareció el régimen monzónico de muchas regiones del Oriente Medio, provocando la sequía incluso en Mesopotamia. El Éufrates y el Tigris dejaron de crecer durante los monzones de verano, pero sí que se produjeron algunas lluvias invernales. Por esta razón los pueblos que habitaban la cuenca de los dos grandes ríos se vieron obligados a modificar  sus costumbres agrícolas, teniendo que plantar y cosechar en otras épocas del año y también teniendo que utilizar otras especies vegetales, lo que influyó en su tipo de alimentación.

En toda el área mesopotámica, después de unos trescientos años de clima favorable, entre hace 5500 y 5200 años, llegó una nueva época de sequía. Ello provocó que la población migrase a los lugares donde abundaba más el agua, o bien se realizaron importantes obras de irrigación para hacer llegar el agua a las grandes ciudades, lo que incrementó la necesidad de una potente organización. Según Fagan, hasta aquella época los recursos de la tierra habían podido repartirse de forma bastante equitativa. Pero a pesar de la construcción de graneros, los más ricos son los que pudieron mantener reservas para los tiempos más difíciles. También hay evidencias de que se construyeron nuevos canales para conducir y almacenar el agua. Algunas ciudades decayeron, entre ellas la famosa Ur, una de las cunas de la civilización mesopotámica, concretamente la de Sumer, supuestamente por una desviación del río Eufrates, que convirtió sus tierras en estériles. Ur fue una antigua ciudad del sur de Mesopotamia. Originalmente, estaba localizada cerca de Eridu y de la desembocadura del río Éufrates en el golfo Pérsico. Hoy en día, sus ruinas se encuentran a 24 km al suroeste de Nasiriya, en el actual Irak. Los primeros restos de Ur pertenecen al período de El Obeid, durante el V milenio a.C., en el cual se produjeron los primeros asentamientos urbanos en la zona. Ur es, por tanto, una de las ciudades más antiguas de Sumer. También fue, según la Biblia, la ciudad cuna del profeta y patriarca hebreo Abraham. Durante el IV milenio a.C., la gran cantidad de cerámica encontrada parece indicar que Ur pudo haber sido un centro importante de producción. Esta situación se prolongó hasta el período Yemdet-Nasr, hace unos 5000 años. En algún momento del milenio siguiente se produjo una inundación de carácter local que dejó una importante capa de lodo en los estratos. Otras ciudades, más tarde famosas, se fundaron sobre terrenos más favorables. Alrededor de hace 4800 años los sumerios construyeron un poderoso imperio que ocupó buena parte de Mesopotamia, y que conoció una era próspera y de elevada cultura. Sin embargo, hace unos 4500 los acadios, procedentes del Norte, menos civilizados y más agresivos, ocuparon el territorio y se apropiaron de la cultura de los vencidos. La historia nos dice que Mesopotamia fue siempre una región conquistada por unos y otros, pero que, sin embargo supieron conservar su legado cultural.

Alrededor de hace 4200 años hay vestigios de una gran erupción volcánica en algún lugar del hemisferio Norte, que cubrió de cenizas buena parte de las zonas habitadas. Nos podemos preguntar si fue una explosión volcánica la que provocó una catástrofe en regiones muy civilizadas, como Egipto, Mesopotamia, India o China. Tal vez fue la erupción de la Caldera de Bandama, una caldera volcánica de grandes dimensiones y paredes escarpadas, situada en el noreste de la isla de Gran Canaria, que, más o menos, sufrió erupciones por aquella época. O tal vez alguna otra causa que aún desconocemos. Se tienen registros de ciudades que desaparecieron en aquella época. Es curioso que corresponde a la época de Abraham y de la destrucción de Sodoma y Gomorra, en que algunos investigadores, como Zecharia Sitchin, hablan incluso del uso de armas nucleares o similares contra estas ciudades y el Sinaí. Lo que se sale de lo normal es la larga sequía que siguió, que no puede ser atribuida al efecto de un volcán, cuyas cenizas repartidas por la atmósfera pueden durar unos años, pero no durante unos siglos. Tal vez fue, como opinan otros arqueo-climatólogos, a causa de una oscilación de la Corriente del Niño que habría debilitado el monzón del océano Índico. O tal vez fueron varias causas distintas. El hecho es que hace unos 4200 años decae el imperio acadio en Mesopotamia. Samuel Noah Kramer, autor del interesante libro La historia empieza en Sumer, cita el testimonio de un escriba que lamentaba la escasez angustiosa de agua: «ningún terreno se podía regar, faltaba la vegetación, el hambre era cruel...»… Los egipcios hablan de «trescientos años de sequía», hace entre 4200 y 4100 años. Conocemos que se secó el lago egipcio El Fayum, una gran superficie de agua dulce en la antigüedad, pero actualmente de agua salada y dimensiones más reducidas. ¿De dónde vino esta agua salada? ¿Tal vez de un tsunami? El Fayum es un inmenso oasis del desierto de Egipto, que se extiende por debajo del nivel del mar dentro de una enorme depresión del desierto Líbico y que comprende un oasis casi circular. Se encuentra a unos treinta kilómetros al oeste del Nilo. Asimismo se sabe que después del largo reinado del faraón Neferkara Pepy II, que reinó aproximadamente entre hace 4255 y hace 4165 años, sobrevino una época de dificultades, guerras, revoluciones, saqueos, por lo que un testimonio de la época explica este dramático relato: «todo el país parecía un saltamontes hambriento… las gentes huían al Norte o al Sur… los padres llegaron a comer a sus propios hijos…» El Nilo, que en aquella época no crecía, se llenó de bancos de arena. Como en Egipto no llueve, dependen de que el río Nilo se llene con el agua que los monzones depositan miles de kilómetros más al sur, en África Centro Oriental. Y si no llegan los monzones, Egipto se muere de sed y hambre.

Por todas estas causas, debidas al clima y otros factores, desapareció el Imperio Antiguo egipcio. Más tarde, una vez pasada una época de desastres, se fundó el Imperio Medio, con capital en Tebas, que tendría periodos de gran esplendor. También en Asia Central y Oriental hay señales de que hubo una época de sequías. Aunque no siempre es fácil sincronizar cronológicamente hechos históricos con fenómenos climáticos, dan más pistas de lo que uno podría esperar. Existen suficientes vestigios para suponer que hubo un régimen seco y más frío hace cerca de 5000 años. Después, hace entre 4000 y 3900 años pueden rastrearse vestigios que indican una distribución estacional más regular de las lluvias. Y sobre todo, desde hace 3900 años se produjo una prosperidad casi general en Oriente Próximo y Oriente Medio. Pero algo catastrófico sucedió en el Mediterráneo oriental, un desastre lo suficientemente terrible como para poner fin a las prósperas civilizaciones de la región. Según análisis por medio del radiocarbono se considera que la fecha fatídica fue entre hace 3628 y 3627 años, pero los arqueólogos prefieren una fecha algo más reciente, alrededor de hace 3600 años. Aunque fue un fenómeno volcánico y no estrictamente climatológico, tuvo repercusiones inmediatas en el clima. La caldera del volcán Thera, en la isla de Santorini, fue, hace unos 3600 años, el centro de un volcán que estalló con tremenda fuerza, y provocó una de las mayores catástrofes que se conocen. En aquella isla, lo mismo que en otras islas del Egeo, y especialmente en la isla de Creta, dominaba en aquel tiempo la civilización minoica. Se levantaban grandes palacios, con maravillosas pinturas murales y preciosos relieves decorativos. Los minoicos eran expertos en una cerámica de gran belleza. También eran buenos navegantes y tenían relaciones comerciales con Asia Menor y con las costas de la Europa mediterránea. De repente la profunda caldera del volcán estalló con tremenda fuerza y la isla de Santorini quedó materialmente destruida, muriendo todos sus habitantes. La explosión fue oída a más de mil kilómetros de distancia, mientras que la onda expansiva causó daños en todo el mar Egeo y alrededores. Una nube de polvo y gases sulfurosos cubrió todo el Mediterráneo oriental, por lo que en Creta se hizo totalmente de noche. Las crónicas egipcias dicen que la oscuridad duró nueve días y se temió que el Sol no volviese a salir nunca más. Al mismo tiempo, por si faltaba algo, sobrevino un grave terremoto que produjo un tsunami que barrió las costas de la zona. El norte de la isla de Creta resultó asolado, desaparecieron las poblaciones costeras y se hundieron todos los barcos.

Analizando los vestigios de vegetación existente, especialmente de semillas, se deduce que la catástrofe se produjo en primavera. Aquel año el verano fue menos caluroso y el invierno fue más riguroso debido a la débil acción del Sol. Todas las regiones próximas a Santorini sufrieron seriamente las consecuencias, pero los efectos del desastre se percibieron en todo el mundo, aunque más atenuados. Hasta en China notaron los efectos. La civilización minoica sufrió tanto los efectos de la catástrofe que prácticamente desapareció, como sucedió con la población del norte de Creta, junto con sus plantaciones y sus navíos. Los palacios edificados en lo alto de montañas todavía resistieron, pero con importantes daños. El comercio que sostenían con las otras islas, con el continente europeo y con Asia Menor ya no se recuperó. Aunque puede que otras causas contribuyesen a la decadencia de la civilización minoica, es evidente que la catástrofe del volcán Thera, en Santorini, fue la principal causa. Poco más tarde, los micénicos de Grecia invadieron Creta sin encontrar apenas resistencia. La civilización micénica se desarrolló en el período prehelénico, al final de la Edad del Bronce, entre hace 3600 y 3200 años. Representa la primera civilización avanzada de la Grecia continental con sus estados palaciales, su organización urbana, sus obras de arte y su sistema de escritura. Los restos de la civilización minoica les sirvieron para edificar nuevos palacios, levantar columnas, pintar frescos y crear una cultura que influiría decisivamente en la cultura griega. Desde el punto de vista climático aquel frío duró varios años, pero no fue un episodio prolongado. Luego el frío se volvió atemperar. El climatólogo B. Holzhauer y su equipo llevaron a cabo un análisis de los glaciares de los Alpes, descubriendo que hubo un periodo cálido durante la Edad del Bronce, que se calcula ocurrió entre hace 3450 y 3250 años, durante el cual los glaciares alpinos se encogieron considerablemente, siendo menos extensos que actualmente. Esto no deja de ser sorprendente cuando se nos dice que estamos viviendo uno de los periodos históricos más cálidos de los últimos 5.000 años. Pero los glaciares no nos aseguran la temperatura de una época determinada, porque dependen no solo del frío existente sino también de la precipitación que haya. Pero el estudio del equipo de B. Holzhauer merece ser tenido en cuenta, por lo que podemos considerar que tuvimos una época templada de unos doscientos años de duración. Pero como el clima oscila, el frío regresó algunos siglos más tarde.

Al fin llegamos a un nuevo periodo frío durante la Edad del Hierro. Los paleo-climatólogos sitúa esta época más fría aproximadamente entre hace 2900 y 2300 años. La antropóloga Amanda Laoupi reduce este tiempo a entre hace 2800 y 2500 años. Se sabe que el frío ya había comenzado alrededor de hace 3000 años. William J. Borroughs, en A Guide to Weather, advierte claras señales de descenso térmico en Gran Bretaña, Alemania y Escandinavia. Nos dice que el bosque europeo se desplazó hacia el Sur y el viñedo retrocedió hasta el Mediterráneo, incluso desapareciendo del norte de Italia. Lo mismo ocurrió con la ganadería y la fauna, que emigró hacia climas más benignos. Gerard. C. Bond, en su libro Iceberg Discharge into the North Atlantic on Millennial Time Scales during the Last Glaciation, ha constatado que hubo una mayor penetración de los hielos flotantes en el Atlántico y una notable ampliación de los glaciares alpinos. Todo lo que se ha sabido sobre aquella época hace pensar en una ofensiva del frío, sin llegar a ser una pequeña glaciación. Los climatólogos españoles M. Aguilar, C. Espinosa creen que hace tres mil años el clima en la Península Ibérica era más frío y húmedo que actualmente, a diferencia de otras zonas del Mediterráneo y Oriente Medio, donde era más frío, pero más seco. Sin duda, al estar en el límite del clima atlántico/mediterráneo provocó que la mayor parte de la Península Ibérica estuviese bajo el predominio de los frentes de lluvia, con un clima  más parecido al que hoy tienen en las islas Británicas o Alemania. Los antiguos «Pueblos del Mar», que es como son denominados en inscripciones egipcias, y especialmente en las paredes del templo de Amón, en Medinet Habu, localidad situada en la orilla occidental del Nilo, frente a Tebas, aluden a las luchas del faraón Ramsés III contra unos invasores que quisieron conquistar el delta del Nilo. Para los egipcios, aquellos invasores vinieron del mar. Hoy sigue siendo complicado identificar a los «Pueblos del Mar». Pero sí es cierto que el imperio hitita, que llegó a ser una gran potencia y fue rival de los egipcios, acabó colapsando, y su capital, Hattusa, situada en el centro de Anatolia, junto al río Kizil-Irmak, fue destruida. En aquellos tiempos también cayó la civilización micénica, y nuevos pueblos se establecieron en lo que luego iba a ser Grecia. Egipto se mantuvo, pese a algunas derrotas, pero perdió una parte de su influencia en la zona del Egeo. El movimiento de los «Pueblos del Mar» podría estar relacionado con la destrucción de Troya por los aqueos, los cuales, deseosos de controlar el paso de los estrechos turcos, habrían asaltado la fortaleza de Troya más o menos en la época del denominado «frío homérico», por corresponder al tiempo de Homero.

Un equipo de científicos europeos han publicado en la revista Nature Geoscience que han descubierto que las condiciones climáticas pueden verse afectadas por un gran mínimo en la actividad solar. En efecto, científicos del Centro Alemán de Investigación sobre Geociencias, en colaboración con colegas de Suecia y Países Bajos han encontrado vestigios que muestran que, hace 2800 años, Europa sufrió un enfriamiento abrupto acompañado de un aumento de humedad y viento, que coincidió con una reducción prolongada de la actividad solar. Su estudio se basó en el análisis de los sedimentos del lago Meerfelder Maar, situado en Eifel, Alemania. Emplearon los métodos más modernos a su disposición, para determinar las variaciones anuales de los parámetros climáticos y la actividad solar. El lago es un cráter volcánico creado por el contacto entre aguas subterráneas y lava ardiente. Normalmente este tipo de volcanes están cubiertos de agua y forman una laguna cratérica de poca profundidad. La región de Eifel, zona donde se describió por vez primera este lago volcánico, se caracteriza por haber experimentado en el pasado una intensa actividad volcánica. El estudio referido desveló que un gran mínimo en la actividad solar es capaz de modificar las condiciones climáticas de Europa occidental mediante cambios en los patrones de circulación atmosférica.. Hace 2800 años, aproximadamente cuando Homero escribió los poemas épicos de la Ilíada y la Odisea, se produjo uno de estos periodos, lo que provocó en Europa occidental un cambio climático apreciable en menos de una década. El lago volcánico estudiado proporcionó unos sedimentos laminados estacionales excepcionales que permitieron datar con precisión incluso cambios climáticos de poca duración. Los resultados muestran que durante un periodo de doscientos años aumentó la intensidad de los vientos primaverales con un predominio del clima frío y húmedo. Gracias, además, al empleo de simulaciones, el equipo científico sugirió la existencia de un mecanismo que puede explicar la relación entre la debilidad de la radiación solar y el cambio climático. Según Achim Brauer, promotor del estudio: «El cambio en la dirección y la intensidad de los sistemas de vientos troposféricos podría estar relacionado con procesos estratosféricos que, a su vez, se ven afectados por la radiación ultravioleta. Esta compleja cadena de procesos actúa, por lo tanto, como un mecanismo de retroalimentación positiva que podría explicar por qué variaciones tan pequeñas en la actividad solar han causado cambios climáticos regionales». Achim Brauer indicó que estos resultados no pueden proyectarse al futuro debido a que el clima actual se ve afectado, además, por factores relacionados con la actividad de los seres humanos. No obstante, proporcionan un indicio claro de un aspecto aún poco conocido del sistema climático.

No obstante, la historia sigue desconociendo una parte de lo que ocurrió y sobre quiénes fueron «los Pueblos del Mar». Todo parece indicar que fue una migración de pueblos que probablemente buscaban un clima más benigno. Lo que parece evidente por los vestigios encontrados es que algunos «Pueblos del Mar» conocían el uso del hierro. También sabemos que los egipcios, que no tenían minas de hierro, trabajaban el bronce, por lo que utilizaban este metal para sus armas, y todo indica que en la guerra de Troya se utilizaron armas de bronce. El hierro que emplearon los «Pueblos del Mar», mucho más duro y penetrante que el bronce, pudo ser un arma imbatible para los egipcios. De ahí que se haya hecho referencia a la época fría de la Edad del Hierro. Lo que es evidente es que hubo migraciones de pueblos alrededor de hace unos 3000 años, y que también hubo por entonces un fuerte descenso de las temperaturas. Tiene bastante sentido relacionar ambos hechos. El filósofo griego Aristóteles consideraba que el desarrollo de una elevada cultura y una refinada civilización solo era factible a orillas del mar Mediterráneo. Pero probablemente desconocía que en otras partes del mundo, como China, también existían grandes civilizaciones y culturas. Pero es evidente que un clima favorable ayuda al desarrollo de las actividades humanas. No obstante, el devenir de los seres humanos no depende solo de las condiciones climáticas, ya que también se desarrolló bajo duras glaciaciones y se crearon poderosos imperios en zonas desérticas. Sin embargo, es evidente que en el Mediterráneo de la época clásica surgieron y prosperaron dos pueblos, el griego y el romano, Todo esto bajo un clima benigno, que duró en la región mediterránea, más o menos, desde el año 500 a.C. al 500 d.C.. Unos mil años sin grandes perturbaciones climáticas, que casi constituyen una excepción  en la historia del clima. Por ello no es extraño que el Mediterráneo tuviera un papel determinante en el desarrollo de aquellas civilizaciones. Normalmente se concede más importancia a las grandes alteraciones climáticas que a las normalidades climáticas, que permiten vivir y desarrollarse sin sobresaltos. De todas maneras, en la época clásica griega, sobre los años 500 a.C. a 300 a.C. es casi seguro que el clima se enfrió ligeramente, algo más frío que el que tenemos en el siglo XXI, mientras que todo indica que el clima que disfrutaron los romanos, sobre todo entre el siglo I y el III d.C. fue algo más cálido. Y bajo este clima benigno proliferó la navegación y el bienestar general. Todo ello hizo del Mediterráneo la región más civilizada del mundo.

Los sabios griegos estudiaron los fenómenos de la naturaleza, y entre ellos los meteorológicos, por su interés en la observación y por su utilidad para la agricultura y la navegación. Hesiodo, poeta de la Antigua Grecia y autor de la Teogonía, que vivió entre el 700 y el 650 a.C., es seguramente el primero en registrar fenómenos atmosféricos en uno de sus libros más conocidos, Los trabajos y los días. De hecho es un tratado de agricultura y de las fechas más convenientes para cada labor; pero también señala los momentos de año en que suele llover. Hesiodo se refiere también a los rigores del invierno y a la necesidad de resguardarse de ellos. También habla de paisajes nevados. Leyendo a Hesiodo da la impresión de que los inviernos en Grecia eran entonces un poco más duros y prolongados que hoy día. En cambio indica que los veranos eran más cortos, como cuando dice que el mejor tiempo para navegar se registra solo «en los cincuenta días que siguen al solsticio del verano», que corresponde más o menos de fines de junio a la primera quincena de agosto. También  el historiador y militar ateniense Tucídides, en su libro Historia de la Guerra del Peloponeso, cuenta que muchos soldados heridos, que no podían andar, «murieron de congelación». Los sabios griegos estudiaban las distintas formas del tiempo atmosférico, describían su evolución y trataban de explicar las razones por las que se producían los fenómenos atmosféricos. En cambio nos proporcionan menos información sobre cambios climáticos, ya que no disponían de información suficiente para ello. Pero sí intuían que el clima cambia, que hubo tiempos más cálidos o más fríos, más secos o más lluviosos. Demócrito, el filósofo atomista, entiende que el aire es un cuerpo más, que se mueve, incluso con violencia, por lo que considera es un fenómeno más de la naturaleza. Y el filósofo, matemático, geómetra, físico y legislador griego. Tales de Mileto, afirma que el viento no es más que el aire en movimiento. Puede que tuviera un buen conocimiento de la evolución del tiempo atmosférico, pues se afirma que predijo una extraordinaria cosecha de aceituna.

También el geógrafo de la Antigua Grecia, Anaximandro, estaba seguro de que el viento no es más que el aire en movimiento, pero además añadía que la densidad o condensación del aire provoca los vientos, las nubes y la lluvia. También nos dice que el rayo es provocado por la colisión entre nubes muy densas. Asimismo, Anaximandro también nos dice que el arco iris se forma por el efecto de la luz del Sol sobre nubes densas. Aunque seguramente no sabía qué es la refracción de la energía solar por parte de las nubes, su afirmación es correcta. Pero, en cambio, el filósofo griego Anaxímenes, discípulo de Tales y de Anaximandro, se equivoca cuando afirma que los terremotos se producen en momentos en que la tierra está muy seca, porque se resquebraja, o muy húmeda, porque se hunde. Sin embargo, se acerca más a una respuesta más correcta que Anaximandro cuando dice que la lluvia se produce por la condensación de las nubes, y el granizo cae cuando, por efecto del frío, las gotas se hielan. Empédocles, el filósofo griego que elaboró la teoría de los cuatro elementos: agua, tierra, fuego y aire, estuvo bastante acertado en sus observaciones meteorológicas, como cuando dice que el aire, calentado por el Sol, tiende a subir a lo alto, y que este movimiento del aire, como resultado del calentamiento, derivan los vientos. Por el contrario, afirma que cuando es de noche y no actúa el Sol, suele predominar la calma, algo que es frecuente en la zona mediterránea, pero no en aquellas regiones donde dominan borrascas y frentes. Pero Empédocles si que está en lo cierto cuando afirma que el aire ascendente empuja a las nubes hacia arriba, donde hace más frío, y por esta razón allí la lluvia se hiela, formando granizo. Cuando tenemos un intenso calor se suele generar granizo y tormentas. Empédocles también afirmaba que las lluvias son frecuentes durante todo el año y, según su opinión, no había una estación predominantemente seca. Solo a fines de julio se registraba un calor ardiente. Pero ya a mediados de septiembre  desaparecían las golondrinas. Actualmente las golondrinas llegan a Grecia a comienzos de marzo, y emigran hacia el sur en octubre o inicios de noviembre. El testimonio de Empédocles nos aportaría información de que en la Grecia clásica el clima era más frío que hoy día.

Aristóteles (384 – 322 a. C.), famoso filósofo y científico nacido en la ciudad de Estagira, al norte de Antigua Grecia, es considerado, junto a Platón, el padre de la filosofía occidental. Aristóteles escribió cuatro libros sobre meteorología. Respecto del clima nos dice que el clima es variable, que hubo tiempos en que llovía más, otros en que la lluvia era más escasa, como hubo épocas en que predominaba el calor y otras en que predominaba el frío. «Y siempre será así», concluye Aristóteles. Es el primer científico que nos dice una verdad que hoy es admitida generalmente. Además acierta cuando deduce que el desecamiento progresivo del desierto obligó a las poblaciones a acercarse al río Nilo. También es sorprendente su afirmación de que «las tierras y mares no siempre fueron lo que son: hay tierras que en tiempos muy lejanos fueron mares, y mares que en tiempos muy lejanos fueron tierras». Aristóteles se adelantó en muchos siglos a la ciencia de la geología. Y por si faltara algo, afirma que «el sol, moviéndose como lo hace, provoca movimientos en la atmósfera, la humedad de la tierra se evapora, de forma que el agua es elevada todos los días, y convertida en vapor, alcanza las regiones superiores, donde se condensa a causa del frío, y así regresa a la tierra en forma de lluvia». Aristóteles es el primero que expone el ciclo del agua, un tema del que no se hablará hasta tiempos más modernos. Teofrasto, discípulo de Aristóteles, difundió las teorías de Aristóteles en un libro titulado El Libro de los Signos. Más que un tratado de meteorología es un conjunto de reglas para predecir el tiempo. Explica cómo son los vientos los que empujan a las nubes, así como que la dirección de las nubes es la misma dirección del viento; y cuando no es así, es que reinan otros vientos en regiones superiores. En total, proporciona doscientas reglas para acertar el futuro meteorológico, según los vientos, las nubes y su aspecto. Por ejemplo, la progresiva abundancia de nubes altas puede predecir nubes más densas y lluviosas; si las auroras son rojas, anuncian calor; si los ocasos son muy enrojecidos, anuncian un cambio de tiempo, generalmente lluvia; si los ocasos son amarillentos, anuncian viento; etc… Teofrasto fue el primero en decir que un halo en la luna anuncia lluvia. En realidad, solo anuncia cirrus en el cielo nocturno, que pueden o no preceder a un frente de lluvias. La meteorología de Teofrasto se ha recogido en el refranero de toda Europa.

La Torre de los Vientos es un edificio en forma de torre, de planta octogonal, sito en el Ágora romana de Atenas. Se trata de un tipo de reloj. Sus dimensiones son 12 metros de altura y casi 8 metros de diámetro. La Torre de los Vientos tiene una planta octogonal, con lados de 3,20 m de longitud. Se alza sobre una base de tres peldaños y está construida con mármol blanco del Pentélico. Cuenta con un techo cónico, un anexo cilíndrico en el lado sur y dos porches corintios, uno al noreste y otro al noroeste. En la parte superior de cada uno de sus ocho lados hay un relieve que representa a un viento. Está simbolizado por una figura masculina con los atributos apropiados y su nombre grabado en la piedra. En las paredes externas había diales de reloj de Sol. El interior contenía un reloj de agua. Se hallaba dotada con una brújula y posiblemente una veleta ubicada en el tejado con la que apuntaba a cada uno de sus ocho lados, que representa una dirección del viento según la rosa de los vientos, orientados a los puntos cardinales. En ellos se muestra un relieve que representa al viento asociado a ese punto. Este edificio servía de punto de orientación y de información meteorológica para los atenienses. Sobre el edificio había un remate piramidal sobre el cual un tritón de bronce giraba al soplo de los aires, haciendo de veleta. De modo que los atenienses sabían muy bien por dónde soplaban los vientos en la ciudad: y para eso nada mejor que acudir al ágora. La costumbre de colocar en lo alto de una torre una veleta, se generalizó. No podemos hacer caso de todo lo que se cuenta sobre los vientos y su influencia en la vida; pero muchas observaciones antiguas son ciertas y resultan útiles para comprender su influencia en la agricultura, en la navegación y en las costumbres de una determinada época. Los griegos de la época de Platón y Aristóteles vivieron una gran vitalidad creadora, al mismo tiempo que gozaban de un clima amable, soleado, con lluvias suficientes para el cultivo de los cereales, el olivo, la vid, y azotados por unos vientos variables y bastante predecibles. Es el mismo Platón el que comenta: «el Mediterráneo es un charco, y los griegos son las ranas que se mueven alrededor del charco». De todos modos, las temperatura eran algo más bajas que las actuales, tal como nos indican los análisis de semillas, de depósitos formados por fragmentos de roca o de tierras que se acumulan junto a los ríos, o lo que los propios griegos nos cuentan de las nieves, el hielo, la mayor brevedad de los veranos y las costumbres de las golondrinas. Por otra parte, el estudio de los glaciares alpinos nos demuestra que alrededor del 500 o 400 a.C. eran mucho más extensos que en el siglo I o III d.C. El ambiente en el Mediterráneo era algo frío, pero suave. Luego, como de costumbre, se produciría una oscilación hacia unas temperaturas más cálidas.

Como estamos viendo, la historia más reciente del clima nos muestra oscilaciones continuas entre un clima más frío o otro más cálido, pero todo dentro de un interglacial cálido, el Holoceno actual, sin entrar todavía en una nueva glaciación. El imperio romano, en sus mejores momentos, dominó toda la orla mediterránea, desde Marruecos a Egipto y desde el estrecho de Gibraltar al mar Negro, aparte de toda Francia, más de la mitad de Gran Bretaña, Bélgica, Holanda, la mitad de Alemania, hasta el río Elba, Suiza, Austria, parte de Hungría, Bulgaria, Rumania, Turquía, Mesopotamia y el mar Caspio. No tiene sentido hablar, como hemos hecho con Grecia, del tiempo atmosférico y clima que había en este enorme espacio, que estaba expuesto a fenómenos meteorológicos y climáticos muy diferenciados, que iban desde el desierto de Libia hasta las selvas de Germania o desde las costas del Atlántico a las cuencas desérticas del río Éufrates. Así era aquel espacio que estaba controlado por un mismo poder y tenía la misma lengua común latina, como sucede en parte con el inglés actual. En este espacio también apareció el cristianismo que, tras la caída de Roma, seguiría manteniendo la cohesión cultural en el continente europeo. Los romanos fueron grandes constructores, ya que inventaron el arco de medio punto, la cúpula, las calzadas, los acueductos y los grandes puentes sobre los ríos más caudalosos, que permitieron las comunicaciones. Pero también fueron grandes constructores de códigos legales y de instituciones. El Derecho Romano se convertiría en la base del Derecho europeo, todavía vigente. Los romanos conocieron también la ciencia de la meteorología, aunque se preocuparon de construir más relojes de Sol que de colocar veletas en lo alto de las torres para medir los vientos. Plinio el Joven era hijo de un gran magistrado y general cuando la tremenda erupción del Vesubio del año 79 d.C.. Plinio recuerda aquel fenómeno y describe muy bien el enorme hongo de humo y cenizas que se formó «empujado por la fuerza del volcán hasta formar como un tronco altísimo y luego allá en las regiones superiores se ensanchaba horizontalmente como un pino de amplias ramas, como si hubiera sido detenido por su propio peso o por otra fuerza superior, hasta alcanzar sorprendente amplitud». Su descripción nos recuerda los hongos que se forman tras la explosión de una bomba nuclear, que se han podido ver en algunas erupciones volcánicas muy potentes. El hongo de materia volátil se forma por el empuje ascendente causado por la erupción, atraviesa la troposfera y choca con la barrera de la estratosfera, que representa una dificultad para seguir ascendiendo. Entonces, la nube de gases se desparrama hacia los costados. Plinio es el primero que describe este fenómeno. Fruto de sus investigaciones es la monumental Historia Natural, de treinta y siete libros, de los que el segundo se ocupa de meteorología, en que resume todo el saber de su tiempo, debido principalmente a los griegos.

Si los griegos, en los siglos de máxima expansión de su cultura, vivieron un clima algo más frío que el actual, los tiempos de más alto esplendor del imperio romano transcurrieron en medio de un clima más cálido, con temperaturas más altas en el área del Mediterráneo y en gran parte de Europa, muy parecidas a las temperaturas actuales e incluso superiores. El escritor canadiense sobre el medio ambiente, Lawrence Solomon, en un libro titulado Historia de la temperatura, afirma que «en tiempos de César y Cristo las temperaturas fueron gratamente cálidas, en algunos casos más que en los tiempos recientes». Fue el llamado Periodo Cálido Romano «un tiempo de riquezas y logros, cuando el clima llenaba los graneros y extendía el área cultivada de las viñas y de los olivares». Otros estudios rigurosos confirman lo dicho por Solomon, llegando a conclusiones similares. Probablemente el declive de grandes civilizaciones ha estado vinculado en muchas ocasiones a cambios climáticos extremos, desde sequías hasta glaciaciones, pasando por inesperadas inundaciones o erupciones volcánicas. Todos estos desastres naturales afectan al abastecimiento del agua y a la economía, lo cual se traduce en inestabilidad social y política. La expansión del imperio romano, desde el 100 a.C. hasta el 200 d.C., coincidió con una estabilidad climática y un nivel bajo de actividad volcánica. Los estudios indican que bajo el mandato del emperador Augusto las temperaturas estivales medias eran, al menos, un grado superior a la media climática actual. Los veranos cálidos y húmedos, seguidos de inviernos templados, caracterizados por una escasa variabilidad en las condiciones meteorológicas, seguramente fortalecieron la economía romana y permitieron la prosperidad del comercio. Durante esta época el cultivo de la vid se extendió a gran parte de Alemania e, incluso, de Inglaterra. La bonanza climática se tradujo en abundantes y regulares cosechas de cereales en los graneros imperiales, como Hispania y Egipto, lo cual favoreció la expansión del Imperio romano. Esto nos indica que climas cálidos, como los actuales, suelen ser beneficiosos para los seres humanos, siempre que haya un régimen de lluvias suficiente y siempre que no contaminemos el aire y el mar, con partículas perjudiciales o con plásticos. Los científicos son capaces de reconstruir el clima europeo durante los dos últimos milenios gracias a la información que obtienen tras analizar los movimientos de los glaciales en los Alpes, los registros de sedimentos en lagos de Asia y Europa, ciertos minerales en cuevas de Austria y Turquía, los patrones de crecimiento de los anillos de los árboles, etc…, para inferir la temperatura de un momento determinado, con un error de unos diez años. Las malas condiciones climáticas se traducen en árboles con estrechos anillos de crecimiento.

Pero en el siglo III d.C. el clima cambió de nuevo. Se produjeron grandes sequías, descensos bruscos de la temperatura y precipitaciones intensas en periodos cada vez más irregulares. También se incrementaron las erupciones volcánicas, especialmente entre los años 235 y 285 d.C., en que hubo hasta cinco erupciones volcánicas. El clima se hizo más frío y seco, por lo que las condiciones empeoraron para la producción de alimentos, lo cual provocó que fueran disminuyendo los tributos e impuestos destinados a Roma. El cambio climático puso en graves apuros la economía de Roma y el Imperio se fue debilitando lentamente. Los inviernos en el norte de Europa se hicieron más rigurosos, por lo que las malas cosechas llevaron a los llamados bárbaros a atravesar los ríos Rin y Danubio e internarse en las zonas del sur de Europa, en donde las condiciones climáticas eran más favorables. Los llamados bárbaros eran tribus nómadas que se mantenían en la parte norte de Europa, en el exterior del Imperio Romano. Los antiguos griegos empleaban este término para referirse a personas extranjeras, que no hablaban el griego ni el latín y cuya lengua extranjera sonaba a sus oídos como un balbuceo incomprensible. A pesar de que durante mucho tiempo se consideraba como bárbara tan sólo la civilización de los otros, para, de esta manera, legitimar y ensalzar la civilización propia, pensadores críticos modernos como Walter Benjamin han destacado que toda civilización o cultura enraíza en algún tipo de barbarie propia y no ajena. En concreto, los clasificaron en tres grupos: 1) los de raza amarilla, como los avaros y hunos; 2) los de raza blanca eslava, como los vendos, que vivían en lo que hoy es Polonia, los sármatas, que vivían en el Danubio, y los alanos, que vivían a orillas del mar Negro; 3) los de otras razas blancas distintas que las eslavas, cómo germanos, galos, francos, cimbrios, teutones, ambrones. visigodos, etc… Los pueblos del norte presionaron también las fronteras de los imperios sasánida, en Persia, y gupta, en la India. Fue imposible contener, ni mediante la fuerza ni con la diplomacia, las masivas migraciones de los pueblos bárbaros. Los galos llegaron a Hispania en el 260 d.C., y tres años después los godos tomaron Éfeso, en la actual Turquía; en el 410 d.C. los visigodos, comandados por Alarico I, saquearon por vez primera Roma. A partir de entonces nada volvería a ser igual, ya que la civilización romana estaba moribunda.

El prestigios glaciólogo suizo Hans Peter Holzhauser ha estudiado con detalle la historia de los glaciares, sobre todo el más grande de Europa, el glaciar de Aletsch, que actualmente es el glaciar más grande de los Alpes, con 23 km de longitud y más de 120 km², localizado en el suroeste de Suiza, en el cantón de Valais, dentro del espacio Jungfrau-Aletsch-Bietschhorn, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Holzhauser ha llegado a la conclusión de que en el siglo I d.C. el glaciar era menos extenso que hoy, de lo que podría deducirse un clima algo más cálido. R. Schmidt, C. Kamenik y M. Roth, en un libro titulado The Archaeology of Mediterranean Landscapes: Human-Environment Interaction, han analizando vestigios de algas silíceas y pólenes de vegetación arbórea, que les indican que en la época romana el clima era similar o ligeramente más cálido que el actual. También se refieren a que los romanos usaban ropa ligera. De hecho fueron los invasores germanos los que, viviendo en un clima más frío, importaron el uso del pantalón. Durante la época clásica romana, en la mayor parte de Europa se disfruto de un relativo calor, que algunos científicos atribuyen a la influencia de los ciclos solares, que habrían podido provocar un cambio en las corrientes marinas y el régimen de vientos. El climatólogo F. Mc Dermott, en un libro titulado Centennial-scale Holocene climate variability, analizó la proporción de carbono-18 en las estalactitas de algunas cuevas europeas, de lo que se puede deducir que, entre los años 1 y 200 d.C., las temperaturas eran tan altas como en el Periodo Cálido Medieval, un periodo de clima extraordinariamente caluroso que ocurrió más tarde en la región del Atlántico norte, y que duró desde el siglo X hasta el siglo XIV, momento en el que disminuyó la temperatura global, dando entrada a la Pequeña Edad de Hielo. El geólogo australiano, académico, y profesor de geología minera en la Universidad de Adelaida, Ian Rutherford Plimer, afirma que los olivares crecían entonces en la cuenca del Rin, y que los cítricos y los viñedos se cultivaban en Gran Bretaña hasta el Muro de Adriano, que señalaba el límite con Escocia. El Muro de Adriano es una antigua construcción defensiva de la isla de Britania, levantada entre los años 122 y 132 d.C. por orden del emperador romano Adriano para defender el territorio britano, que estaba sometido a los ataques de las belicosas tribus de los pictos, que se extendían más al norte del muro, en lo que llegaría a ser más tarde Escocia, tras la invasión de los escotos provenientes de Irlanda. La muralla tenía como función también mantener la estabilidad económica y crear condiciones de paz en la provincia romana de Britania, al sur del muro, así como marcar físicamente la frontera del Imperio romano. Plimer añade que «buena parte de Europa disfrutaba de un clima mediterráneo». Ello indicaría que el límite meteorológico/climático atlántico/mediterráneo estaba más al norte de lo que está ahora.

La Península Ibérica, situada entre el Atlántico y el Mediterráneo, también sufrió cambios climáticos. Los profesores J.C. Rubio Dobón y J. del Valle Melendo, de la Universidad de Zaragoza, realizaron un estudio sobre humedales en el 2005. En su estudio llegan a la conclusión de que, entre los años 100 a.C. y 400 d.C., «transcurre un periodo de temperaturas más suaves, veranos cálidos y secos, y falta de inviernos extremados. Las condiciones climáticas eran similares a las actuales, pero con unos inviernos más suaves…». Pero este clima bastante benigno cambió en los siglos V, VI, VII y VIII d.C. por otro clima más frío. En la Universidad de Vigo, en Galicia, analizaron el clima en la región hace dos mil años. Los análisis se realizaron especialmente sobre las terrazas y los sedimentos depositados frente a las Rías Bajas, así como sobre los pólenes que arrastraron los ríos, y en ambos casos confirmaron que, más o menos, entre los años 200 a.C. y 450 d.C. se registró un clima templado y húmedo, que contrasta con dos periodos fríos que se registraron antes y después. Un equipo dirigido por la geóloga María José Gil-García en 2007, ha analizado los depósitos en las Tablas de Daimiel, y deduce que, allá por el siglo V a.C., la temperatura fue fría y árida, por lo que no se conservan más que pólenes de hierbas. Las Tablas de Daimiel es un parque nacional, situado en Castilla-la Mancha, que contiene un humedal. Las Tablas son uno de los últimos representantes de un ecosistema denominado tablas fluviales que se forman al desbordarse los ríos en sus tramos medios, favorecidos por fenómenos de semi-endorreísmo y la escasez de pendientes. El humedal se forma en la confluencia del río Guadiana y su afluente Cigüela, y es uno de los ecosistemas acuáticos más importantes de la Península Ibérica por la variedad y calidad de la fauna y flora que habitan en ella, así como por aquellas aves que la emplean en los pasos migratorios. Más adelante, entre los años 150 a.C. y 270 d.C., llegó un clima más suave y más húmedo, en que crecían las encinas en la zona de las Tablas de Daimiel. Pero luego llegaría de nuevo el frío. Durante los años del imperio romano el clima fue más agradable y templado; y en Hispania también fue más húmedo que en las épocas frías que le precedieron y le siguieron. El Periodo Cálido Romano es un hecho constatado por la investigación más reciente.

La decadencia del imperio romano está muy bien explicada por el historiador británico Edward Gibbon, que en 1787 escribió su magnífica obra Historia de la decadencia y caída del Imperio romano. Quién esté interesado por saber más de aquella época les recomendamos leer este libro. De hecho sabemos que Roma estuvo en decadencia durante unos 260 años. Pero, ¿qué movió a los pueblos bárbaros a penetrar en el territorio imperial y reemplazar en gran parte a los ciudadanos romanos? Podemos hacer referencia la incapacidad de los romanos para sostener un imperio que poco a poco se venía abajo; a la mayor vitalidad de los pueblos bárbaros, que desde siglos antes ya habían estado hostilizando las fronteras del Imperio; a las malas cosechas, que alguna causa provocó; a las pestes, que disminuyeron la población de las aglomeraciones urbanas mediterráneas; y, posiblemente, un cierto cambio climático, claramente perceptible durante los siglos III, IV, V y VI d.C. Joseph H. Reichoff, en su libro Historia natural del último milenio, cree que la oleada de frío que se extendió por Europa fue la razón principal para la migración de los pueblos bárbaros. Pero considera  que no fueron los germanos quienes iniciaron la migración, sino los pueblos eslavos, empujados a su vez por pueblos de más allá de los Urales, como los Hunos. Unos empujaron a otros, y entre todos provocaron la avalancha general que irrumpió como un elefante enfurecido en el imperio romano. Anteriormente nos hemos referido a algunos estudios de las formaciones de estalactitas y estalagmitas en grutas europeas, que han confirmado tanto el calentamiento de la época de auge del imperio romano como el enfriamiento que llegó a partir del siglo III d.C., para alcanzar su máximo frío en el siglo V d.C.. Científicos del Instituto Geológico de Israel, en colaboración con el geólogo norteamericano Ian Orland, de la Universidad de Wisconsin, han estudiado las formaciones de estalactitas en grutas de Israel y han datado el proceso de enfriamiento de la atmósfera en aquella época. Según Ian Orland: «No podemos discernir con certeza que el cambio climático fuera la causa principal de la decadencia del imperio romano, pero sí es perfectamente claro que el avance del frío se produjo justamente entonces». También en aquella época hubo un aumento de la sequía en la mayor parte de la cuenca mediterránea. Parece que fue debido a los vientos del Norte y del Este. Esta sequía podría explicar las malas cosechas y la escasez del trigo, que se sabe provocó hambrunas.

El profesor de la Universidad Libre de Bruselas y miembro de la Real Academia de Bélgica, Jean-Pierre Devroey, opina que la sequía de los años de decadencia romana llevó al bajo rendimiento de las tierras y a obtener pésimas cosechas que, para empeorarlo, coincidieron con brotes del peste bubónica que diezmaron a la población. Actualmente se cree que no es la peste la causa de los males, sino la consecuencia de los mismos. En efecto, los pueblos desnutridos tienen menos defensas en su organismo, por lo que la peste tiene más facilidades para extenderse. La realidad es que no sufren hambre porque haya peste, sino que la peste ataca principalmente a los pueblos hambrientos. Pero la sequía y el frío no se limitó al área mediterránea, sino que también afectó al norte de China, así como a las áreas de Polonia y Ucrania. Un testimonio de Irlanda, en aquel tiempo llamada Hibernia, explica que «hacía tanto frío que los pájaros se podían coger con la mano», con lo que el cronista pretende indicar la sensación de un frío anormal. Brian Fagan se refiere a la drástica disminución de las cosechas de trigo en la Galia, una penuria agraria que también afectó a la ganadería. Otro paleo-climatólogo, F. Ruddiman, al que antes nos hemos referido, relaciona también la crisis agraria con la peste, y ambos fenómenos los vincula al enfriamiento general. Casi todos los autores están de acuerdo en que se produjo una oscilación climática, como tantas otras veces en la historia del clima. Se cree que un anticiclón situado en el Norte pudo cortar las corrientes templadas del Atlántico, y tal vez, influir en otras continentes. Una oscilación invierte la situación normal hasta entonces,  en este caso provocando un tiempo más frío y seco en las regiones templadas. También alrededor de los años 535-536 d.C., cuando ya había caído el imperio romano, pero aún bajo un tiempo frío, se produjo un fenómeno de naturaleza distinta, que hizo bajar más, de forma abrupta, las temperaturas. Procopio de Cesarea fue un destacado historiador bizantino del siglo VI d.C., cuyas obras constituyen la principal fuente escrita de información sobre el reinado del emperador del Imperio romano de Oriente Justiniano. Durante su reinado buscó revivir la antigua grandeza del Imperio romano clásico, reconquistando gran parte de los territorios perdidos del Imperio romano de Occidente. Procopio, que residía entonces en Cartago, nos relata que «el Sol daba su luz sin brillo, como si fuera la Luna, o como cuando hay un eclipse; y el fenómeno duró casi un año». Por otro lado, el obispo sirio Juan de Éfeso nos dice que alrededor del 535-536 d.C., «el sol se oscureció, y la oscuridad duró dieciocho meses. La gente pensó que el sol no se recuperaría nunca más». Se extendió el terror entre la gente, ya que temieron que la semioscuridad y el frío habían venido para quedarse, por lo que sería el final de la vida en el mundo.

Se tienen evidencias de que nevó en Mesopotamia. Y los testimonios chinos hablan de una especie de extraña nevada de «copos amarillos». Este relato chino ofrece una pista sobre lo que pudo ocurrir, ya que podemos suponer que lo que cayó fue nieve contaminada de polvo sulfuroso. Los fenómenos meteorológicos extremos, de los años 535-536 d.C., fueron los más severos y prolongados de los episodios de corta duración de enfriamiento en el hemisferio norte en los últimos 2000 años. Aquellos fenómenos se cree que fueron causados por un extenso velo de polvo atmosférico, posiblemente como resultado de una gran erupción volcánica en los trópicos, o debido a escombros desde el espacio que impactaron la Tierra. Sus efectos se generalizaron, causando  que el clima frío y seco provocara malas cosechas y hambrunas en todo el mundo. El historiador bizantino Procopio, antes mencionado, se refiere al 536 d.C. en su informe sobre las guerras con los vándalos: “durante este año hubo un mayor temor a un mal augurio y el Sol dio una luz sin brillo“. En una serie de anales irlandeses, , de los cuales el primero fue la Crónica de Irlanda, da constancia en los anales del Ulster de lo siguiente: “Se produjo una falta de pan en el año 536 d.C.“. Y según los anales de Inisfallen, “Se produjo una falta de pan a partir de los años 536-539 d.C.”. Asimismo otros fenómenos fueron reportados por varias fuentes. Se produjeron bajas temperaturas, incluso con nieve durante el verano, ya que se tienen relatos según los cuales la nieve cayó en agosto en China, durante las dinastías meridionales y septentrionales, lo que causó pérdidas de cosechas. Se denomina dinastías meridionales y septentrionales a la periodización tradicional de la historia de China durante la etapa de desunión que siguió a la caída de la dinastía Jin, y que duró desde el año 420 d.C. hasta el año 589 d.C. Durante estos años, el sur y el norte de China estuvieron gobernados por dinastías diferentes. En realidad, la división había comenzado mucho años antes, con la invasión del norte de China por parte de pueblos nómadas no chinos procedentes del norte. En el año 316 d.C., la capital de la dinastía Jin, Luoyang, fue destruida en una invasión de los tuoba o tabgach, pueblo que fundaría en el año 386 la dinastía Wei del Norte. La dinastía Jin se vio obligada a refugiarse en el sur y los territorios de cultura china permanecerían divididos en dos entidades políticas hasta la reunificación lograda por la dinastía Sui en 589 d.C..

Aunque el norte de China ya estaba por entonces en manos de la primera de las dinastías septentrionales, los Wei del Norte, la fecha de comienzo de este periodo histórico se sitúa de manera convencional en el año 420 d.C., cuando la dinastía Jin refugiada en el sur llegó a su fin, y fue remplazada por la primera de las dinastías meridionales, la dinastía Liu-Song. El periodo llega a su fin cuando la dinastía Sui, proclamada en el norte en el 581 d.C., derrotó a la última de las dinastías meridionales, la dinastía Chen, en el año 589 d.C. A pesar de la división política y de los enfrentamientos entre el norte y el sur, esta época se caracterizó por una intensa actividad artística, debida fundamentalmente a la difusión del budismo, religión procedente de India, que, bajo el patrocinio de algunos emperadores, y pese a las persecuciones por parte de otros, se convertiría en una parte inseparable de la cultura china que se ha mantenido hasta nuestros días. Según relatos de Oriente Medio, China y Europa, se produjo “Una seca densa niebla“. También se relata una sequía en Perú, que afectó a la cultura moche, que es una cultura arqueológica del Antiguo Perú que se desarrolló entre los siglos II y V d.C. en el valle del río Moche, actual provincia de Trujillo. Esta cultura se extendió hacia los valles de la costa norte del actual Perú. Esta cultura hizo grandes obras de ingeniería hidráulica, como canales de riego y represas, lo que les permitió ampliar su frontera agrícola a gran escala. Su materia prima fue el adobe. Construyeron complejos religiosos-administrativos de carácter monumental, conformados por palacios y templos, o huacas, en forma de pirámides truncadas, las cuales los recubrían de grandes murales en alto y bajo relieve, pintados con colores extraídos de la naturaleza, donde plasmaron sus dioses, mitos, leyendas y toda su cosmovisión cultural. Las más notables de estas construcciones son las llamadas Huacas del Sol y de la Luna, en el valle de Moche.

Los moches fueron los mejores metalúrgicos en América de su época, ya que conocieron una gran variedad de técnicas, como dorado, laminado, etc., lo que les permitió fabricar herramientas, armas, atuendos, emblemas u ornamentos. Son considerados los mejores ceramistas del antiguo Perú, gracias a su fino y elaborado trabajo. En ellas representaron, tanto de manera escultórica como pictórica, a divinidades, seres humanos, animales y escenas sobre temas ceremoniales y mitológicos que reflejaban su concepción del mundo. De este arte sobresalen los huacos retratos y los huacos eróticos. Fueron navegantes y construyeron caballitos de totora, los más pequeños para la pesca y los más grandes para sus viajes hasta las costas ecuatoriales, desde donde traían la concha spondyllus, que era sagrada para los moches, y en general, para el resto de las culturas costeñas del Antiguo Perú. Políticamente, las sociedades moches, segmentadas en clases sociales, se organizaban en reinos o señoríos confederados. Se ha podido conocer más sobre esta cultura gracias al descubrimiento de algunas tumbas intactas de sus gobernantes o señores, como la del Señor de Sipán y la Dama de Cao. Volviendo al tema climático, podemos ver que los análisis de los anillos de los árboles, efectuados por Mike Baillie, de la Universidad de Queens, de Belfast, muestra un crecimiento anormal y pobre en el roble irlandés alrededor del 536 d.C. y otro fuerte crecimiento anormal en el 542 d.C., después de una recuperación parcial. Patrones similares se registran en los anillos de árboles de Suecia y Finlandia, así como en California y Sierra Nevada. Asimismo, los núcleos de hielo de Groenlandia y la Antártida muestran evidencia de sulfatos en depósitos alrededor del 534 d.C., que es evidencia de una extensa nube de polvo ácido. Se ha emitido la hipótesis de que los cambios se debieron a cenizas o polvo lanzadas al aire después de la erupción de un volcán, que habría causado un fenómeno conocido como “invierno volcánico“, seguido o precedido por el impacto de un cometa o meteorito. La evidencia de depósitos de sulfato en los núcleos de hielo apoya la hipótesis del volcán Sin embargo, el pico de sulfato fue aún más intenso que el que acompañó a una situación climática excepcional, en 1816, conocido popularmente como el “año sin verano“, que ha sido relacionado con la explosión del volcán del monte Tambora, ubicado en la parte norte de la isla de Sumbawa, Indonesia.

La Caldera de Rabaul es un gran volcán sobre la punta de la península de Gazelle, en Nueva Bretaña, Papúa Nueva Guinea, y debe su nombre a la ciudad de Rabaul, que está dentro de la caldera. En 1984, Richard B. Stothers, científico de la NASA, postuló que el evento del 534 d.C. podría haber sido causado por el volcán Rabaul. En 1999, David Keys, en su libro Catástrofe: En busca de los orígenes del mundo moderno, que se apoyó en el trabajo Volcanology and Geothermal Energy, de la vulcanóloga norteamericana Kenneth Wohletz, sugirió que el volcán Krakatoa, situado en el estrecho de Sonda, entre Java y Sumatra, al suroeste de Indonesia, explotó realmente en los años 535-536 d.C. y fue el causante de cambios climáticos. Un extraño oscurecimiento a partir del año 536 d.C. duró más de un año, provocando una ola de frío, hambruna y revueltas. Este fenómeno se cree que fue debido a la explosión de un volcán submarino. En algunas partes de Europa y Asia, el Sol solo brillaba unas cuatro horas al día y según algunos testimonios, el Sol no dio más luz que la Luna. Dallas Abbott es científico investigador en el Observatorio de la Tierra Lamont-Doherty de la Universidad de Columbia y es parte del Grupo de Trabajo de Impacto del Holoceno. El enfoque principal de su investigación actual es en los cráteres de impacto submarinos y su contribución al cambio climático, así como a los mega-tsunamis. También ha presentado investigaciones sobre un gran cráter de impacto en el Golfo de Maine. Según Dallas Abbott, la gente pensó que era el fin del mundo. Pero, como sabemos, el mundo no terminó hace unos 1500 años. Pero este período de oscurecimiento y enfriamiento fue el comienzo de un período de convulsión más largo. Los árboles tuvieron dificultades para crecer entre el 536 y el 555 d.C., lo que da a entender que la atenuación solar fue grande, pero los investigadores no saben aún la razón.  En una reunión de la American Geophysical Union, Abbott y su colega John Barron, del U.S.Geological Survey, presentaron una nueva hipótesis del evento, basada en el análisis de un núcleo de hielo de Groenlandia. Este análisis señala como causa posibles erupciones submarinas que transportaron sedimentos y microorganismos marinos a la atmósfera, donde atenuaron la luz solar. Se sabe que las erupciones volcánicas arrojan azufre y otras partículas a la atmósfera que pueden dificultar la llegada de la luz solar a la superficie terrestre. Pero los registros geológicos indican grandes erupciones en los años 536 y 541 d.C., que no bastan para explicar el descenso durante nueve años en el crecimiento de los árboles. Además, se necesitaría la emisión de mucho azufre y cenizas para oscurecer de una manera tan grande la atmósfera. Por otro lado, parte de ese material de azufre y cenizas debería poder observarse en las capas de roca y en los núcleos de hielo.

Sin embargo, Abbot nos dice que “la cantidad de sulfato que se depositó no fue tanto como en otras erupciones donde experimentaron una cantidad similar de atenuación“.  Esto llevó a Abbott y John Barron a sopesar la idea de que tal vez los impactos de grandes meteoritos podrían haber producido suficiente polvo para causar aquella atenuación de la luz solar. Pero, después de analizar un núcleo de hielo de Groenlandia, han planteado otra teoría.    A partir de un núcleo de hielo, denominado GISP2, los científicos analizaron las capas de hielo entre los años 532 y 542 d.C., a continuación midieron la química del agua de deshielo y extrajeron fósiles microscópicos para estudiarlos a través de un microscopio. Ante su sorpresa vieron que las capas del núcleo de hielo contenían 91 fósiles de especies microscópicas que habrían vivido en aguas cálidas y tropicales. Según Abbott: “Encontramos, con mucho, los microfósiles de baja latitud que nadie había encontrado en un núcleo de hielo“. No obstante, solo pudieron identificar una especie microscópica de latitudes altas en la muestra. La pregunta que les surgió fue de cómo pudieron llegar todas esas especies tropicales y subtropicales a la capa de hielo de Groenlandia. Abbott y Barron creen que fueron arrojados a la atmósfera por erupciones volcánicas submarinas cerca del ecuador. En lugar de emitir mucho azufre, estas erupciones submarinas, que acontecieron alrededor de los años 536 y 538 d.C., habrían vaporizado el agua de mar, y el vapor ascendente habría transportado sedimentos cargados de calcio y de especies microscópicas marinas a la atmósfera. Después de flotar en la atmósfera durante un cierto tiempo, algunas de estas partículas se habrían depositado en el Ártico. Se conoce que las erupciones volcánicas ecuatoriales pueden afectar a toda la Tierra. Entonces, una vez en la atmósfera, los sedimentos y microorganismos habrían reflejado la luz solar de vuelta al espacio exterior. Todavía existe otra posibilidad, que consistiría en que meteoritos que cayesen en la zona del ecuador pudiesen haber arrojado al aire los sedimentos y los microfósiles. No obstante, la química del núcleo de hielo y la falta de polvo cósmico en las capas de hielo hace que esta hipótesis sea improbable, pero no descartable. El lago de Ilopango es un lago de origen volcánico en El Salvador. Mide 8 x 11 km, tiene una superficie de 72 km² y una profundidad de 230 metros. Se sitúa a una altitud de 440 metros a 16 km de la ciudad San Salvador, entre los departamentos de San Salvador, Cuscatlán y La Paz. Es el lago natural más grande de El Salvador. Sus aguas, con abundante pesca de mojarras, guapotes y juilines, es propio para la navegación a vela o en embarcaciones de motor. La caldera de Ilopango se formó como resultado de una erupción cataclísmica en el siglo VI d.C., en la época que estamos relatando, produciendo enormes flujos piroclásticos que destruyeron diferentes ciudades mayas. Esta erupción produjo aproximadamente 25 km³ de tefra o piroclasto, fragmentos sólidos de material volcánico, veinte veces más que la erupción del Monte Santa Helena en 1980, y tuvo un valor de 6 en el índice de explosividad volcánica.

Estudios más recientes, como los efectuados en 2010 por los geólogos Robert Dull, de la Universidad de Texas, Austin, John Southon, de la Universidad de California, y otros colegas, sugieren que la erupción del Ilopango fue aún más grande, fechándola en el 535 d. C. y situando la expulsión de piroclasto en alrededor de 84 km³. Estos nuevos datos incluso sugieren que esta erupción fue la causante del cambio climático en los años 535 y 536 d.C., que, sumado a las muertes directas y otros efectos diversos en todo el mundo, podría llegar a ser considerada como la catástrofe volcánica más grande en la historia de la humanidad. Erupciones posteriores formaron diferentes montículos de lava en el lago y en sus riberas. La única erupción que registra la historia ocurrió en los años 1879–1880 d.C. y produjo un montículo de lava dentro del lago, formando las islas Quemadas. Las pruebas de radiocarbono sugieren un rango de entre los años 408 y 536 d.C., lo que es consistente con el enfriamiento global del clima. En el 2018, investigadores de la Universidad de Harvard consideraron que la causa fue una erupción volcánica en Islandia que estalló a principios del 536 d.C., sin descartar la hipótesis de América. M. G. L. Baillie, profesor emérito de paleo-ecología en la Queen’s University de Belfast, opina que el crecimiento de los anillos de los árboles irlandeses fue prácticamente nulo en el 536 d.C. También se puede observar un fenómeno parecido en los árboles de Suecia y Finlandia, tal como antes hemos mencionado. Asimismo, se han encontrado vestigios de depósitos sulfúricos en el hielo de Groenlandia y la Antártida, correspondientes a esa época. Se sabe que Europa quedó envuelta en una densa y persistente niebla durante aquella época. Según relatos encontrados en Gran Bretaña, el peor año parece que fue el 542 d.C. Tal vez se trate de la gran peste que inmediatamente le siguió, la llamada «plaga de Justiniano» en 542-43. El historiador británico Edward Gibbon dice que el mal persistió durante cuarenta y dos años. Debe referirse a sucesivas catástrofes o epidemias; pero evidentemente la humanidad lo pasó muy mal, al menos en muchas regiones, en el siglo VI d.C., sobre todo tras la supuesta erupción volcánica.

Entre los años 540 y 592 d.C., cuando Justiniano estaba publicando sus reformas cristianas, una peste bubónica sumergió al imperio romano oriental y se expandió por Europa. La epidemia comenzó durante el reinado de Justiniano y por esto se llamó la “Plaga de Justiniano”. Esta plaga fue una de las más devastadoras de la historia y mucha gente creyó en este tiempo que era un castigo de Dios. En efecto, la palabra “plaga” viene de la palabra latina “llaga” y también ha sido apodada “enfermedad o mal de Dios”. Una de las razones por la cual la gente pensaba que la plaga venía de Dios era la frecuente aparición de extraños fenómenos aéreos conjuntamente con los brotes de plaga. Uno de los cronistas de la plaga de Justiniano fue el famoso historiador Gregorio de Tours, quien documentó una cantidad de extraños eventos que se sucedieron en los años de la plaga. Gregorio relata que exactamente antes de que la plaga invadiera la región de Auvergne en Francia, el año 567 d.C., aparecieron tres o cuatro luces brillantes alrededor del Sol y el cielo parecía encendido. Esto puede haber sido un efecto natural, pero otro fenómeno celeste extraño también fue visto en el área. Otro historiador relató un acontecimiento similar veintitrés años más tarde en otra parte de Francia, en Avignon. Extrañas visiones fueron reportadas en el cielo, y la tierra era algunas veces tan brillantemente iluminada en la noche como en el día. Poco tiempo después ocurrió allí un desastroso brote de plaga. Gregorio de Tours reportó una visión en Roma consistente de un inmenso “dragón” que flotaba alrededor de la ciudad y bajó al mar, seguido por un brote severo de la plaga inmediatamente después de esto. Tales relatos espeluznantes sugieren lo impensable: que la Plaga de Justiniano fue causada por agentes de guerra biológica propagados por naves de los “dioses” de la antigüedad. Esto constituiría una repetición de las plagas relatadas en la Biblia y en los textos antiguos de Mesopotamia. Sin embargo, en el tiempo de la plaga de Justiniano, los “dioses” de la antigüedad permanecían invisibles, a diferencia de periodos más antiguos. De acuerdo a la profecía, un evento como la Plaga de Justiniano, supone el anuncio de la venida de un nuevo Mesías o mensajero de Dios. Probablemente se trataba de Mahoma, ya que él nació cuando reinaba Justiniano y cuando la plaga estaba todavía en su máximo furor. Proclamado en su edad adulta como el nuevo salvador, Mahoma, se convirtió en el líder de una nueva religión monoteísta: el Islam.

El análisis de los anillos de los árboles revelaba una época fría y seca, por lo menos hasta mediados de aquella centuria. En cuanto al oscurecimiento del Sol, todo indica que fue causado por una tremenda irrupción de polvo volcánico en la atmósfera. A los antes indicados, podemos añadir el volcán el Chichón, en el noroeste del Estado mexicano de Chiapas, que habría acabado con la civilización mochica, y habría dejado profundamente afectada la cultura maya. Aquellos fueron los que los historiadores han llamado «los siglos oscuros». Todavía se registraron sequías, malas cosechas y pestes durante el siglo VII d.C, pero la situación fue mejorando en el siglo VIII d.C., y poco a poco se iría restableciendo una climatología más benigna. Empezaba a florecer en Europa una nueva edad, que se denominaría Edad Media, que es el período histórico de la civilización occidental comprendido entre el siglo V y el XV. Convencionalmente, su inicio se sitúa en el año 476 d.C. con la caída del Imperio romano de Occidente y su fin en 1492 d.C. con el descubrimiento de América o, según otros historiadores, en 1453 d:C. con la caída del Imperio bizantino, fecha que tiene la singularidad de coincidir con la invención de la imprenta, mediante la publicación de la Biblia de Gutenberg, y con el fin de la guerra de los Cien Años, conflicto armado entre los reinos de Francia e Inglaterra que duró 116 años, desde 1337 d.C. hasta finales de 1453 d.C.. Los historiadores distinguen esta ruptura entre Antigüedad y Edad Media de manera que entre los siglos III y VIII d.C. se suele hablar de Antigüedad Tardía, que habría sido una gran etapa de transición en lo económico, por la sustitución del modo de producción esclavista por el modo de producción feudal, mientras que en lo social implicaba la desaparición del concepto de ciudadanía romana y la definición de los estratos sociales medievales, y en lo político se produjo la descomposición de las estructuras centralizadas del Imperio romano que cambió a una dispersión del poder. Por otro lado, se produjo la absorción y sustitución de la cultura clásica por las culturas cristiana e islámica. Suele dividirse en dos grandes períodos: Alta Edad Media, de los siglos V a X, y Baja Edad Media, de los siglos XI a XV, que a su vez puede dividirse en un periodo de plenitud, la Plena Edad Media, de los siglos XI a XIII, y los dos últimos siglos que presenciaron la crisis del siglo XIV. La Historia nos habla de los «años oscuros», sobre todo en lo que se refiere al período que va, más o menos, entre el 500 y el 800 d.C. Este término se basa en las escasas referencias que tenemos de aquella época.

Con la caída del imperio romano, la cultura de la antigüedad, así como la capacidad de leer y escribir, o de fomentar los conocimientos y la filosofía, tendió a reducirse a los monasterios religiosos, donde se conservaron y ordenaron los libros escritos más antiguos. Los textos ya no se escribían en un largo rollo que se envolvía en una especie de canuto, sino que entonces se escribía en hojas que se cosían y se encuadernaban para conservarlas todas juntas. Para Pierre Chaunu, historiador e hispanista francés, dos descubrimientos, el tomo escrito y el uso del pantalón en vez de la túnica, que favorecía los movimientos, fueron algunos avances de aquellos «años oscuros». Tal vez todo ello tuvo algo que ver con una época más fría y seca, con una mayor dificultad para las comunicaciones y el desarrollo, con cosechas pobres, ya que un clima seco es frecuente en tiempos de bajas temperaturas. Pero tal vez fuese la desintegración del Imperio romano el que provocase una gran diversidad de pueblos y una sociedad confinada en sus tierras y ejercitando pequeñas labores artesanales. Eso sí, aquella sociedad tenía un común denominador, que era la fe cristiana, ya extendida por la mayor parte de Europa. Todo ello llevaría a una civilización europea común y dispuesta a reconstruir el viejo Imperio. Como es sabido, el Imperio de Oriente fue producto de la división de Teodosio el Grande, emperador de los romanos, en el 395 d.C. En efecto, Teodosio reunió las porciones oriental y occidental del Imperio, siendo el último emperador en gobernar todo el mundo romano. Teodosio promovió la creencia en la Trinidad niceno dentro del cristianismo y el cristianismo lo impulsó dentro del Imperio. El 27 de febrero del 380 d.C. declaró el cristianismo, en su versión ortodoxa, como la única religión imperial legítima, acabando con el apoyo del Estado a la religión romana tradicional y asimismo prohibió la “adoración pública” de los antiguos dioses. Después de su muerte, las dos partes del Imperio se separaron definitivamente. El Imperio de Oriente perduró durante siglos, concretamente hasta el XV, como un importante foco de cultura, más griego que romano.

Los «testigos» vegetales, como los anillos de los árboles o los pólenes que pueden relacionarse con la época del crecimiento de cada especie, así como también los testimonios de los pocos textos de aquellos tiempos, que nos hablan de los duros inviernos, de la necesidad de permanecer en casa durante días enteros, como ahora nos sucede con el Covid19, a ser posible refugiados junto al fuego de leña o de carbón vegetal, o bien el uso de pieles de abrigo, de tela muy basta labrada de lana burda, por parte de los campesinos que tenían que moverse en la intemperie, demuestran que el clima era más bien frío en los primeros tiempos de los reinos medievales. Además, el centro de la civilización se movió hacia países más al Norte que el Mediterráneo. En la Península Ibérica, donde se alcanzó un cierto nivel cultural bajo el reino visigodo, las crónicas hablan de frío y de una fuerte sequía, sobre todo en la meseta de Castilla, en donde se redujeron las cosechas, provocando una gran despoblación en algunas zonas. Nasif Nahle Sabag, un biólogo estadounidense nacido en México, conocido por sus publicaciones sobre el tema de cuantificación termodinámica, ha realizado un interesante estudio sobre la época altomedieval. Nasif Nahle establece los siguientes periodos: 1) Un período frío, después de la desaparición del imperio romano, que se mantiene en términos generales hasta el año 800 d.C. Alrededor del 800 d.C., por primera vez después de dos o tres siglos, puede decirse que la temperatura fue normal en relación a la media de temperaturas durante los últimos dos mil años. 2) Se produjo un rápido incremento de las temperatura a partir del 800-810 d.C., que alcanzaría un gran máximo hacia el 825 d.C. 3) Luego, hacia el 850-870 d.C., se produjo un descenso momentáneo de las temperaturas, sin que llegasen a alcanzarse niveles demasiado fríos. 4) Nuevamente se produjo un rápido ascenso de temperaturas desde el 870 hasta 980 d.C., que dio entrada al Período cálido medieval, al que nos referiremos en un siguiente artículo. Los anillos de los árboles parecen indicar un máximo absoluto en las temperaturas por aquellas fechas, con valores de altas temperaturas que posiblemente no han sido igualados desde entonces. Se verifica que en este espacio de unos cien años la curva de elevación de las temperaturas no registró oscilaciones negativas. 5) Las temperaturas se seguirían manteniendo altas, aunque con valores algo más modestos, y con algunas fluctuaciones escalonadas, hasta llegar a la «Pequeña Edad del Hielo», a la que nos referiremos en un siguiente artículo, que se inicia en el siglo XIII y se desarrollará especialmente durante el siglo XIV y siglos sucesivos, con avances y retrocesos, hasta mediados del siglo XIX.

Continuará ……………………………………………………………

Fuentes:

  • José Luis Comellas – Historia de los Cambios Climáticos
  • Antón Uriarte Cantolla – Historia del Clima de la Tierra
  • José Fernando Isaza Delgado, Diógenes Campos Romero – Cambio Climático. Glaciaciones y calentamiento global
  • David Wallace-Wells – El planeta inhóspito: La vida después del calentamiento
  • Mario Molina, José Sarukhán – El cambio climático. Causas, efectos y soluciones
  • Tim Flannery – La amenaza del cambio climático
  • Edward J. Tarbuck – Ciencias de la Tierra
  • Gorshkov – Geología General
  • Santiago Escuain – La Edad de las Formaciones Geológicas
  • Artículo de este Blog: Eras Geológicas de la Tierra
  • Edward Gibbon – Historia de la decadencia y caída del Imperio romano
  • Joseph H. Reichoff – Historia natural del último milenio
  • James Churchward – El continente perdido de Mu
  • Immanuel Velikovski – Mundos en Colisión
  • Lawrence Solomon – Historia de la temperatura
  • Amanda Laoupi – Arqueología de desastres. la ciencia de los archeodisasters
  • David Keys – Catástrofe: En busca de los orígenes del mundo moderno
  • Samuel Noah Kramer – La historia empieza en Sumer
  • Niels Schrøder, L. H. Pedersen, R. Joll – 10.000 Years of Climate Change and Human Impact on the Environment in the Area Surrounding Lejre
  • Carole L. Crumley y William H. Marquardt – Historical Approaches to the Assessment of Global Climate Change Impacts
  • John R. Gribbin – Ice Age: The Theory That Came In From The Cold!
  • William J. Borroughs – A Guide to Weather
  • Schmidt, C. Kamenik y M. Roth – The Archaeology of Mediterranean Landscapes: Human-Environment Interaction
  • Mc Dermott –Centennial-scale Holocene climate variability
  • Gerard. C. Bond- Iceberg Discharge into the North Atlantic on Millennial Time Scales during the Last Glaciation
  • John Imbrie – Ice Ages: Solving the Mystery

¿Qué sabemos sobre los cambios climáticos en la Tierra? – El Cuaternario 1 de 2

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